Zapotlán, la ciudad incierta

Antes la tierra era de nosotros los Naturales. Ahora es de las gentes de razón. La cosa viene de lejos. Desde que los de la Santa Inquisición se llevaron de aquí a don Francisco de Saavedra, porque puso su iglesia aparte en la Cofradía del Rosario y dijo que no les quitaran la tierra a los tlayacanques. Unos dicen que lo quemaron. Otros que nomás lo vistieron de Judas y le dieron azotes. Sea por Dios. Lo cierto es que la tierra ya no es de nosotros y allá cada y cuando nos acordamos. Sacamos los papeles antiguos y seguimos dale y dale. ‘Señor Oidor, Señor Gobernador del Estado, Señor Obispo, Señor Capitán General, Señor Virrey de la Nueva España, Señor Presidente de la República… soy Juan Tepano, el más viejo de los tlayacanques, para servir a usted: nos lo quitaron todo…

Así plantea Juan José Arreola el inicio de La Feria, libro en el que las múltiples voces de Zapotlán El Grande describen y explican esta tierra. Y aunque fue escrito en 1963, las dudas, los dichos, las suposiciones y las ideas que ahí se asoman, caminan vivas por las calles de Ciudad Guzmán.

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A unos días de celebrar el 480 aniversario de la fundación hispánica de Zapotlán El Grande, que hoy cuenta con una población de 100 mil 534 habitantes, Vicente Preciado Zacarías, odontólogo de profesión y profesor en el Centro Universitario del Sur (CUSur), afirma que éste es un pueblo “mágico” porque todo lo eleva a un rango de misterio.

Pero también es un pueblo: “conservador, tradicionalista, religioso, amurallado, que vive al filo del temor y el espanto, del tremor y el pavor”. Por eso afirma Preciado: “es un pueblo sociable que busca la fiesta y el compadrazgo como medidas para afrontar su inestabilidad. De aquí se entiende, en gran parte, su religiosidad; ante la contingencia busca la protección y ayuda de Dios”.

La memoria de Preciado Zacarías, considerado por las autoridades municipales como “Hijo Ilustre” de Zapotlán, regresa sobre sus pasos y recuerda que hasta mediados del siglo pasado el sueño mayor del zapotlense era ser Mayordomo de la fiesta patronal porque significaba que tenía la dicha de que los dioses venían a visitarlo y eso implicaba ser el centro de atención del pueblo: “por eso, lo que importaba era quedar bien, sin importar los gastos y esfuerzos que implicara organizar la fiesta del santo patrono (…) además, el sueño de todo zapotlense era ser un hombre rico, dueño de animales y terrenos. Ser dueños de la tierra era el sueño a realizar”.

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Pero después de la segunda guerra mundial, en la segunda parte del siglo XX cambió la perspectiva de la gente de esta tierra y el anhelo ya no es ser dueño de ella, sino irse de aquí, prosperar en otro sitio y volver para demostrarlo. “Se busca hacer realidad el sueño americano. El héroe era quien lograba trabajar en los Estados Unidos. El mojado se sentía un Ulises que buscaba conquistar Troya. Es en este tiempo donde el campo mexicano inició una crisis y las políticas gubernamentales, obedeciendo al plan propuesto por Estados Unidos, provocaron el abandono del campo; la agricultura poco a poco se orientó al negocio y descuidó la alimentación del pueblo”.

Las consecuencias de este abandono de la tierra y lo que ella produce siguen a la vista y en opinión del maestro Isidoro Jiménez Camberos, ensayista y experto en la tradición de los danzantes, desde entonces comenzaron a aplicarse las políticas neoliberales que buscan la privatización de los recursos, bienes e instituciones, lo que propició una creciente situación de pobreza en el pueblo. “Además, en 1985 llegó el sismo (19 de septiembre) y se aglutinaron las angustias. La gente volvió su mirada hacia los demás, surgió el trabajo de base y la autoconstrucción. Surgieron procesos de organización que abrieron nuevas perspectivas, pero pocos continuaron con ellos. Zapotlán se convirtió en una ciudad ‘terciaria’, prestadora de servicios y de venta de bienes. La industria y la agricultura no se han desarrollado. Se ha cambiado el uso del suelo, no se siembra para comer sino para vender y exportar al extranjero. Tenemos una agricultura intensiva de invernaderos y a cielo abierto que mantiene a la gente ocupada, pero con salarios bajos y sin prestaciones sociales. Como dice el dicho: Sale lo comido por lo servido”.

