Cuando el mundo se detuvo

Apuntes desde Francia sobre el aislamiento

Por: Alejandra Preciado Palafox

Aquel lunes 16 de marzo del 2020 amaneció lluvioso y frío. Eran las 8 a.m. y yo iba apurada rumbo al trabajo, como de costumbre hasta entonces. En medio del tráfico volví a pensar en lo especial que fue para mí la jornada electoral del día anterior pues mi participación fue más allá de la de un votante normal. Nuestra victoria fue contundente.

La primera vuelta de las elecciones municipales se llevó a cabo en Sérignan, como en toda Francia, bajo condiciones sanitarias inéditas, a pesar de la controversia que dividió la opinión pública. En nuestra ciudad la reunión de instalación del Consejo municipal de Sérignan 2020 – 2026 se llevaría a cabo el viernes. Entonces tomaría mi lugar en el cabildo local como Consejera Municipal (equivalente a una Regidora en los Ayuntamientos en México). Tendría una semana ocupada, aunque menos estresante que las previas a la elección.

Bajo la lluvia llegué a mi oficina en el centro de Béziers, pero poco antes del mediodía se nos hizo un anuncio inesperado: a partir de ese momento trabajaríamos a distancia hasta nuevo aviso. Con las escuelas y guarderías cerradas en todo el país desde el viernes 13 de marzo, a los padres de familia se nos propuso una incapacidad especial para el cuidado de los hijos hasta el fin del aislamiento sin pérdida de sueldo. En mi caso, el 80% lo cubriría la CPAM (Caisse Primaire d’Assurance Maladie), y el otro 20 % mi empleador.

No me incapacité por conciencia profesional pues dada la situación de crisis, vendrían nuevas urgencias en materia de comunicación. Además, en casa podía cuidar de mi hija de 7 años. Usarla como pretexto para no trabajar no me pareció ni sensato ni ético. Durante varios años trabajé a distancia y ya conozco todos los peligros, las ventajas, las desventajas de esta manera de laborar y sé que implica rigurosa disciplina.

Sin embargo, hasta antes de la pandemia, el home office era una práctica inconcebible en una institución pública como en la que trabajo, en donde se consideraban indispensables ciertos marcos de desempeño, los horarios y las reuniones presenciales.

Guardé en memorias USB y discos duros algunos archivos de la red local y me despedí de mis colegas con la certeza de seguir en contacto por correo electrónico, videoconferencia y el teléfono, pero sin saber hasta cuándo nos volveríamos a ver en persona, charlar y reír junto a la cafetera o esperar el turno en el microondas a mediodía.

Mi marido había recogido a nuestra hija de con sus abuelos y ambos estaban en casa desde el mediodía. Los clientes de mi esposo son los restaurantes y todos en Francia estaban clausurados por decreto desde la primera hora del domingo 15. Él no sabía todavía qué iba a pasar y esperaba noticias de sus jefes.
Por la noche nos prendamos de la televisión para seguir el discurso del presidente Emmanuel Macron.

En 20 minutos, con tono grave y solemne, anunció el inicio de una guerra sanitaria y el aislamiento social en todo el país durante quince días a partir del martes 17 a medio día. No pronunció ni una sola vez la palabra «confinamiento», término todavía tabú pero ampliamente utilizado en los medios de comunicación.

Macron pidió a los ciudadanos quedarse en casa y anunció el paro de toda actividad «no esencial» a la vida del país. Afirmó su voluntad de que ninguna empresa despidiera gente o cesara actividades a causa de esta crisis sanitaria y esbozó algunas medidas para las empresas como el aplazamiento del cobro de impuestos, cotizaciones sociales, los cobros de créditos bancarios y las cuotas de agua y luz.

Habló de la sanción para quien fuera encontrado en la calle sin la atestación derogatoria de salida (permiso), con una multa de hasta 135 euros. El permiso para llenar con datos personales ya estaba disponible para descarga en el sitio web del Ministerio del Interior y serviría durante todo el periodo de confinamiento, para, en caso de control policíaco, justificar salidas ya fuera para la compra de alimentos, citas médicas o el esparcimiento a menos de 1 km del domicilio durante una hora al día, por ejemplo.

Explicó lo del chômage partiel: el Estado pagaría a las empresas directamente los salarios de los empleados a quienes las circunstancias les impedían trabajar. Hasta hoy, 11,3 millones de franceses, entre ellos mi esposo, se benefician de tal disposición (es más o menos la mitad de los empleados en Francia).

Con tales medidas, la consigna era simple: respetar el confinamiento y quedarse en casa mientras los hospitales, saturados, combaten la epidemia.

La reunión de instalación del nuevo Consejo municipal del cual formo parte, se pospuso hasta nuevo aviso. El Ayuntamiento de Sérignan censó la población en dificultad, como los adultos mayores que viven solos y/o están enfermos. A ellos, los empleados de la Mairie (administración del municipio) y voluntarios de la reserva civil les llaman con regularidad, les hacen las compras y se las llevan directo a sus casas. Los servicios técnicos limpian calles y el mobiliario urbano con agua y un desinfectante con impacto ecológico controlado. La municipalidad decidió mantener el mercado, que se instala tres veces a la semana en la plaza principal y la policía realiza sus funciones normales, pero también regula el flujo de personas en dicho mercado.

Se garantiza el servicio de guardería únicamente para los hijos de trabajadores de la salud. El Ayuntamiento comunica sobre los comercios abiertos y aquellos que proponen servicio a domicilio y en agradecimiento a los agentes municipales que no han escatimado horas ni esfuerzos para realizar su trabajo, el alcalde les otorgó un incentivo que se les pagará en vales que ellos podrán utilizar en todos los comercios locales. Esta medida fue adoptada por varios Ayuntamientos en Francia pues canaliza la gratificación para contribuir al refuerzo de la economía local.

En conjunto con el Departamento Hérault (equivalente a un Estado en México) y la Aglomeración Béziers Mediterráneo (grupo de municipios) en los que se circunscribe Sérignan, la Mairie (autoridad local) de nuestra ciudad otorgará dos cubrebocas por habitante. También, un grupo de voluntarios se puso manos a la obra para fabricar dos mil cubrebocas de tela que serán distribuidos a los niños al regreso a clases. Los otros servicios municipales trabajan, la mayoría a distancia, para comunicar, pagar facturas, repensar las festividades planeadas para el verano y re agendarlas, etc.

Alejandra Preciado Palafox

Zapotlense que radica en Francia. Comunicóloga por el ITESO. Colaboradora de El Puente.
Webmaster de la oficina de turismo de la aglomeración de Béziers Mediterráneo.

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