Homilía para el 11er domingo ordinario 2021

A Dios le gusta lo pequeño para realizar su proyecto de salvación. Jesús, que vino a revelarnos y a realizar ese plan de Dios, habló del Reino como algo pequeño, insignificante, imperceptible.

Optar por lo pequeño

Textos: Ez 17,22-24; 2Cor 5,6-10; Mc 4,26-34

A Dios le gusta lo pequeño para realizar su proyecto de salvación. Jesús, que vino a revelarnos y a realizar ese plan de Dios, habló del Reino como algo pequeño, insignificante, imperceptible. Lo acabamos de escuchar en estos textos bíblicos recién proclamados.

Comunicando el mensaje de Dios a su pueblo, el profeta Ezequiel habla de un retoño que crecerá tan grande que se convertirá en un magnífico cedro. ¿Qué tan grandes son los retoños? Son muy pequeños. Cuando salen casi no se notan, hasta que empiezan a crecer y se van haciendo grandes. Esto alegra a quienes tienen las plantas o los arbolitos, sobre todo cuando parece que se están secando. Lo que comienza en un retoño termina convertido en un árbol, al que llegan los pájaros a anidar y a protegerse del sol, el frío y la lluvia.

De la misma manera Dios realizó su plan de salvación para la humanidad. El retoño prometido es su Hijo Jesús. Él se hizo muy pequeño en el vientre de la Virgen María. ¿De qué tamaño es el óvulo fecundado? Pequeñísimo. Se necesita un microscopio para verlo. Así comenzó Jesús su condición humana: hecho cigoto en el vientre de una mujer del pueblo insignificante de Nazaret. Terminó convertido en Señor, cuando Dios lo resucitó, después de haber anunciado y hecho presente el Reino de Dios y de haber muerto en la cruz como consecuencia y culmen de su misión. Hoy agradecemos a Dios su Resurrección.

Cuando habló del Reino lo comparó con semillas muy pequeñitas, como escuchamos en el evangelio. Una semilla tiene la vida por dentro; no se nota, pero ahí está. Al ser sembrada y recibir la humedad, comienza a reventar el germen y luego empieza a crecer hasta que aparece por fuera de la tierra. Su crecimiento no depende de quien la sembró, sino de la vida que Dios le infundió. Fue lo que dijo Jesús del Reino. Comienza muy pequeñito y luego va creciendo hasta llegar a dar frutos. El Reino no comienza con multitudes ni con cosas grandiosas y apantallantes, sino que necesita sembrarse con actitudes y acciones muy pequeñas, como el perdón entre dos personas, la atención a un enfermo, la justicia hacia una persona, compartir el pan con un migrante o indigente. Así comienza a crecer. Dios espera que llegue a convertirse en una sociedad y una humanidad que viva permanentemente en la hermandad, la justicia, el bien común, la paz, la armonía, la atención a los empobrecidos.

Jesús también habló de una semilla de mostaza, una de las más pequeñitas. Al final crece, al grado de que los pájaros hacen sus nidos en sus ramas. Así tienen que ser acogidas y protegidas las personas que sufren por la pobreza, las enfermedades, las guerras, las migraciones, los abusos. Cuando esto sucede, ahí se está anunciando y haciendo presente el Reino de Dios, aunque sea de parte de una o dos personas al servicio de una o dos.

A nosotros como parroquia nos hace falta trabajar más en lo pequeño para vivir la misión de anunciar y hacer presente el Reino. En la Diócesis tenemos el proyecto de trabajar en comunidades pequeñas, en los barrios y ranchos, con los pobres y los jóvenes, para colaborar al crecimiento del Reino. Tenemos que optar también por lo pequeño, como Dios y como Jesús, para abrirnos a la vida del Reino que está latente en lo insignificante.

13 de junio de 2021

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