Oficios que se diluyen

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Las modificaciones en la vida de este territorio afectan concretamente a quienes lo habitan, y si bien lo que señala Isidro Jiménez sobre el cambio de modelo de producción para convertir a Ciudad Guzmán en una ciudad de servicios es la parte más visible de este problema, hay otra que subyace casi en silencio: la desaparición paulatina de oficios que aparentemente ya no son necesarios.

Son casi las once de la mañana de un martes lluvioso y en el taller de talabartería de Gabriel Rafael Bautista hay tres personas trabajando, pero en sus manos no toma forma un cinturón, una silla de montar, un bolso o una billetera. Los tres arman diversos modelos de chanclas tejidas que al terminar se irán a una comercializadora en Colima, para después distribuirse en varias ciudades del país y, con suerte, en algunas del extranjero.

Gabriel tiene 50 años siendo talabartero, casi los mismos que indican su edad porque nació en un taller de talabartería, o al menos así lo dice él; aprendió de su padre, que a su vez aprendió de su abuelo: “Antes se hacían mucho las bolsas cinceladas y el cinturón que se mandaban a la frontera, pero el oficio ha decaído mucho porque antes los padres traían a los hijos a que se enseñara, pero ahora dicen que todo se enseña en la escuela. Se ha perdido la tradición de aprender un oficio”.

En su opinión, la llegada de productos chinos que se fabrican principalmente de materiales sintéticos para abaratar costos, es otro de los motivos por los que el oficio del talabartero está en agonía. “Tenemos que buscar cómo competir con ellos, haciendo cosas similares a las que ellos hacen pero de mejor calidad. Actualmente combinamos la piel y lo sintético para que los productos sean menos durables pero más baratos. Por ejemplo, ahora está de moda el huarache, que nosotros hacemos a mano y estamos creando mercado con una comercializadora en Colima. En mi taller estoy enseñando a la gente a tejer este tipo de huarache para que tenga una fuente de empleo y poder satisfacer la demanda de lo que se nos pide”.

Y precisamente fue la ley de la oferta y la demanda lo que, desde su perspectiva, comenzó con la debacle de este trabajo: “la talabartería fracasó aquí porque nunca aprendimos a hacer cosas en serie. Actualmente sólo quedarán unos cinco o seis talleres en Ciudad Guzmán, aunque aún hay varias personas que se dedican al oficio, pero su volumen de producción es mínimo. Antes había al menos unos 100 talleres, pero todos casi hacíamos lo mismo. Y venía gente desde la frontera a comprar lo que hacíamos, pero por intentar quitarnos la clientela entre nosotros, bajábamos los costos hasta que se hizo imposible competir y eso también influyó en que esto se viniera abajo. En lugar de organizarnos para poder producir más, lo hicimos al revés y ahora hasta hay que mandar el producto a la frontera”.

La organización, según él es la clave para renovarse y poder generar una especie de cooperativa que evite que los talabarteros se dediquen a otras cosas, como vender pollo o productos de limpieza. “No hemos podido organizarnos para crear una cooperativa o una comercializadora. Una vez hicimos una cooperativa, pero fracasamos porque todos queríamos ser presidente o tesorero. Pero debemos organizarnos bien, que cada quien haga una cosa, porque ahorita no es posible que una sola persona fabrique, venda y vaya a llevarlo a otro lado. Aquí se fabrican el cinturón fino y la billetera fina que se vende en casi todo el país y mucha gente de Guzmán ni sabe. A veces van a Guadalajara y compran un cinturón que se fabricó aquí. Tenemos que buscar alternativas, innovar en maquinaria y materiales para poder sobrevivir. Para que la gente compre lo que se hace aquí debemos promocionarlo aquí mismo. La talabartería debe volver a su raíz, el talabartero debe saber hacer todo, desde una silla de montar hasta un cinturón, no especializarse en una sola cosa y abrirse a las ideas de otros lados”.

