Homilía para el domingo de Pentecostés

A los cincuenta días de su Resurrección, Jesús cumplió su promesa de enviar, junto con el Padre, el Espíritu Santo sobre sus discípulos y discípulas para que salieran por todo el mundo a proclamar la Buena Nueva y comenzaran a ser sus testigos hasta llegar a los últimos rincones de la tierra.

El Espíritu nos anima para la misión

Textos: Hch 2,1-11; 1Cor 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23

A los cincuenta días de su Resurrección, Jesús cumplió su promesa de enviar, junto con el Padre, el Espíritu Santo sobre sus discípulos y discípulas para que salieran por todo el mundo a proclamar la Buena Nueva y comenzaran a ser sus testigos hasta llegar a los últimos rincones de la tierra. Hoy celebramos este acontecimiento que llamamos Pentecostés.

El Espíritu Santo anima a quienes lo reciben. Animado es lo que tiene alma. El alma da vida, sostiene la vida, impulsa a la acción. Cualquier viviente, sea planta, animal o persona, tiene vida porque tiene alma; y lo que hace el alma en el cuerpo, es lo que realiza el Espíritu de Jesús en quienes lo reciben personalmente y en la comunidad: vivifica, mueve, impulsa, cura, regenera. Por eso se le reconoce como el alma de los misioneros, el alma de la Iglesia.

Los primeros discípulos de Jesús recibieron el Espíritu el día de Pentecostés, como narra el autor de Hechos de los Apóstoles. Pentecostés era la fiesta judía de las cosechas, por lo que en Jerusalén había gentes de muchos lugares. Ellos fueron los primeros en recibir el testimonio sobre Jesús de parte de los discípulos, animados por el Espíritu que recién los había llenado de su fuerza, de su vitalidad, de su fuego. Lo interesante era que todos, aunque hablaban diferentes idiomas, entendían el mensaje sobre Jesús, muerto en la cruz y resucitado por el Padre. El Espíritu hizo realidad la promesa de Jesús a sus discípulos, de que, revestidos de la fuerza de lo alto, serían sus testigos comenzando por Jerusalén.

Era el mismo Espíritu que Jesús les había comunicado la noche del día en que resucitó, para que fueran a la misión. Los envió, así como Él había sido enviado por el Padre, y soplando sobre ellos les dijo que recibieran el Espíritu Santo para que hicieran lo mismo que él iba realizando: dar vida, perdonar, servir, transmitir la paz, entregar la propia vida.

Es el mismo Espíritu que en las primeras comunidades cristianas y en las comunidades de todo el mundo, anima a las comunidades para que, desde lo interno de su propia vida e iluminadas por el Evangelio, nazcan ministerios para el anuncio del Evangelio, para responder a las necesidades de la comunidad, para construir la comunión, para trabajar por el bien común, para sostener la vida comunitaria, como testimonia la primera carta a los Corintios.

Es exactamente el mismo Espíritu que vino sobre nosotros en el Bautismo, por lo que quedamos convertidos en templos del Espíritu del Señor. Pero, con nosotros sucede hoy que impedimos su acción en nuestra vida y en la vida de la comunidad, a pesar de que en la Confirmación nos comprometimos a vivir de acuerdo a la acción del Espíritu Santo y a pesar de que Él quiere animarnos. Esto sucede cuando no nos dejamos conducir por Él, cuando decidimos no colaborar en el anuncio del Evangelio, cuando nos resistimos a trabajar por vivir como comunidad en el barrio, cuando no queremos perdonar, cuando ponemos pretextos para asumir un servicio o ministerio, cuando no aportamos para el bien común en la sociedad, cuando nos desentendemos de la armonía de la Casa común.

Demos gracias a Dios por el don de su Espíritu. Pidámosle que estemos siempre abiertos a su acción, para ser testigos de Jesús y para que el Evangelio llegue a todos los rincones.

23 de mayo de 2021

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