Homilía para el 2º domingo de Pascua 2020

El Resucitado nos impulsa a ser sus testigos
Los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos, después de lo que había pasado con Jesús tres días antes: había muerto en la cruz y lo habían sepultado. Nosotros estamos encerrados ­­–se supone–, como prevención ante la epidemia del Coronavirus, por eso estamos viviendo esta celebración dominical unidos a través de la red. En ambas situaciones, Jesús resucitado se hace presente para comunicar su paz, devolver la alegría, la esperanza y la razón de seguirlo en su camino.

El Resucitado nos impulsa a ser sus testigos

Textos: Hch 2, 42-47; 1 Pe 1, 3-9; Jn 20, 19-31

Los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos, después de lo que había pasado con Jesús tres días antes: había muerto en la cruz y lo habían sepultado. Nosotros estamos encerrados ­­–se supone–, como prevención ante la epidemia del Coronavirus, por eso estamos viviendo esta celebración dominical unidos a través de la red. En ambas situaciones, Jesús resucitado se hace presente para comunicar su paz, devolver la alegría, la esperanza y la razón de seguirlo en su camino.

Era lógico que estuvieran encerrados los discípulos de Jesús. Tenían miedo a las burlas porque su Maestro, en quien tenían sus esperanzas y el sentido de su experiencia, estaba sepultado; como que todo se hubiera terminado con su muerte y sepultura. Además, traían toda la tristeza y el pesar por la muerte del amigo, a pesar de que las mujeres les habían comunicado la noticia de su Resurrección y de que traían el dato de que se le había aparecido a Simón. Con la llegada de Jesús a la comunidad, cambió la vida de sus discípulos. Se alegraron al verlo, se convencieron de su Resurrección al tocar sus llagas, se llenaron de paz al escucharlo. Sí era cierto que había resucitado. Esta es la consecuencia de vivir el encuentro con el Resucitado. Enseguida comenzaron a compartir su experiencia, su convicción, se fe. Al primero que le platicaron fue a Tomás, aunque no les creyó.

Es lógico que nosotros estemos encerrados, como medida de prevención ante la presencia del Covid-19; aunque muchas personas no lo hacen, sea porque no tienen conciencia de la pandemia, sea porque crean que es una mentira, sea porque tienen que trabajar para llevar diariamente el pan a su casa. El hecho de que estemos celebrando la Eucaristía de esta manera, poquitas personas en el templo parroquial y muchas en su casa como familia, es parte de las medidas preventivas para evitar el contagio, hasta donde sea posible y en lo que esté a nuestra responsabilidad. En esta experiencia de estar dispersos físicamente, pero unidos espiritualmente, el Resucitado se hace presente como cada domingo, para llenarnos de su paz, mantener la alegría de ser sus discípulos, alimentar nuestra esperanza, fortalecer la comunión entre Jesús y quienes vivimos en esta comunidad. También tenemos que compartir esta experiencia de encuentro con Él, aunque no nos crean.

Días, meses y años después de esto que nos narra san Juan, las primeras comunidades, asistidas por el Espíritu Santo que Jesús comunicó aquella tarde de su Resurrección y que descendió sobre la comunidad el día de Pentecostés, daban testimonio del Resucitado, como escuchamos en el texto de Hechos de los Apóstoles. Se reunían en sus casas para escuchar a los apóstoles, para compartir el pan, para orar, para que nadie pasara necesidad; todo lo tenían en común, se distribuía según las necesidades de cada familia. Todo lo hacían alimentados por la fracción del Pan y las oraciones.

Con la situación que vivimos por la pandemia del Covid-19, tenemos la oportunidad de fortalecer la experiencia de comunidad, de vivir como Iglesia en las casas, de ser Iglesia testimonial por el encuentro familiar y la solidaridad, alimentados por la oración en familia y la Eucaristía dominical, aunque sea celebrada a través de la red. Tenemos una coyuntura apropiada para hacer que nuestra vida de Iglesia se parezca cada vez más a la de los primeros cristianos y hay que aprovecharla.

Repensemos y valoremos los encuentros semanales con Jesús resucitado. Hagamos que sean parte de nuestra vida ordinaria. Demos testimonio comunitario de nuestro encuentro con Jesús. Transmitamos la paz que Él nos deja, atendamos su Palabra que nos ilumina, toquemos sus llagas sufrientes de la comunidad –los pobres–para vivir la solidaridad. No esperemos a que nos lleguen casos de Coronavirus; ya tenemos muchas situaciones de sufrimiento para ser testigos suyos.

19 de abril de 2020

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