Francisco Gómez tiene 52 años y es heredero del conocimiento para hacer velas que han dejado cuatro generaciones en su familia; sin embargo es lacónico cuando se le pregunta si después de él, alguien más continuará con el oficio: “yo creo que en mi familia esto se acaba conmigo”. Aprendió a preparar la cera y hacer las hebras del pabilo desde los seis años, cuando las velas que se utilizaban para el culto eran buen negocio y podían dejar ganancias de entre 60 y 70 por ciento respecto a lo que se invertía.

Mientras hacía 40 velas una por una entre dos piezas de madera para “aplanarlas”, recordó que con la entrada del Tratado de Libre Comercio llegó el primer golpe para quienes se dedican a este oficio: “en 1989 se empezó a exportar la cera a Europa y hasta ese momento nunca costó más que la miel. Después, para conseguirla aquí teníamos que pagarla en dólares y al mismo precio que se pagaba en otros países. Esa fue una de las causas principales para que cada vez menos personas se dediquen a esto, porque a pesar de que somos uno de los países más conservadores y que siguen las tradiciones religiosas, las velas no son artículo de primera necesidad”.

Dejó un momento el cigarro sostenido sólo con los labios, se limpió el sudor y de la vela que está colgando en un trozo de metal emana un pensamiento: “la vela significa el alma y el cuerpo de Cristo; el alma es el pabilo, donde se enciende la llama, el cuerpo es la cera. Pero ahora en las peregrinaciones ya casi no hay velas de cera… de parafina no se diga, hay muchas, pero es porque hay gente que ha optado por revolver la parafina con baba de nopal y ponerle un poco de cera para que dé el olor, pero no es lo mismo”.

Cuando retomó el ritmo de trabajo volvió a entramar el hilo de su discurso y afirmó que en estos últimos 10 años ha sido muy marcada la caída de las ventas; lo atribuye a que las nuevas generaciones ya no conservan las tradiciones, y menos en ciudades como Zapotlán. “Desde el temblor de 1985 llegó mucha gente porque hubo oportunidades de comprara terrenos o iniciar negocios. La devastación también trajo mucho trabajo de construcción que duró unos dos o tres años. Yo creo que este oficio más bien tiende a desaparecer y no creo que resurja, y aunque a veces hay apoyos gubernamentales para sostener el trabajo artesanal, muchas veces se otorgan a gente que no tiene necesidad y que más bien son acaparadores. La verdad es que parece que al gobierno no le interesa. Hay muchas familias de artesanos que están presionadas por acaparadores que son los que se aprovechan de los apoyos a la artesanía y esa es otra forma de desmembrar el núcleo familiar que podría mantener vivos estos oficios”.

Las 40 velas están terminadas y Francisco se sitúa ya no como alguien preocupado por el futuro de su fuente de empleo, sino que ahora, metido en los zapatos del zapotlense que mira el presente inmediato, advierte que hay un problema medular: la inseguridad. Ante ella, sugirió, “habría que retomar esa tradición de cuidarnos los unos a los otros, porque además, los policías que hay aquí no alcanzan para cuidar a la gente; hay 120 elementos repartidos en tres turnos y ellos cuidan una población de más de 100 mil habitantes”.

La apuesta gubernamental es la transformación

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), la población en el municipio de Zapotlán el Grande ha incrementado en 13 mil 791 habitantes; es decir, pasó de 86 mil 743 personas en 2000 a 100 mil 534 en 2010. Curiosamente el número de personas mayores de cinco años con primaria terminada ha disminuido, pues mientras que en 2000 había 31 mil 93 personas que con primaria terminada, en 2010 sólo se registraron 29 mil 490.

