El ominoso día

Por Rosa Eugenia García Gómez

El 7 de junio pasado se cumplió un año más desde que en México, en 1951, se instituyó el Día de la libertad de prensa, esa fecha en que durante la dictadura priísta, año tras año, los dueños de los medios celebraban el día con banquetes para halagar a la fuente oficial por excelencia: la presidencia de la República.

Es por eso que me cae mal la efeméride, porque lo que se recuerda es una viciada relación prensa-gobierno, bajo el pretexto de afianzar el cumplimiento de los artículos 6° y 7° constitucionales y que se convirtió en una pasarela de besamanos, en la que los dueños de los medios le rendían pleitesía al ocupante de la silla presidencial.

Rafael Rodríguez Castañeda escribió un libro con capítulos de cada uno de los periodos presidenciales desde Miguel Alemán hasta Salinas de Gortari, pasando por Ruiz Cortines, López Mateos, Díaz Ordaz, Echeverría Álvarez y De la Madrid Hurtado.

La constante es patética: discursos de ejercicio de auto legitimación de los titulares del ejecutivo nacional; la evidente dependencia económica de los grandes conglomerados mediáticos de las diferentes épocas, de la publicidad oficial; una prensa recurrente en la autocensura para no ofender a la gran fuente presidencial; y lo peligrosamente paralelo al discurso mañanero que hoy nos recetan: la narrativa de que la libertad de prensa se ha ejercer con responsabilidad patriótica.  Como si disentir con el presidente fuera traicionar a México.

La historia es esclarecedora y cruel a los ojos de quienes estamos asentados en el futuro de aquellos escenarios ahora ya pasados. Leer los discursos de Díaz Ordaz acerca de la conquista de la libertad de prensa como un derecho de todos los mexicanos; el elogio de Alemán Valdez por el compromiso cumplido de la prensa mexicana de reflejar el progreso del país en diferentes aspectos, o que en 1954 se inauguró una nueva planta de PIPSA (la paraestatal productora-controladora de papel para los medios impresos), en el marco del susodicho 7 de junio, simplemente revuelve las vísceras y le da cierta razón al siempre sarcástico, pero no por ello desacertado Rius al referirse que en el periodo alemanista: “hay libertad absoluta para publicar todo… lo que desea el gobierno”.

Por eso cuando el 3 de junio López Obrador dijo que le daba pena ajena el reporte periodístico de Carmen Aristegui, quien desde su medio ha disentido del discurso oficial y mostrado, siguiendo investigaciones de medios internacionales como El País y otros nacionales, la inacción del gobierno actual en contra de Peña Nieto por las evidentes muestras de enriquecimiento ilícito, con la interpretación de un acuerdo de no agresión… lo que da pena ajena es escuchar a un presidente actual, argumentando que no es como los anteriores y que le agradece a su antecesor que no se haya metido en el proceso electoral de la sucesión presidencial de 2018.

Como si ése no fuera el deber de cada presidente. Con guiños a la narrativa del pasado y ofensivas declaraciones en contra de la prensa crítica y combativa, por no cumplir con el discurso presidencial de alinearse a lo que se ha construido –acomodaticiamente para los ostentadores de poder-, como lo que debe ser la libertad de prensa: supeditada a lo que el presidente dice es la responsabilidad por la Patria.

 

Rosa Eugenia García Gómez

 

 

 

 

 

 

Coordinadora de la Licenciatura de Periodismo en el Centro Universitario del Sur de la Universidad de Guadalajara.

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