Nuestros Obispos nos invitan a ser constructores de la paz

Exhortación Pastoral del Episcopado Mexicano sobre la misión de la Iglesia en la construcción de la paz, para la vida digna del pueblo de México.

“La paz esté con ustedes” (Jn 20,19). Los Obispos de México saludamos a todos los fieles de la Iglesia católica y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Con esta Exhortación Pastoral queremos compartir nuestro discernimiento sobre la misión de la Iglesia en la realidad de inseguridad y violencia que se vive en nuestro país.

Esta situación se agrava día con día; repercute negativamente en la vida de las personas, de las familias, de las comunidades y de la sociedad entera; afecta la economía, altera la paz pública, siembra desconfianza en las relaciones humanas y sociales, daña la cohesión social y envenena el alma de las personas con el resentimiento, el miedo, la angustia y el deseo de venganza. Todo esto nos preocupa.

Nos acercamos a esta realidad con ojos y corazón de pastores. Nos duele profundamente la sangre que se ha derramado, la angustia de las víctimas, las pérdidas de quienes han caído y muerto; lamentamos los excesos en la persecución de los delincuentes. En el seguimiento de Jesucristo, aprendemos de Él mismo su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y su fidelidad a la misión encomendada. Con la luz de su Vida y de su Palabra, queremos discernir lo que nosotros debemos hacer en las circunstancias que se viven en nuestra patria. En este horizonte asumimos la Misión Continental que nos exige fortalecer en todos los fieles de la Iglesia su condición de discípulos misioneros al servicio de la construcción de la paz para la vida digna del pueblo de México.

La inseguridad y la violencia en México

En México se está deteriorando la convivencia armónica y pacífica. Esto sucede por el crecimiento de la violencia, que se manifiesta en robos, asaltos, secuestros y asesinatos que llenan de dolor a las familias y a la sociedad entera. No se trata de hechos aislados o infrecuentes, sino de una situación que se ha vuelto habitual, estructural, que tiene distintas manifestaciones y en la que participan diversos agentes.

En los últimos años se ha incrementado en nuestro país la violencia causada por organizaciones criminales, distinta de la violencia intrafamiliar y de la causada por la delincuencia común. Esta violencia se caracteriza por la crueldad, la venganza, la exhibición de poder y la intención de intimidar a quienes son considerados rivales y a toda la sociedad. Algunas de las actividades criminales más comunes en este contexto son el narcotráfico, el secuestro, la trata de personas, el lavado de dinero, la extorsión, la corrupción y las ejecuciones intimidatorias.

Las actividades de la delincuencia organizada tienen raíces hondas y se articulan en la lógica del mercado global. Lamentamos que se hayan dejado crecer. Esta situación nos hace constatar una vez más “que algo está mal y no funciona en nuestra convivencia social”. Hay que actuar asumiendo nuestra responsabilidad social y vigilar que las instancias públicas asuman la suya. Para ello es necesario ir a la raíz de los graves males que aquejan a la sociedad.

Factores que contribuyen a la inseguridad y violencia

En la actividad económica contribuyen la desigualdad y la exclusión social, la pobreza, el desempleo, los bajos salarios, la discriminación, la migración forzada y los niveles inhumanos de vida, que exponen a la violencia a muchas personas. El contexto de la actividad económica es el de la globalización que ha favorecido la difusión y el fortalecimiento de un modelo de economía de mercado, incapaz de resolver todos los problemas sociales.

Hay disimulo y tolerancia con el delito por parte de algunas autoridades responsables de la procuración, impartición y ejecución de la justicia; lo que tiene como efecto la impunidad, la corrupción, el fraude y el autoritarismo. La experiencia demuestra que la seguridad no se relaciona directa y principalmente con la militarización o la compra de armas, ni con medidas represivas. Sí se relaciona, en cambio, con la inversión en políticas de acceso a la educación y al trabajo.

En la vida social la violencia tiene muchas manifestaciones. La proclividad a la violencia se alimenta por la violencia intrafamiliar y se agrava por el consumo de droga y alcohol, el ambiente pandilleril, la violencia transmitida por los medios de comunicación, la ausencia de transmisión de criterios de discernimiento y de valores éticos en las familias y escuelas, la falta de oportunidades de trabajo y crecimiento personal.

La vida comunitaria es la primera víctima: la violencia acaba con la vida comunitaria y cuando esto sucede, se diluye el tejido social. El comportamiento violento no es innato, se adquiere, se aprende y se desarrolla. En ello influyen la educación programada y propuesta en función del mercado; la transmisión de contenidos violentos y de modelos ideales de éxito personal y social asociados con la capacidad de consumo y de acceso a bienes lujosos, de parte de los medios de comunicación.

