Homilía para el 26º domingo ordinario 2021

El Espíritu del Señor trabaja para que todos los miembros del pueblo de Dios y en todos los pueblos haya quienes colaboren a la construcción del Reino de Dios.

Trabajar con otros en la construcción del Reino

Textos: Nm 11, 25-29; St 5, 1-6; Mc 9, 38-43. 45. 47-48

Por lo que escuchamos en estos textos bíblicos, que nos preparan para recibir a Jesús en la Comunión, el Espíritu del Señor trabaja para que todos los miembros del pueblo de Dios y en todos los pueblos haya quienes colaboren a la construcción del Reino de Dios. Esto nos tiene que cuestionar, porque nosotros lo recibimos en el Bautismo y en la Confirmación se nos confirmó su presencia y su acción, y muy pocos asumen un servicio a favor del Reino.

Ante la noticia de que Eldad y Medad, dos ancianos que no habían estado en la asamblea con los setenta, estaban profetizando, es decir, hablando en nombre de Dios, Moisés dijo que no tenía por qué ponerse celoso, pues eso era acción del Espíritu del Señor. Además, expresó su deseo de que todos los miembros del pueblo de Dios también profetizaran, impulsados por el mismo Espíritu. Algo parecido le sucedió a Jesús con los Doce: Juan, gustoso, le comentó que a otra persona que no era del grupo le habían prohibido expulsar demonios en su nombre. Ellos sí se pusieron celosos porque sentían que alguien les estaba quitando su lugar. Jesús les llamó la atención y les dijo que no debieron hacerlo, porque, aunque no fuera alguien del grupo, estaba sumando y no restando a la vida del Reino de Dios. No era posible que primero hiciera algo en nombre de Jesús y para bien de otras personas, y luego se pusiera a hablar mal de Él, a desacreditar su servicio a favor del Reino.

Esto mismo nos sucede a lo interno de la Iglesia, en la vida de la parroquia y en la dinámica de la Iglesia los barrios y ranchos. Si nos fijamos bien, quienes tenemos algún servicio o ministerio —sacerdotes, catequistas, ministros de la Comunión, coordinadores, etc.—, frecuentemente expresamos nuestros celos porque otra u otras personas, también ungidas por el Espíritu Santo en el Bautismo, se ofrecen a dar un servicio o comienzan a ayudar en la comunidad. Y esto lo expresamos con nuestras actitudes de desprecio, de echarles malo, de hacerlos ver mal, de buscar el modo de que no nos quiten el lugar. Lo mismo sucede en los lugares de trabajo, que también son espacios para la construcción del Reino. Y es que nos sentimos los buenos, los únicos, los elegidos, los idóneos para tal o cual ministerio.

O como Iglesia, en relación a las personas de otras religiones o que se confiesan ateas o no creyentes, nos ubicamos como los buenos, los poseedores de la verdad, los que tenemos el mejor camino para ir a Dios y nos cerramos a la acción que realiza el Espíritu desde otras religiones, otros pueblos, otras culturas, otras personas, otras organizaciones.

Con sus respuestas, Moisés y Jesús nos ayudan a tomar conciencia de que, si alguien se decide a servir a la comunidad, aunque no sea de nuestro grupo, es porque está dejando que el Espíritu Santo actúe en él o ella y se deja conducir por su fuerza. No tenemos por qué ponernos celosos o buscar el modo de eliminarlos del servicio —ni Moisés ni Jesús lo hicieron—; al contrario, ojalá que todos los bautizados tuvieran un servicio para el bien de la comunidad, para la construcción de la Sociedad civil, para el cuidado de la Casa común.

Dispongámonos a recibir sacramentalmente a Jesús para mantenernos en comunión con Él en la apertura al Espíritu Santo y en los trabajos al servicio del Reino de Dios.

26 de septiembre de 2021

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