Homilía para el domingo de Cristo Rey 2021

Hoy, domingo de Cristo Rey, se cumplen 25 años de la clausura de nuestro Primer Sínodo Diocesano. Con la Eucaristía damos gracias a Dios por ese acontecimiento en el que fuimos conducidos por su Espíritu durante dos años y medio —1994-1996— y que nos sirvió para revisar, valorar y proyectar nuestra vida de Iglesia particular en relación a la misión.

Testigos de la verdad

Textos: Dn 7, 13-14; Ap 1, 5-8; Jn 18, 33-37

Hoy, domingo de Cristo Rey, se cumplen 25 años de la clausura de nuestro Primer Sínodo Diocesano. Con la Eucaristía damos gracias a Dios por ese acontecimiento en el que fuimos conducidos por su Espíritu durante dos años y medio —1994-1996— y que nos sirvió para revisar, valorar y proyectar nuestra vida de Iglesia particular en relación a la misión. Aunque se terminó el Sínodo, la sinodalidad permanece como parte integrante de la Iglesia y hoy la estamos viviendo en el proceso de elaboración del 5º Plan Diocesano de Pastoral.

La sinodalidad exige una actitud fundamental: la escucha. Se trata de escucharnos todos a todos y juntos escuchar al Espíritu Santo, para discernir qué nos pide realizar para ser fieles en la misión evangelizadora. Con otras palabras, se trata de escuchar la voz de Jesús para ser personas y comunidades de la verdad, de acuerdo a lo que le dijo a Pilato cuando lo estaba interrogando sobre su condición real. Los sumos sacerdotes se lo enviaron, acusado de nombrarse rey, para conseguir la autorización para matarlo.

Jesús no negó ante Pilato que era Rey. En Él se cumplió la visión de Daniel, en la que vio a un hijo de hombre que venía entre las nubes del cielo y a quien servían todos los pueblos y naciones. Era el soberano de los reyes de la tierra del que habla el autor del Apocalipsis, y que lo confiesa como el testigo fiel, el traspasado, el que nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre, el primogénito de los muertos, el que hizo de nosotros un reino de sacerdotes para Dios, el que viene entre las nubes, el que es, el que era y el que vendrá.

Pero, le aclaró a Pilato que su reinado no era como los de este mundo —como el del mismo Pilato—: basados en las luchas por el poder, los golpes bajos, la violencia, las amenazas, la mentira. Su reinado estaba basado en la verdad, el amor, el servicio, el perdón, la entrega de la vida. Por eso le dijo que había venido al mundo para ser testigo de la verdad.

Enseguida, como está al final del texto del evangelio, Jesús abre la invitación a sus discípulos y a quienes no lo son para actuar como las ovejas del buen pastor que escuchan su voz y lo siguen. Quien pertenece a la verdad es capaz de escucharlo y seguirlo por donde lo conduzca, por el camino del servicio y la entrega de la vida. A esto se refiere lo que reconoce el autor del Apocalipsis, al decir que ha hecho de nosotros un pueblo de sacerdotes, para bendecir y glorificar a Dios con una vida llevada en la verdad, la justicia, el amor. Por el Bautismo fuimos ungidos sacerdotes e integrados al pueblo sacerdotal de Dios.

Para mantenernos unidos a Jesús, necesitamos vivir en la sinodalidad, es decir, en la escucha atenta de su voz, para seguirlo en su camino, para vivir en la verdad, para realizar con fidelidad la misión, para glorificar a Dios con nuestros hechos. Entonces, tenemos que estar siempre unidos a Jesús para vivir como Él. Es lo que sellamos y renovamos cada vez que comulgamos, como lo haremos en el momento culmen de esta celebración dominical.

Pidamos al Señor esta capacidad de escucharlo para convertirnos también en testigos de la verdad, para discernir lo que tenemos que realizar para ser sus discípulos misioneros.

21 de noviembre de 2021

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