Homilía para el domingo de Ramos 2020

Pasión de los sufrientes, Pasión de Jesús
Jesús entró a Jerusalén, aclamado como rey por el pueblo empobrecido, y salió de Jerusalén como un malhechor. Fue recibido con vivas a la entrada de la ciudad por la multitud de pobres, por ser el Hijo de David y el que venía en nombre del Señor; fue proclamado profeta por ellos. Fue sacado de la ciudad por las autoridades religiosas, sumos sacerdotes y ancianos, burlado, humillado, escarnecido, torturado, condenado a muerte y cargado con la cruz, como rey de los judíos.

Pasión de los sufrientes, Pasión de Jesús

Textos: Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Mt 26, 14-27, 66

Jesús entró a Jerusalén, aclamado como rey por el pueblo empobrecido, y salió de Jerusalén como un malhechor. Fue recibido con vivas a la entrada de la ciudad por la multitud de pobres, por ser el Hijo de David y el que venía en nombre del Señor; fue proclamado profeta por ellos. Fue sacado de la ciudad por las autoridades religiosas, sumos sacerdotes y ancianos, burlado, humillado, escarnecido, torturado, condenado a muerte y cargado con la cruz, como rey de los judíos.

Este año nos está tocando vivir la Semana Santa en el ambiente de contingencia por la pandemia del Coronavirus. Jesús sigue padeciendo hoy en el sufrimiento de las personas infectadas por la enfermedad, continúa cargando en su cruz la entrega y la angustia de las personas, familias, trabajadores sanitarios, que están ayudando a los enfermos a sobrellevar su situación. Jesús toma sobre sí los temores, la zozobra, el sinsentido, la desesperanza de pueblos enteros, que no saben qué hacer ante el golpe de la epidemia, para devolver la esperanza, sobre todo con su Resurrección. Así que con esta celebración dominical nos unimos a Él en su Pasión, Muerte y Resurrección redentoras.

No fue fácil la experiencia de la Cruz para Jesús, a pesar de que varias veces había invitado a sus discípulos a renunciar a sí mismos, a cargar su propia cruz y seguirlo. Tampoco es fácil para las personas enfermas cargar con su enfermedad. En este relato de la Pasión que nos ofrece san Mateo, Jesús pasó la cena de Pascua con angustia porque sabía que uno de sus amigos lo iba a entregar, porque otro lo iba a negar y porque todos lo iban a abandonar. Fue una cena con sabor amargo, casi sin ganas de cenar, a pesar de ser la más festiva y más importante del año para los judíos, la cena de la Pascua. Se dio en el pan, su cuerpo entregado, y en el vino, su sangre derramada. ¿Quién puede cenar a gusto sabiendo que lo van a matar y, además, que todos los suyos lo van a abandonar?

En el huerto se le acrecentaron la tristeza y la angustia; una tristeza mortal, como les dijo a sus discípulos; una angustia semejante, e incluso más fuerte, que la que se vive ante las enfermedades y la posibilidad de la muerte. Pero, por encima de la tristeza, se fue fortaleciendo dentro de Él la confianza en su Padre Dios. No quería morir, como nadie quiere morir. Preveía un cáliz amargo, agrio; sin embargo, estaba decidido a beberlo con tal de cumplir la voluntad de su Padre. Es lo que resalta san Pablo, al decir que humillado a sí mismo, por obediencia aceptó hasta la muerte; y no una muerte cualquiera, sino la de la cruz, aquella a la que eran condenados los peores malhechores.

Después siguió la tortura, tanto física como psicológica. Lo desnudaron, lo golpearon, lo insultaron, lo coronaron con espinas, lo golpearon en la cabeza, lo azotaron, lo llevaron ante el tribunal religioso y ante el procurador Pilato, le hicieron falsas acusaciones, lo catalogaron al mismo nivel de un asesino, lo condenaron a muerte, lo cargaron con la cruz, lo crucificaron, le dieron a beber vino con hiel. Padeció solo, abandonado por sus discípulos, pero no por su Padre, a quien clamó totalmente confiado. En Él se realizó lo que Isaías y el salmista describen del siervo sufriente.

Hoy nos unimos a su Pasión, muerte y sepultura. Como pobres, con los ramos y palmas lo aclamamos como nuestro rey y le pedimos que se quede en nuestra casa y nuestra comunidad parroquial, en la vivencia del encierro preventivo. Con esta celebración, también renovamos nuestro compromiso de seguirlo en su camino hacia la cruz. No lo traicionemos, ni lo neguemos, ni lo abandonemos, ante las situaciones de enfermedad y sufrimiento por las que pasan muchos hermanos y hermanas en nuestra comunidad; más bien, acompañémoslo ahí, donde continúa su Pasión redentora. Renovemos nuestra fe en la vida nueva que nos trae con su Resurrección.

5 de abril de 2020

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