Homilía para el Viernes Santo 2022

Escuchar los gritos y clamores de los sufrientes

Textos: Is 52, 13-53, 12; Hb 4, 14-16; 5, 7-9; Jn 18, 1-19, 42

¿Dónde está Dios? Es la pregunta que se ha planteado muchas veces, sobre todo en situaciones deshumanizantes, como en los campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial; en las guerras, como está sucediendo en Ucrania en estos meses; en las situaciones de abuso en contra de niños, niñas y adolescentes; en las desapariciones, tortura y asesinatos de personas como ha estado pasando en nuestro País desde hace años; en la experiencia de los migrantes, obligados a dejar sus lugares de origen por la pobreza, la violencia o la guerra; en las situaciones de enfermedad, sobre todo las se van acabando a las personas. Fue la pregunta de Jesús en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Dios está allí, sufriendo con el desaparecido, el enfermo, el torturado, el migrante, el niño abusado, la víctima de la guerra, con su Hijo crucificado. Como escribió Bonhoeffer, un teólogo protestante asesinado en un campo de concentración nazi: “Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo […]. Dios es impotente y débil en el mundo, y solo así Dios está con nosotros y nos ayuda” […]. Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y sus sufrimientos”. Es lo que escuchamos del autor de la Carta a los Hebreos: “Él mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros, excepto el pecado” y por eso es el “sumo sacerdote capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos”. Esta presencia suya en la experiencia de los sufrientes es lo que recordamos y agradecemos hoy a Dios.

Como dijo esta mañana durante el Viacrucis una señora que nada sabe de sus hijos desde hace diez años: “Nosotros estamos con Dios; Dios está con nosotros y nos fortalece”. Dios escucha a sus hijos e hijas y les responde desde dentro, desde el sufrimiento, como lo expresa de Cristo el mismo texto bíblico: “ofreció oraciones y súplicas, con poderoso clamor y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte, y fue escuchado por su piedad”.

Escuchemos, como Dios, los gritos y clamores de los sufrientes de nuestras comunidades, para consolar, confortar, solidarizarnos con ellos y alimentarles la esperanza de una vida nueva. Renovemos este compromiso bautismal con el signo de la adoración de la cruz.

15 de abril de 2022

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