Igualmente influye una evangelización con poco ardor y sin nuevos métodos y expresiones, un énfasis en el ritualismo sin el conveniente itinerario formativo; movimientos y grupos religiosos que se olvidan de la dimensión social de la fe, una espiritualidad individualista; una mentalidad relativista en lo ético. Junto con un fuerte clericalismo celoso de compartir responsabilidades con el laicado.

Convendría abordar la compleja realidad de la violencia que se vive en México desde un enfoque de salud pública que permita asegurar para el mayor número de personas el beneficio de la seguridad y de la paz. La salud pública se caracteriza sobre todo por la prevención, de modo de promover una cultura de no violencia.

Entre los factores de riesgo sobre los que es urgente intervenir, alcanzamos a descubrir tres: la crisis de legalidad en que vivimos, el tejido social que se ha debilitado y la crisis moral que vivimos. Debemos actuar ya. Las autoridades, con los recursos propios que le proporciona el Estado de Derecho para el ejercicio de su actuación; la sociedad civil, asumiendo responsablemente la tarea de una ciudadanía activa, que sea sujeto de la vida social; los creyentes, actuando en fidelidad a nuestra conciencia, en la que escuchamos la voz de Dios.

Con la luz del Evangelio y de la Doctrina Social

La situación que acabamos de describir acontece en un pueblo profundamente religioso. El ambiente de violencia e inseguridad en que vivimos denota una pérdida del sentido de Dios, el cual lleva al desprecio de la vida del hombre. Los actos violentos son síntoma de la batalla interna entre el bien y el mal. Estamos ante un problema que se solucionará con la aplicación de la justicia, el derecho y la conversión. Por encima del mal que oprime al ser humano, está la acción redentora de Dios realizada en Jesucristo.

Nuestra fe en Dios ilumina la realidad en que vivimos. Creemos en un Dios personal, Creador, Padre amoroso que se nos ha revelado en la historia de la salvación, cercano a todos. Conocemos a Dios y su proyecto de amor para nosotros por medio de Jesucristo.

La raíz fundamental de todo está en la orientación del corazón de cada ser humano. El hombre tiene la tentación de considerarse como norma única, exclusiva y absoluta de la vida. Cuando el hombre se endiosa a sí mismo, se deshumaniza y cede fácilmente a la tentación de la violencia. La violencia crece cuando olvidamos que somos responsables de nuestros hermanos. El hombre posee una naturaleza herida, inclinada al mal, que da lugar a verdaderas “estructuras de pecado”.

La respuesta de Dios a la humanidad que se ha dejado seducir por la fuerza del mal es la promesa del Mesías. En Jesucristo, Dios cumple esta promesa mesiánica de la paz que engloba para nosotros todos los bienes de la salvación. Él es el nuevo Adán, el hombre inocente, capaz de contemplar la bondad de Dios en la realidad creada y descubrir el bien que hay en toda persona.

La persona de Jesús es para nosotros una buena noticia de vida. Con su compasión, el Señor inaugura el Reino de vida ofrecido a todas las personas, especialmente a las más pobres y a las que sufren. Jesús rechazó la violencia como forma de sociabilidad y, para romper la espiral de la violencia, recomienda poner la otra mejilla, perdonar siempre y amar a los enemigos, lo que hace al ser humano semejante a Dios. Jesús alienta a quienes le siguen a trabajar por la paz, don de Dios y tarea del hombre.

El encuentro con Jesús nos permite recuperar la identidad de hijos de Dios y de ciudadanos de su Reino, que se adquiere a través del camino de la iniciación cristiana. Se trata de una experiencia personal, vivida en comunidad, que comienza con el anuncio del kerigma; por la conversión se va recuperando la confianza y la disposición para vivir en comunión con Dios y con el prójimo, para ser testigos y servidores de la reconciliación, con la misión de ser constructores de la paz y fermento de un mundo más justo.

El amor es la principal fuerza impulsora del crecimiento pleno de cada persona y de toda la humanidad. Esta experiencia nos hace descubrirnos hijos amados de Dios y nos llama a la conversión. La conversión inicia con el dolor del propio pecado, la pena interna de constatar que el engaño del mal nos alejó de nuestra auténtica vocación humana, que nos deshumanizó haciéndonos prescindir de Dios y excluir a los demás de nuestra vida. Esta experiencia es el punto de partida esencial de una renovación real de las relaciones con las demás personas.

Quien vive la experiencia de conversión se dispone a acoger libremente el don de la fe, que lleva a la comunión. No es posible ser cristianos sin Iglesia, ni vivir la fe de manera individualista sacando del horizonte de la vida y de nuestras preocupaciones cotidianas a los hombres y mujeres con quienes compartimos nuestro caminar por la historia; por ello la vocación cristiana incluye el llamado a construir comunidades fraternas y justas, el compromiso de servir al hermano y de buscar juntos caminos de justicia y ser así constructores de paz.

