Homilía para el 12º domingo ordinario 2021

Tanto en la vida ordinaria como en la misión hay dificultades, adversidades, conflictos. No hay que asustarnos. Son oportunidades para crecer en la fortaleza humana, en la fe y confianza en Dios, en la vida comunitaria, en la solidaridad.

Confiar en el Señor en las adversidades

Textos: Jb 38,1.8-11; 2Cor 5,14-17; Mc 4,35-41

Tanto en la vida ordinaria como en la misión hay dificultades, adversidades, conflictos. No hay que asustarnos. Son oportunidades para crecer en la fortaleza humana, en la fe y confianza en Dios, en la vida comunitaria, en la solidaridad. Cuando son asumidas, las crisis y dificultades ayudan a las personas, a las familias, a las comunidades y a la sociedad civil a crecer y madurar. Jesús y sus discípulos, que andaban de un lado para otro en la misión, varias veces se encontraron en problemas, como nos narra hoy san Marcos.

El 20 de marzo del año pasado, cuando se comenzaba a expandir rápidamente la pandemia de Covid-19, en un momento de oración en la Plaza San Pedro, en Roma, el Papa Francisco hizo una reflexión a partir del texto de hoy. Recordar algo de esta reflexión nos puede ayudar en nuestra preparación para recibir sacramentalmente a Jesús y para salir fortalecidos de esta Eucaristía dominical a continuar la misión en nuestra comunidad.

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, [con la pandemia] nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tienen miedo? ¿Aún no tienen fe?» (v. 40).

El reproche de Jesús fue por la falta de fe, expresada en el momento del aprieto. Esa misma pregunta es para nosotros hoy. Cada ocho días confesamos que creemos en Jesús, pero muchas veces nuestros hechos y actitudes expresan que realmente no la tenemos. Cuando se tiene fe, se confía no en sí mismos ni en los recursos o proyectos humanos que se poseen, sino en la asistencia del Señor. De hecho, los discípulos recurrieron a Jesús para pedirle su ayuda, para que los librara de la fuerza del viento y de las olas, para que el mal y la muerte, simbolizados en el mar encrespado, no acabaran con ellos.

Pidamos al Señor que no nos deje caer en la tentación de desconfiar de Él en las adversidades de la vida y de la misión; que, más bien, las aprovechemos para salir de ellas juntos.

20 de junio de 2021

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