Monseñor Romero fue mártir y héroe en El Salvador

Mons. Oscar Arnulfo Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980 mientras celebraba la Eucaristía en la capilla del Hospital de la Divina Providencia en la ciudad de San Salvador.

La década de los setenta y principio de los ochenta se caracterizó en El Salvador por la violencia provocada por tanta injusticia y desigualdad que se vivía. Era común oír decir que catorce familias ricas eran dueñas de todo el Salvador, mientras que miles de familias padecían hambre, desnutrición y abandono.

Antes de ser arzobispo, Mons. Romero fue elegido Secretario de la Conferencia Episcopal de El Salvador. En ese tiempo ya empezaba a sentirse la violencia. Algunos sacerdotes y catequistas fueron asesinados por su apoyo a los campesinos ultrajados y pisoteados en sus derechos humanos.

SALVADORAN ARCHBISHOP OSCAR ROMERO

El 3 de mayo de 1970 Mons. Romero recibió la notificación de haber sido nombrado Obispo y fue ordenado el 21 de junio de 1970 y nombrado Obispo Auxiliar de San Salvador. El 15 de octubre de 1974 fue nombrado Obispo de la Diócesis de Santiago de María.

Para ese tiempo, la Iglesia defendía el derecho del pueblo a organizarse y clamaba por una paz con justicia. El gobierno miraba con sospecha a la Iglesia y expulsó a varios sacerdotes. En medio de este ambiente de injusticias, represión e incertidumbre, Monseñor Romero fue nombrado Arzobispo de San Salvador el 3 de febrero de 1977.
Tenía 59 años y su nombramiento para muchos fue sorpresa. Monseñor Romero tomó posesión de la Arquidiócesis el 22 de febrero de 1977, en medio de un torbellino de violencia. La ceremonia de toma de posesión fue sencilla y sin la presencia de autoridades civiles ni militares.

Mons. Romero aún no tenía conciencia del problema que enfrentaba su país. Él creía que el Gobierno y las familias ricas podían en verdad ayudar a El Salvador. Poco a poco se dio cuenta que esto era mentira. El asesinato de los padres Rutilio Grande y Octavio Ortíz, amigos suyos, de intachable conducta y fieles en su ministerio a favor de los pobres, le abrieron los ojos a la cruda realidad de injusticia que padecía la mayoría del pueblo.

Entonces Mons. Romero empezó a endurecer su discurso y a defender a los campesinos. Esto le ocasionó críticas, rechazo y calumnias de las clases ricas, del ejército y de sus mismos hermanos obispos. Mons. Romero se sintió muchas veces solo, pero decía: “Me alegro, hermanos, de que en este país hayan asesinado a sacerdotes…Pues sería muy triste que en un país en que tantos salvadoreños son asesinados, la Iglesia no contara también sacerdotes entre los asesinados…Es una señal de que la Iglesia se ha encarnado en la pobreza…Una Iglesia que no sufra persecución, que tenga miedo…no es la verdadera Iglesia de Jesús”.
Había iniciado la conversión de Mons. Romero. De ahí en adelante iba recogiendo las quejas del pueblo, las denuncias, los atropellos que le llgaban de todas partes. Esto lo expresaba en sus famosas homilías del domingo en catedral que eran escuchadas hasta la última comunidad de la montaña; denunciaba con valentía todo el sufrimiento, las vejaciones a las que era sometido su pueblo.

Muchas veces se le intimidó, calumnió y amenazó. Sufrió atentados como el del templo del Sagrado Corazón de los dominicos. Mons. Romero preveía su muerte y llegó a decir: “Si me matan, resucitaré en la lucha del pueblo salvadoreño”.

El impacto que tuvo su muerte en El Salvador y en toda América Latina fue enorme. Pedro Casaldáliga, obispo y poeta, se encargó de inmortalizarlo con sus versos: “San Romero de América”. Ahí decía él que el pueblo de América Latina ya había colocado a Monseñor Romero como santo en el baldaquino de todas sus montañas, valles y pampas. Su testimonio ayudó mucho a las Comunidades Eclesiales de Base, a los agentes de pastoral. Desde entonces en toda América Latina se hicieron retiros, ayunos, marchas, peregrinaciones, encuentros, coloquios teológicos con los cantos de la Misa Salvadoreña y con la memoria y la imagen de Mons. Romero. El pueblo sabe reconocer a sus auténticos líderes y pastores.

Mientras esto sucedía la Iglesia oficial callaba. De hecho quedó bloqueado el proceso de su canonización. A últimas fechas, el Papa Francisco ha desbloqueado el proceso y lo ha abierto a una pronta canonización.

También en fecha reciente el actual Gobierno de El Salvador ha declarado a Monseñor Romero Héroe Nacional y le dedicó una gran Avenida en San Salvador. Esto implica que las nuevas generaciones de jóvenes estudiantes salvadoreños visiten la casa de Mons. Romero, la capilla donde fue asesinado y su tumba que está en las criptas de catedral, para conocer su historia, su vida, su obra, su testimonio.

Para nosotros los cristianos, Mons Romero, obispo, pastor, profeta y mártir, representa un testigo de la fe, un camino a seguir y un gran don de Dios a la Iglesia de los pobres.

Publicación en Impreso

Edición: 132
Sección: Ventana desde la fe
Autor: P. Juan Manuel Hurtado

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