Mirar al futuro con esperanza

Por: P. José Sánchez Sánchez

El primer día de la semana, las mujeres, vencido el miedo, fueron al sepulcro a embalsamar el cuerpo del Maestro, ellas buscaban un muerto. Un ángel les dio la noticia de la resurrección del Señor. Al regreso Jesús se les apareció, las animó y las envió a dar el anuncio a los discípulos/discípulas que los esperaba en Galilea. (Mt 28, 9-10).

La resurrección abre un horizonte de vida. Jesús invita a los discípulos y discípulas a encontrarse con Él en Galilea. Pero esta vuelta no es para recordar con añoranza los días pre-pascuales que pasaron con Él, sino para darles la misión de anunciar la alegría de la vida a todos los pueblos y contar con su presencia hasta el fin del mundo. Es decir, ver hacia adelante, siempre con la alegría por la vida nueva. La experiencia del Resucitado no es un voltear hacia atrás sino ver al futuro.

Los discípulos tenían la tentación de quedarse mirando hacia el pasado: Los discípulo/a de Emaús caminaban mordiendo con desesperanza el recuerdo de la muerte de su Maestro. Habían perdido la esperanza: “Nosotros pensábamos que él sería el libertador de Israel” (Lc 24, 21) pensaban que la piedra del sepulcro había encerrado todos sus expectativas de liberación.

Jesús los anima y les hace ver que la muerte no es la última palabra de Dios sobre la humanidad, los invita a levantar la cabeza y ver hacia el futuro. Los hace ver que delante de ellos está una nueva vida que ellos tienen que comunicar al mundo. Los ángeles el día de la ascensión les dicen que Jesús, al que ven partir, vendrá de nuevo (Hech. 1,11).

Nosotros estamos también tentados a asustarnos con la experiencia traumática del Covid-19, también podemos quedarnos encerrados en nuestras casas por miedo al contagio y esperar mirando al cielo que Dios resuelva todo y nos conserve la vida para seguirla viviendo con el egoísmo, la indiferencia en nuestro corazón, en nuestras comunidades, en la sociedad globalizada y en nuestra Iglesia. Quien cree en la resurrección, descubre en la pandemia la invitación a encontrar en ella la voz de Jesús, que nos invita a mirar no atrás sino al futuro.

Estamos a punto de reiniciar las actividades después de la pandemia. ¿Podemos esperar su fin volviendo a lo mismo? ¿Qué es lo que deja al descubierto esta experiencia dolorosa y de muerte, qué es lo que Dios nos pide vivir en la pospandemia? Muchas son las voces que se alzan pidiendo un cambio. Basta con tener una conciencia crítica para darnos cuenta que son muchas las heridas que ha abierto este virus.

Una de ellas es la pobreza generalizada que grita por un cambio de modelo de desarrollo que se ha vivido en los últimos 400 años y que es asesino porque mata las dos fuentes de vida: al ser humano y la naturaleza. Al ser humano, lo sume en la miseria; porque el principal motor de la acumulación de los bienes que nos ofrece nuestro planeta es la concentración de ellos en pocas manos. El 1% de los habitantes de la tierra acapara el 99% de la riqueza. En un extremo están 53,3 millones de mexicanos que viven en pobreza, de los cuales 23 millones no pueden comprar la canasta básica aunque reciban el salario mínimo, viven en la miseria.

Otra herida es el deterioro de la creación que hemos causado por el consumismo obsesivo que este modelo neoliberal nos ha inducido. Es una economía de mercado que no responde a las necesidades humanas, sino a la acumulación de la riqueza. Los gobiernos anteriores se han inclinado hacia los poderosos y se han olvidado de los pobres, a los que consideran que sobran en nuestro país.

Pero además depredan de diversos modos el planeta. Provocan la contaminación del agua, del aire, la deforestación de los bosques y selvas, envenenan la tierra por los químicos que usan para forzar la tierra a que produzca más y hasta han contaminado los océanos.

La tierra ya no aguanta más y empieza a vengarse por el mal trato que le damos. Algunos científicos dicen que esta pandemia es fruto del deterioro ecológico que causamos. Es de notar que el coronavirus no afecta a los animales, ellos pueden portarlo y contagiarlo, pero los enferma.

Han quedado al descubierto también el desempleo en el mundo. En México se han perdido en estos meses millones de empleos y por la falta de recursos muchas pequeñas y medianas industrias y comercios han quedado paralizados, causando que muchas familias recurran a la asistencia pública y a la mendicidad. Hemos entrado en una crisis económica que aflige a los más pobres.

Al controlar la pandemia y volver a la vida ordinaria, no podemos volver a los mismos problemas y actitudes que hemos tenido hasta ahora. El Papa Francisco nos dice: “En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia a unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible” (Laudato sí, 13). Si actuamos como un sólo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podremos lograr un impacto real, un cambio global.

Miremos al futuro con esperanza.

P. José Sánchez Sánchez

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