Salve cruz bendita, madero sagrado

Nuestro pueblo tiene una gran estima de la cruz y de todo aquello que tiene relación con ella. La fiesta del 3 de mayo lo confirma ampliamente. Es una de las verdades centrales de la religiosidad popular y es fecha importante del calendario religioso. La cruz no es sólo patrimonio del católico religioso popular, sino del cautivo y aun del alejado.

El pueblo usa la cruz de muy variadas formas: al levantarse y al acostarse cuando se persigna; bendice la comida, el dinero de la primera venta, a los hijos que salen; se signa al pasar frente a una iglesia o una imagen y aun para hacerse una limpia; la tiene en la puerta de su vivienda para espantar las malas influencias; pone las cruces al enemigo, a la tormenta; bendice al enfermo, al muerto, y a éste le hacen el “levantacruz” después del novenario; coloca la cruz en las tumbas, en los caminos, en la cima de las montañas, en donde “cayó” el muerto o hubo un accidente, en la cabecera de la cama, en el cuello, en el coche, en las construcciones nuevas, en los atrios, en las torres, y como recuerdo de las misiones populares; la nombra patrona. En algunos lugares se acostumbra poner, en la cima de los montes, los calvarios, conjunto de tres y más cruces. Por lo demás, las reliquias de la Santa Cruz son de gran estima.

Dichos como “cruz, cruz, que se vaya el diablo y venga Jesús”; “te tocó una cruz muy pesada con tu marido”; “no le deseo a nadie mi cruz”; “tengo que aguantar mi cruz”; “anda recogiendo su cruz”; “Crucita le hace honor a su nombre”, frecuentemente se escuchan.

La cruz indígena

¿De dónde nos viene tanta estima por la cruz? A primera vista parecería que es fruto de la primera evangelización; sin embargo, analizando el hecho con más detenimiento, se descubre que los pueblos prehispánicos tenían ya en muy alta estima a un signo idéntico al que hoy se conoce por cruz.

Este signo existía ya en el lenguaje simbólico náhuatl. Aparecía esculpido y pintado en diversas esculturas y códices, como en el tocado del dios del fuego, en forma de quincunce; en códices en que se señalaban los cuatro puntos cardinales, las cuatro regiones del mundo; era el signo con que se representaba al dios de la vida, de donde todo ser viviente procedía, y también al dios de la lluvia. Por eso, este signo era colocado en los montes y campos para pedir la lluvia, y también en los manantiales. Con este mismo signo se señalaba el lugar santo en donde estaban los dioses; ahí se dejaban ofrendas. Algunos afirman que era el símbolo de las cosas nuevas y el espanto de los malos espíritus.

Es de imaginar el impacto causado en los indígenas mesoamericanos, cuando contemplaron el mismo símbolo que por siglos habían venerado, ahora en manos de los conquistadores y misioneros españoles. Sin duda creyeron que era el mismo que ellos tenían. Lo que el español llamaba cruz y el indígena de distintas manera vino a ser, sin pretenderlo, un punto de unión, una sincretización de ambas culturas y creencias.

Bajo este nombre, cruz, sobrevivió y sigue vivo en el pueblo una multitud de usos y significados prehispánicos, mezclados ahora con la teología de la cruz de los siglos XVI y XVII, que poco tomaba en cuenta la resurrección.

Hoy en día se constata que entre más se acerca uno al origen de nuestro pueblo, que es el indio, crece más la estima por la cruz.

Entre los zapotecos, la cruz es considerada como la protectora del hogar. Por eso, cuando construyen sus chozas, colocan a la entrada “cruces policías”, hechas de barro. Ese mismo significado se encuentra en la etnia mazahua. Entre los tzotziles, zapotecos y mixtecos se acostumbra llevar a los enfermos a ciertas cruces milagrosas para ser sanados y para hacer determinados pedimentos. Si la persona logra su curación, hace, en agradecimiento, una fiesta en honor de dicha cruz. Los zinacantecos prefieren ir a los calvarios para ser curados. En muchos pueblos de la República se encuentran cruces en los cerros; son las protectoras del pueblo. La cruz es usada en Michoacán como un símbolo de posesión y, a veces, de conquista de un determinado territorio: cada barrio tiene su cruz, con ella se delimita el territorio y dicho lugar se convierte en centro ceremonial.

Con la cruz y con su señal se exorciza a una persona o a un lugar, se le consagra o se le hace habitable, respectivamente. Por eso, es obligatorio poner cruces  en lugares en donde los muertos y las ánimas andan penando y espantan.

Los tzotziles tienen por costumbre llevar ofrendas a los calvarios. Allí viven los iletik, dioses de los antepasados; bajo la protección de estos dioses ponen las nuevas construcciones y los sitios peligrosos. La cruz, finalmente, separa y marca el paso del mundo profano al religioso: sea una cueva, un monte, un bosque, o un templo.

Significado cristiano de la cruz

La cruz es el “poder de Dios” (1 Cor 1, 18), Jesús al tomar solidariamente la cruz más terrible de esta historia, que es la cruz de ser pobre, transforma al pobre en un poder, en una fuerza de cambio.

Ser pobre en Jesús no es tan sólo un signo del pecado, sino un clamor de liberación. Así lo vivió y lo sintió: nació entre animales (Lc 2, 7); fue refugiado en Egipto (Mt 2, 13), hijo de artesano, albañil-carpintero (Lc 6, 3); no tenía casa (Lc 9, 28 y 57-62); vivía en una zona despreciada (Jn 1, 46), en donde la gente pasaba por inculta (Mc 2, 23; 7, 2). Jesús toma esta cruz del pobre para, desde ahí, tomar conciencia de su profunda realidad de Palabra de Dios encarnada y ser él mismo la respuesta de Dios a esa cruz: la irrupción del Reinado o Reino de Dios. Jesús asume así otra cruz, la cruz del Reino. Sin dejar de ser cruz, es salvación y liberación de la cruz del pecado y de todo lo que éste implica: egoísmo, injusticia, desigualdad, opresión, pobreza, etc. Jesucristo carga esta cruz no sólo en el camino del Calvario, sino todos los días (Lc 9, 23-24); y esto es un orgullo para él (Gal 6, 14), de manera que quien asume esta misma tarea ya no es él, sino es realmente Cristo que vive y actúa en dicha persona (Gál 2, 19-20). Crucificarse en esta cruz es precisamente destruirla, pues esto es el paso necesario al nuevo cielo y a la nueva tierra en la que no hay ya ni lágrimas, ni muerte, ni gemidos, ni dolor, ni penas (Ap 21, 1-5). Sin embargo dicha tarea destructiva es una violencia contra la violencia ejercida secularmente por el mal. De ahí que la muerte cruenta, con transitoria victoria de los poderosos, es parte esencial de esta cruz.

Estos dos aspectos cristianos de la cruz apenas si son vividos por nuestro pueblo. El sentido del indígena de la cruz ha prevalecido más en su vida religiosa diaria; y del sentido cristiano, el aspecto más negativo: el de destrucción y destino que nadie ni nada podrán quitar. El aspecto liberador de la cruz, tanto la de la solidaridad como la del Reino, son dos riquezas aún desconocidas para el pueblo y como tales retan a una nueva evangelización.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 101
Sección de Impreso: De viaje por el sur
Autor: P. Clodomiro Siller

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