La verdad que no muere

Imagen tomada del Twitter de Jade Ramírez

Por Rosa Eugenia García Gómez

Escribo apesadumbrada, enojada, e indignada, y prefiero avisarles a mis atentos lectores porque considero que es ético reconocer cuando una periodista en su columna o artículo, ambos géneros de opinión, está afectada por los sentimientos que son propios de las características físicas y sensibles de una persona, a la sazón comunicadora, pero ser humana al fin y al cabo. Pido disculpas si mis reflexiones, personalísimas, llegan a parecer un reclamo dolorido.

Escribo también desde la incertidumbre ¿será que estas carrilleras gestadas en una jornada previa a darse a conocer al público, gozarán de la suficiente actualidad cuando vean la luz? Espero que de esta tarde de miércoles a la mañana del jueves no haya otro periodista ejecutado. Nomás de pensarlo me duelen las yemas de los dedos que al golpear el teclado parece cobrarles la similitud con esos otros dedos de las manos cobardes segadoras de la vida de colegas y compañeros de las trincheras informativas.

Hablar de los 15 hombres y mujeres periodistas que en este año fueron asesinados huele a infamia cuando a los dos últimos se les arrebató su humanidad física con apenas seis días de diferencia, pues a Juan Arjón López lo mataron el 16 de agosto en Sonora y a Freddy Román, este 22 de agosto, en Guerrero.

Con qué cara les digo a mis estudiantes de la licenciatura en Periodismo, a esos y esas de primer semestre con quienes analizamos las estructuras sociales en México, que es precisamente ése aspecto, el estructural de nuestro país, el que permite y es incapaz de erradicar la violencia constante de profesionales de la información, justo esa actividad tan necesaria e indispensable para la democracia y justicia de cualquier entidad del mundo.

Que esas instituciones responsables de proveer seguridad, equidad, bienestar, se han distinguido en las últimas décadas por ser contexto de impunidad, tanto por desempeñar el papel permisivo del crecimiento del crimen organizado, y hasta en ocasiones de alianzas criminales entre cárteles y gobiernos, de las que la sociedad se da cuenta, claro, cuando un periodista lo descubre.

Sus nombres, las fechas y lugares donde fueron asesinados no pueden ser parte del olvido, pero sobre todo, es insoslayable la justicia para sus historias de vida y las narrativas que desde el periodismo construyeron para responder a su deber, a la sociedad, a este país. Y en un acto de congruencia social, que todos los que nos hemos beneficiado de la información que ellos y ellas generaron, nos sumemos al clamor: la verdad no muere con el periodista y la justicia del esclarecimiento de su muerte es vital para la salud social de todo México.

 

Rosa Eugenia García Gómez

 

 

 

 

 

 

Coordinadora de la Licenciatura de Periodismo en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara.

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