Homilía para el 32º domingo ordinario 2016

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La misericordia expresa la fe en el Dios de la vida

ord32-c-16

Cada domingo nos convocamos como comunidad para la celebración de la Eucaristía. Con ella damos gracias a Dios por la Resurrección de su Hijo Jesús. Él resucitó el primer día de la semana, como nos narran los evangelistas. Y ese mismo día, poco a poco se fue encontrando con sus discípulos, desde el amanecer hasta la noche, y transformó la tristeza que tenían por su muerte en alegría por tenerlo vivo de nuevo. Nos encontraremos con Él, resucitado, en la Comunión.

La misericordia expresa la fe en el Dios de la vida

Textos: Mac 7, 1-2. 9-14; 2 Tes 12, 16-3, 5; Lc 20, 27-38.

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Cada domingo nos convocamos como comunidad para la celebración de la Eucaristía. Con ella damos gracias a Dios por la Resurrección de su Hijo Jesús. Él resucitó el primer día de la semana, como nos narran los evangelistas. Y ese mismo día, poco a poco se fue encontrando con sus discípulos, desde el amanecer hasta la noche, y transformó la tristeza que tenían por su muerte en alegría por tenerlo vivo de nuevo. Nos encontraremos con Él, resucitado, en la Comunión.

En el Evangelio escuchamos la discusión que Jesús tuvo con un grupo de saduceos sobre la resurrección de los muertos. Ellos, siendo judíos, no creían en ella, como los macabeos que sostuvieron su fe en la resurrección, a pesar de los tormentos, como escuchamos en la primera lectura. Le hicieron a Jesús una pregunta para ponerlo a prueba y burlarse luego de Él. Le inventaron el ejemplo de la mujer que se casó con siete hermanos y, al final, todos murieron.

La pregunta era: en caso de que hubiera resurrección, ¿de cuál de los siete sería esposa, ya que todos se casaron con ella? Jesús no respondió a esa pregunta sino que sostuvo el hecho de la resurrección. En base a la Escritura confesó a su Padre como Dios de vivos, no de muertos. Aclaró que el matrimonio es para esta vida y no para la otra. Allá no se ocupa casarse, porque Dios habrá resucitado a todos los muertos. Tampoco volverán a morir los que hayan resucitado.

¿Cómo manifestaba que creía en su Padre como Dios de vivos y de la vida? Con su misma vida, sus predicaciones y, sobre todo, con sus hechos. No sólo resucitaba muertos, como al hijo único de la viuda o a su amigo Lázaro, sino que devolvía la salud a los enfermos, perdonaba los pecados, multiplicaba el pan, devolvía la dignidad a los expulsados de sus comunidades. Anunció a sus discípulos su pasión y muerte en Jerusalén, junto con su resurrección al tercer día.

Si a nosotros nos preguntan en qué Dios creemos, si en el de los vivos o en el de los muertos, inmediatamente responderemos que en el de los vivos. Incluso, como haremos en un momento más, profesaremos nuestra fe en Dios; confesaremos que Jesús murió y que al tercer día resucitó de entre los muertos. Esto no tiene dificultad para decirlo públicamente. El problema se presenta cuando nos preguntamos en relación a lo que decimos y lo que hacemos diariamente.

¿Nuestra manera de vivir manifiesta que creemos en un Dios de vida? ¿Qué hacemos ante las situaciones de muerte que nos rodean: pobreza, enfermedades, migración, víctimas de la violencia, ancianos solos, mujeres que hacen de mamá y papá, deterioro del medio ambiente? ¿Nos parecemos a Jesús? Con la misericordia Él sostenía que creía en su Padre como Dios de vivos. Lo que decía de palabra –su respuesta a los saduceos– estaba respaldado por sus hechos.

Estamos por concluir el Año Jubilar de la Misericordia. El próximo domingo se cerrarán las puertas de todas las Diócesis del mundo, señaladas como santas y destinadas al paso de los miembros de la Iglesia; al entrar por ellas se nos ha recordado la obligación cristiana de vivir las obras de misericordia, tanto las corporales como las espirituales. A una semana de que sean cerradas, podemos preguntarnos si estamos siendo compasivos con los pobres y sufrientes.

Que nuestra participación en esta Eucaristía dominical nos renueve en el compromiso de ser misericordiosos. Que con nuestros hechos, y no sólo con la profesión de fe, manifestemos que creemos en el Dios de los vivos y no de los muertos. Oremos al Señor para que sigamos viviendo la misericordia de una manera ordinaria en nuestra vida. Que el encuentro sacramental con Jesús nos impulse a seguir trabajando a favor de la vida en medio de las situaciones de muerte.

6 de noviembre de 2016

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