Protesta y Disturbios. Esto no es sobre George Floyd, Ingrid Escamilla, Giovanni López o Fátima Aldrighetti

Por: Tzinti Ramírez Reyes

Estamos en el sexto mes del año 2020 y a estas alturas hemos visto salir a las calles, lo mismo de la Ciudad de México o Guadalajara que de Washington o Minneapolis, a miles de personas para marchar y dejar inscritos en la memoria social los nombres de George, Breonna, Ingrid, Giovanni, Fátima, Minerva, Isabel y Janeth, asesinadas y asesinados por nuestra cultura y nuestras estructuras a manos de individuos que se sintieron validados y protegidos por ellas.

Las protestas masivas que hemos visto lo mismo de comunidades estudiantiles, que de la comunidad negra o de las colectivas feministas, no están circunscritas únicamente a la indignación y el rechazo a los asesinatos voraces que engullen más a unos que otros. Las protestas son una sublimación del dolor colectivo construido con historias interrumpidas como las de George, Giovanni o Ingrid. Las protestas y los disturbios nos hablan desde las historias de la cotidianeidad de las personas de raza negra, de las mujeres o de los pobres en cualquier latitud.

Cuando en medio del alud de protestas, queremos circunscribir un movimiento social a un hecho solo, erramos y nos volvemos partícipes de la ceguera social y la sordera gubernamental. Erramos cuando decimos buscar por qué surge el revuelo social “de repente”, por qué surge la indignación con unos casos y “con otros no”. Hablamos desde la incomprensión de la indignación, la rabia y la historia de vejaciones que está entre nosotros, quizás no sobre nosotros, hace generaciones. Nos negamos con cómoda sordidez a ver que lo que hace un caso atroz es catalizar la memoria de lo vivido en carne propia y en colectivo, no hoy, ni ayer, sino desde que se viene a este mundo a ser afrodescendiente, mujer, indígena o pobre.

Cuando preguntamos ¿por qué ahora? y ¿por qué no con tantos otros casos que suceden todos los días?, ahí, justo ahí, la obviedad nos da en la cara. Desde la perspectiva de quien no vive la afrenta, la pregunta es sobre la temporalidad de la rabia sin comprender que está ahí y que deambula callada entre nosotros cada que alguien busca “superar” con disciplina los obstáculos del día a día obedeciendo la regla no escrita de que es mejor ser invisible y andarse con silencio, para convertirse en el caso de excepción a la estadística.

La pregunta no es ¿por qué ahora?, la pregunta es ¿por qué no antes?, ¿por qué no siempre? Si preguntamos diferente, entonces encontraremos que no es ahora, es antes y es desde siempre que de una manera u otra la constancia en la lucha de las poblaciones vejadas, ha sido la misma: ser reconocidas como personas. Así de simple, así de llano es. La lucha, que ha sido constante, cíclica y periódica, ha perdurado siglos en busca de la libertad del cuerpo y del reconocimiento de la valía de los sueños propios. La búsqueda, la exigencia, es y ha sido, la libertad de ser dentro de un contexto que sólo, y a veces, deja existir.

Comprender que la raíz del enojo, la frustración y la tristeza es también causa nuestra, es más incómodo que difícil. Basta con revisar, aunque sea someramente, la literatura sobre brechas entre grupos para darse cuenta rápidamente del grado de institucionalización de la discriminación y la violencia en el que vivimos en cotidianeidad.

Ser negro o blanco en Estados Unidos tiene sus diferencias, ser indígena, mestizo o blanco en América también, nacer hombre o mujer también implica experiencias significativamente divergentes. Por ejemplo, según el Centro de Investigación Pew, en promedio, los afroestadunidenses tienen el doble de probabilidades de ser pobres o de estar desempleados que los blancos. Además, cuando hay trabajo y se tiene un grado de licenciatura, las familias encabezadas por afrodescendientes con licenciatura tienen un patrimonio promedio cuatro veces menor al patrimonio promedio de las familias encabezadas por un graduado universitario blanco.

La ignominia de las cifras adquiere un talante aún más perverso cuando sabemos que si se es negro en EU se tiene el doble de probabilidades de morir en un “enfrentamiento” con la policía o que la tasa de encarcelamiento es 6 veces mayor para ese grupo, aunque los afrodescendientes constituyen 13% de la población estadunidense. Estos datos ahora son bien conocidos, pero nos faltaría entender por qué además de todo lo anterior, la tasa de mortalidad para los bebés de raza negra de menos de 12 meses dobla la tasa de mortalidad de los bebés blancos que nacen en la nación de las 50 estrellas.

En el caso de las mujeres en México sabemos que a trabajo igual y formación académica igual, las mujeres ganan 23% menos que los hombres y que 42% de las mujeres tiene menos probabilidades de alcanzar un nivel superior de riqueza que sus contrapartes hombres. Sabemos también que 76% de las víctimas de violencia intrafamiliar son mujeres, 75% de las de abuso sexual, 80% de las de violación sexual o 91% de las víctimas de incesto. Sabemos que en promedio 10 mujeres son víctimas de la violencia feminicida en nuestro país cada día y que en 10 años este país ha visto más de 23 mil 800 feminicidios.

Sabemos también, que según reporta Oxfam México en el informe “Por mi raza hablará la desigualdad”, las mujeres tienen 42% menos posibilidades de alcanzar un nivel superior de riqueza que sus contrapartes hombre y que además la brecha aumenta a un 60% en el caso de las mujeres negras o mulatas. En tanto, las mujeres indígenas tendrán 71% menos de posibilidades de acceder a la movilidad social por su tono de piel y por ser mujeres. La estadística y las brechas constituyen más bien profundas zanjas difíciles de sortear.

¿Por qué tenemos estructuras que relegan a capas enteras de la población?, sería una pregunta inicial más adecuada. ¿Por qué las “minorías” -que sumadas constituyen la abrumadora mayoría- viven y mueren así? ¿Por qué ser afrodescendiente, indígena, pobre, mujer u homosexual es a veces no respirar? La pregunta pertinente no es por qué ahora, la pregunta es ¿por qué seguimos haciendo el sordo ante una normalidad lacerante y violenta para tantos?
Dejemos de preguntar, ¿por qué ahora?, ¿por qué así?, para darnos cuenta de que las mayorías -que no lo son- en realidad se encuentran con suerte de que las mayorías verdaderas de los olvidados, humillados y lastimados, en realidad buscan reconocimiento, no discriminación, oportunidad de construir y avanzar, y no venganza.

Al final, lo queramos ver o no, la ceguera y la asfixia tienen fecha de caducidad cuando se ejerce violencia día tras día.

Tzinti Ramírez Reyes

Internacionalista. Directora del Departamento de Relaciones Internacionales, Economía y Ciencia Política región occidente del Tecnológico de Monterrey en Guadalajara.
Twitter: @tzinr

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