Diez propósitos para el 2011
Termina el año 2010 que en términos generales podríamos catalogar como un mal año para...
Termina el año 2010 que en términos generales podríamos catalogar como un mal año para...
;">“Ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 14). Con estas palabras Jesús indica a sus discípulos en qué consiste su vida y su misión. Son palabras que nosotros tenemos que llevar en lo más profundo de nuestro corazón, puesto que en el Bautismo fuimos iluminados por Cristo y se nos pidió vivir siempre como hijos e hijas de la luz. De aquí la otra petición de Jesús: “Que […] brille la luz de ustedes ante los hombres” (v. 16). El discípulo, al igual que el Maestro, tiene que ser luz.
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5, 3). Así comienza Jesús el Sermón de la Montaña. Esta bienaventuranza es la síntesis de las otras siete y del proyecto de vida de los discípulos y discípulas de Jesús. Todos y todas hemos recibido el llamado a tener espíritu de pobres y nuestra vida tiene que ser un esfuerzo permanente por vivir así. Y hay una garantía: quien tiene espíritu de pobre tiene abierta la puerta de entrada al Reino.
El pueblo que yacía en tinieblas vio una gran luz (Mt 4, 16). Con estas palabras tomadas del profeta Isaías, y además proclamadas en la primera lectura de hoy, el evangelista san Mateo explica lo que significó la acción de Jesús en Galilea y sus alrededores: se convirtió en luz para todos los pueblos de la tierra. Quien es iluminado por Jesús, como Él tiene que convertirse en luz para los demás, por lo que cada bautizado tiene la obligación de iluminar la vida del mundo.
“Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Jn 1, 34). Con estas palabras termina Juan el Bautista la presentación de Jesús ante su pueblo. Ya le había preparado el camino a Jesús, ahora lo presenta como el importante, como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, como el que va a bautizar con el Espíritu Santo, como el Hijo de Dios. Esto que hace Juan –dar testimonio de Jesús– es lo que tenemos que hacer quienes estamos bautizados.
“Es necesario que […] cumplamos todo lo que Dios quiere” (Mt 3, 15). Así le dijo Jesús a Juan el Bautista para convencerlo de que lo bautizara, tal como estaba haciendo con las personas que confesaban sus pecados y expresaban su compromiso de cambiar de vida para disponerse a recibir el Reino de Dios. Con esto Jesús se manifiesta como Hijo obediente a Dios desde el comienzo de su misión. La obediencia a Dios es algo que no nos tiene que faltar a los bautizados.
“Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2). Con estas palabras que los magos de Oriente dijeron en Jerusalén, al preguntar por el rey de los judíos recién nacido, aparece claro que el Reino de Dios está abierto a todos los pueblos de la tierra y que todos los pueblos de la tierra están abiertos al misterio del Reino. Los magos, al igual que María, lo reflexionamos ayer, eran personas abiertas al misterio y creyentes en Dios: vieron y siguieron su estrella.
“Guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 19). Varias veces san Lucas nos dice esto de María, lo que indica la actitud de la Virgen ante el misterio. Son palabras que manifiestan que María era una verdadera creyente. Hoy que comenzamos el año 2011, con la Eucaristía le agradecemos a Dios el testimonio de la Virgen María y su servicio como Madre de Dios. También oramos por la paz, dado que es la jornada mundial de oración por la paz.
“Levántate, toma al niño y a su madre” (Mt 2, 13). Estas fueron las palabras que José escuchó dos veces de parte del ángel del Señor: la primera para huir a Egipto y salvar la vida y la integridad del Niño, amenazado de muerte por el tirano Herodes; la segunda para regresar de Egipto a Israel y continuar con su vida familiar ordinaria. Las dos veces, José hizo lo que se le indicó de parte de Dios: se levantó […] tomó al niño y a su madre y partió […] y regresó (vv. 14. 21).
“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Con estas palabras, san Juan resume el acontecimiento que celebramos este día: el nacimiento del Hijo de Dios entre nosotros. Dios decidió hacerse uno como nosotros con tal de salvarnos. Esta decisión, que contemplamos y agradecemos desde la fe, Dios la tomó por amor. No hay otra razón. A la luz de este misterio de la Encarnación podemos iluminar nuestra capacidad de hacernos uno con los demás.
“Ella ha concebido por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Estas palabras que escuchó del ángel en relación al embarazo de María, hacen que José acepte su misión. Sobre este acontecimiento, san Mateo hace la siguiente reflexión: “Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta Isaías: ‘He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros’” (vv. 22-23).
Se encaminó presurosa a un pueblo (Lc 1, 39). Así dice san Lucas de la Virgen María cuando narra la visita que le hizo a su prima Isabel, que vivía en las montañas de Judea. Esto sucedió en aquellos días (Id.). Pero eso mismo pasó en los días de la conquista de México por parte de los españoles: también se encaminó presurosa a un pueblo (Id.), el pueblo azteca que vivía en Tenochtitlán y sus alrededores. Esta doble visita le agradecemos a Dios con la Eucaristía de hoy.