Una posible explicación a lo anterior es la que tiene Isidoro Jiménez: “Ciudad Guzmán es una ciudad con una alta población flotante y de paso. Esta situación ha traído más perjuicios que beneficios. La mayoría de los estudiantes son de afuera”. ¿Pero, entonces cómo hacer para que Zapotlán el Grande y Ciudad Guzmán no sean sólo un sitio de paso? Para Alfonso Fregoso, encargado de Planeación del municipio desde hace dos administraciones, la respuesta está en lograr un desarrollo económico equilibrado cuyo contrapeso sea la cultura. “Puede pasar algo similar a lo que sucedió en Bilbao, en España, que siendo una ciudad de pescadores y deprimido económicamente, se convirtió en una de las principales ciudades culturales de España; ahí las debilidades se convirtieron en fortalezas, pero eso sucedió porque la gente de ahí fue la que hizo las cosas, y aquí puede suceder si nosotros queremos, si nosotros nos apropiamos de esos proyectos y si realmente esos proyectos se echan a andar”, señaló.

Desde su puesto en el ayuntamiento, Fregoso afirmó que Zapotlán el Grande está ante un parteaguas marcado por su situación geográfica, pues se encuentra entre la Zona Metropolitana de Guadalajara y Colima, Estado que ha encontrado un desarrollo vanguardista “con una visión de progreso acorde a un estado pequeño pero con un gran potencial, y esa situación debemos aprovecharla como municipio”.

La estrategia, plateada en el Plan Municipal de Desarrollo puede sintetizarse en cuatro ejes: salud, educación, generación de empleo y turismo, pero en todos los casos el obstáculo principal es el mismo: la falta de infraestructura. En materia de salud –explica Fregoso– es necesario fortalecer el sistema federal e incentivar las inversiones privadas para solucionar la falta de hospitales de especialidades en la región, lo que provoca que la gente tenga que desplazarse hasta Guadalajara o a Tlajomulco a buscar estos servicios.

Para generar empleo se pretende crear en la ciudad un Puerto Seco para que sirva como punto estratégico de tránsito de mercancía, impulsar el parque del software que se echó a andar en 2008 con inversión estatal en el Parque Industrial Zapotlán 2000, y recuperar la industria pecuaria y agrícola creando un centro de investigación tecnológica para la mejora de semillas. “Buscamos generar un equilibrio financiero que le dé a la ciudad sostenibilidad en el largo y el mediano plazo.

Y el área turística es otra potencialidad porque geográficamente tenemos varias ventajas: estamos a dos horas del principal puerto mexicano del pacífico, que es Manzanillo; tenemos un lago natural que es un sitio Ramsar y ha permitido que el buen clima de Ciudad Guzmán se conserve; tenemos a unos minutos del parque nacional del Volcán de Colima. Estamos tratando de generar desarrollos urbanísticos que puedan interesarle a los norteamericanos retirados y generar ingresos como los que tienen Ajijic o Chapala. Además incentivar el turismo a través de nuestras fiestas locales, como la patronal que se celebra el 23 de octubre, o el festival de la ciudad para conmemorar la fundación hispánica de la ciudad”, señaló en entrevista.

En su opinión, el municipio ya se ha definido, de alguna manera, como un proveedor de bienes y servicios de la región, por lo que se debe apostar por incentivar esa ruta, “pero siempre cuidando y fortaleciendo nuestra identidad para no convertirnos solamente en una zona de paso o un staff”.

El funcionario agregó: “Debemos capitalizar el conocimiento de nuestra cultura, hay varios personajes ilustres que nacieron aquí, como José Rolón, que fue el fundador de la Filarmónica de Jalisco y sentó las bases de la música sinfónica mexicana. También Consuelo Velázquez, autora de la famosa canción Bésame Mucho, nació aquí. Están también Juan José Arreola y Rubén Fuentes, compositor de otras famosas canciones, como Cien años y La bikina. Pero no se trata de sólo remembrar las cuestiones históricas, sino también impulsar y renovar nuestro festival para buscar que tenga un esplendor tan grande como el Cervantino de Guanajuato. Para que la ciudad no se convierta sólo en un lugar de paso, la cultura debe ser el contrapeso, y aunado a eso están las condiciones geográfico-climáticas de la ciudad”.

