El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

De la caridad a la justicia

La Doctrina social de la Iglesia

La enseñanza del Papa en este documento puede resumirse en cuatro temas esenciales: queda ratificado el derecho natural a la propiedad privada, pero se subraya también su función social.

Por: Alfredo Monreal Sotelo

La Doctrina Social de la Iglesia tiene su consolidación con el documento Rerum Novarum (Sobre la situación de los obreros) del papa León XIII. En este artículo, basándome en el sacerdote historiador Giacomo Martina retomo el contexto y nacimiento del magisterio eclesial que pretende responder a los problemas y necesidades de nuestro tiempo.

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En el siglo XIX se dio un progreso técnico, industrial y comercial, primero en los países europeos y más tarde en todos los continentes, con innumerables repercusiones sociales. Nació la gran industria que provocó la concentración de grandes riquezas en manos de un reducido grupo de personas y el empobrecimiento de una inmensa multitud de trabajadores.

Horarios de 16 horas en un ambiente malsano, falta de toda seguridad ante la desgracia y la enfermedad, salarios insuficientes, mala alimentación, viviendas insalubres y alta mortalidad infantil, son las duras condiciones de vida de la clase obrera, la situación de los campesinos en los países no industrializados es parecida.

Ante eso, los liberales se mostraban de acuerdo con la situación existente; los socialistas se organizaban en su partido y sus sindicatos para dar un vuelco total de las estructuras existentes. Los católicos, salvo excepciones, tomaron conciencia de la situación social con lentitud, desarrollándose entre ellos dos tendencias que subsistieron juntas durante más de un siglo. La primera se reducía a una especie de conciencia sobre el problema, mientras que la segunda se iba robusteciendo y profundizaba en sus presupuestos teóricos, se organizaba y pasaba a la acción.

Durante buena parte del siglo XIX muchos católicos se dieron cuenta de las condiciones reales de vida de las distintas clases sociales, pero ante la miseria crónica y dura de las clases obreras, compartieron más bien los sentimientos de los niveles acomodados y de los economistas más calificados sobre la inevitabilidad de las leyes económicas y la fatalidad de la miseria que acompaña a la humanidad a lo largo de la historia.

Asimismo, surgió una lenta maduración que lleva de la concepción caritativo asistencial a una acción propiamente social, primero en un plano impregnado todavía de paternalismo, que pasa gradualmente al reconocimiento de los derechos de los obreros con la aceptación de la defensa colectiva de tales derechos.

Podemos distinguir tres fases en la evolución del pensamiento social: primero, hasta la muerte del Papa Pío IX en 1878, donde se dan las primeras reflexiones todavía insuficientes y las primeras realizaciones limitadas desde el plano caritativo asistencial.

Segundo, de los primeros años del Papa León XIII, hasta la publicación de la encíclica Rerum Novarum en 1891, donde aparecen polémicas fecundas en torno al tema de la doctrina social cristiana que ayudan a clarificar las orientaciones y los intentos de respuesta a las necesidades aún en perspectiva paternalista y con dificultad de reconocer la igualdad humana de clases y el derecho de los obreros a asociarse para defenderse de la opresión.

Y tercero, desde la Rerum Novarum hasta finales del siglo XX. Aquí se vive una maduración teórico-doctrinal y el nacimiento de medidas eficaces, aunque tardías, que se ubican desde la nueva realidad histórica con la aceptación del sindicalismo y de la resistencia obrera al capitalismo.

La intervención del Papa León XIII, con la encíclica Rerum Novarum del 15 de mayo de 1891, es punto de llegada de un caminar de 50 años de estudios, polémicas y esfuerzos, y a la vez punto de partida hasta nuestros días. La enseñanza del Papa en este documento puede resumirse en cuatro temas esenciales: queda ratificado el derecho natural a la propiedad privada, pero se subraya también su función social.

Se atribuye al Estado la obligación de promover la prosperidad pública y privada, pero se marcan límites a la acción estatal que no puede saltar. A los obreros se les recuerdan sus deberes en relación con los patrones, pero queda claro que tienen derecho a un salario suficiente que les asegure lo básico para la vida. Se condena la lucha de clases, pero se reconoce a los obreros el derecho a asociarse para defender sus intereses y además se les invita crear este tipo de asociaciones.

Al leerse ahora la encíclica da la impresión de que quedan pendientes ciertos puntos importantes, como el problema del salario familiar, entre otros. Pero, muy distinta fue la sensación que causó en sus contemporáneos ya que animó a un compromiso social muy fuerte como Iglesia.

En México la encíclica fue asumida con entusiasmo por el clero y las asociaciones católicas. Varios obispos y presbíteros se preocuparon de la situación de los campesinos y de los indígenas. Se realizaron semanas sociales, congresos agrícolas, se fundó la Asociación de los Operarios Guadalupanos y el Partido Católico Nacional. La experiencia formó un gran número de laicos que asumieron tareas en el campo social.

Esta entrada fue publicada el 09 de mayo de 2018 a las 12:44 pm en la categoría Papel y tinta. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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