Afirma Vicente Preciado que la historia de la ciudad está íntimamente ligada a los terremotos, pero éstos no sólo remueven la tierra; hoy parece que Ciudad Guzmán se enfrenta a otro tipo de sacudida, la de su propia historia, la de la construcción de su propio camino, que encuentra derroteros marcados por la tradición y la necesidad de transformarse.

Quizá la clave está en, como de una otra forma lo dicen Gabriel Rafael Bautista, Francisco Gómez y Alfonso Fregoso, que quienes aquí habitan tomen la historia de este lugar en sus manos.

La fiesta de la fundación

El 15 de agosto, día de la Asunción, se conmemora el 480 aniversario de la fundación hispánica de la ciudad y para ello la administración municipal tiene planeado invertir en el remozamiento de la Plaza 5 de mayo, que en 1877 se funda como plaza principal y tiene un área de 19 mil 458 metros cuadrados; los peninsulares lo utilizaban como plaza de armas.

En 1898 en esta plaza se coloca un kiosco afrancesado y en 1906 se genera el espacio ajardinado que aún existe. En 1950 el alcalde Fortino de Los Ángeles decide unir el espacio ajardinado y el que se utilizaba como plaza de armas.

En 1970, Vidal Magaña del Toro retira el kiosco afrancesado y en su lugar coloca una estructura de granito parecida a un sombrero de tres picos. Posteriormente Carlos Páez Stille coloca el actual kiosco, obra de Vicente Quezada Mendiola.

El regreso al origen

Según el documento firmado el 16 de abril de 1697, perteneciente a la Real Audiencia de México, en la Nueva España, el 15 de agosto de 1533 fue fundado este pueblo con el título de Santa María de la Asunción de Zapotlán. El significado etimológico, en lengua náhuatl, es “Lugar en que hay zapotes” o “Lugar de zapotes o de frutas”.

El 19 de abril de 1856, Santos Degollado, gobernador de Jalisco, en atención a los servicios del general Gordiano Guzmán, decreta que Zapotlán el Grande se llame Ciudad Guzmán.

En 1994, siendo gobernador de Jalisco Alberto Cárdenas Jiménez, originario de este pueblo, un grupo de familias acomodadas alentadas por Juan Vizcaíno, cronista de la ciudad, pretendió quitar el nombre de Ciudad Guzmán, argumentando que Gordiano Guzmán fue un bandolero “roba vacas” y que este pueblo no merecía llevar su nombre.

La petición al Congreso fue rechazada por la visión negativa sobre Gordiano Guzmán. Entonces, el maestro Isidoro Jiménez presentó un trabajo de investigación que tituló: Un ilustre desconocido, en el que reivindicaba a Gordiano Guzmán. Al final la decisión fue llamar al municipio Zapotlán El Grande y a la ciudad reconocerla con el nombre de Ciudad Guzmán.

Publicación en Impreso

Edición: 130
Sección: Hagamos Memoria
Autor: Luis Antonio Villalvazo y Raúl Torres

1 pensamiento sobre “Zapotlán, la ciudad incierta

  1. Estimado Pade Toño, deja usted una síntesis histórica dolorosa, porque los dueños prehispánicos de la región, sufrieron el despojo por las «gentes de Razón»,con la aplicación de leyes españolas, luego con la desamortización de la Reforma, alimentaron la codicia de los que serían los hacendados.El fracaso del agrarismo dejó al campesino tradicional, sin posibilidad de llevar un vida digna, no se mantiene, necesita hacer cooperativas, tener conocimientos tecnológicos y hasta capital que dificilmente poserá. . No cabe duda que la planeación económica perjudica más al que menos tiene. Gracias por compartir.

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