En Cristo somos perdonados y reconciliados. En Él Dios quiso reconciliar todo cuanto existe, restableciendo la paz por la sangre de la cruz. Acoger el don del perdón que Dios nos ofrece de manera gratuita en su Hijo Jesucristo, nos dispone a la reconciliación, es decir, a establecer nuevamente relaciones saludables con el mismo Dios, con los demás, con el entorno y consigo mismo. Reconciliados con Dios y con el prójimo, somos mensajeros y constructores de paz, partícipes del Reino de Dios.

La misión apostólica que el Señor nos ha confiado comienza con el anuncio de la paz. Este saludo no tiene su fuerza en la ausencia de conflictos sino en la presencia de Dios con nosotros, deseo de armonía, integridad, realización, unidad y bienestar. Esta misión exige de nosotros desenmascarar la obra del mal, denunciar con valentía las situaciones de pecado, evidenciar las estructuras de muerte, de violencia y de injusticia.

Los discípulos de Jesucristo son enviados al mundo como testigos del amor de Dios; éste es la única fuerza capaz de cambiar el corazón del hombre y de la humanidad entera y da verdadera sustancia a las relaciones con Dios y con el prójimo. Se trata no sólo del bien individual, sino del bien relacionado al con-vivir de las personas. Es el bien común.

Desear el bien común es exigencia de la justicia y de la caridad. Todo cristiano está llamado a incidir en la vida común. Hay que ir como buenos samaritanos al encuentro de las necesidades de los pobres y de los que sufren y “crear las estructuras justas que son una condición sin la cual no es posible un orden justo en la sociedad”. La caridad se concreta en la justicia, la supera y la completa siguiendo la lógica de la entrega y del perdón. La justicia es inseparable de la caridad: restaura y reconcilia en vez de instigar a la venganza.

Los cristianos, en un contexto de inseguridad como el que vivimos en México, tenemos la tarea de ser constructores de la paz. Esto implica ser promotores del desarrollo humano integral, que se rige por el principio de la centralidad de la persona humana, que exige que se mejoren las condiciones de vida de las personas concretas para que puedan hacerse responsables de su propia existencia; por el principio de la solidaridad, que es “a determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” y no puede limitarse sólo a mejorar las condiciones materiales de vida; y por el principio de fraternidad, que amplía el horizonte del desarrollo a “la inclusión relacional de todas las personas en la única comunidad de la familia humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores de la justicia y la paz”.

Promover el desarrollo y construir la paz

La situación de inseguridad y violencia que vive México exige una respuesta urgente e inaplazable de la misión evangelizadora de la Iglesia. Lo que podemos ofrecer en esta situación es: una visión global del hombre y de la humanidad. Los discípulos misioneros de Jesucristo podemos colaborar principalmente en la prevención, el acompañamiento y la animación de la sociedad civil responsable.

Lo primero que hay que hacer para superar la crisis de inseguridad y violencia es la renovación de los mexicanos. La primera e inaplazable tarea es la formación integral de la persona y la promoción de condiciones de vida digna para todos. Requerimos de los esfuerzos de una pastoral educativa que acompañe estos procesos, tenemos la tarea de fortalecer a las familias para que puedan cumplir con esta misión. La vida comunitaria es el escenario concreto en que se forja y fortalece el tejido social.

Si queremos responder al mal con la fuerza del bien, tenemos que educarnos para la paz; esto significa sacar desde dentro, desde lo más íntimo, desde nuestra mente y desde nuestro corazón, pensamientos y sentimientos de paz que se expresen a través de un lenguaje y de gestos de paz. Para superar la violencia, debemos aprender a serenar el mundo de los sentimientos, que acompañan nuestras opciones. La práctica de la paz arrastra a la paz. Necesitamos poner la cultura de la comunicación al servicio del evangelio de la paz. Un elemento importante de la educación para la paz es educar para la legalidad. Educarnos para la paz nos pide el conocimiento crítico de la historia de México, aprender las lecciones de la historia.

La respuesta a los desafíos de la inseguridad y la violencia no puede ser sólo responsabilidad de la autoridad pública, sino también de la sociedad civil responsable. La sociedad civil actúa normalmente en el campo público en función del bien común, que consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana. Es necesario formarla, desarrollando en ella tres capacidades: el conocimiento de la realidad, la responsabilidad social y el compromiso con la justicia social. Es necesario formar a los laicos de nuestras comunidades para que tengan incidencia significativa en los ámbitos social, cultural y político, e incluso en la conciencia de la misma comunidad eclesial.

La pobreza se superará sólo mediante el desarrollo humano integral. La responsabilidad de proteger los derechos humanos y de asegurar condiciones para que todos puedan cumplir con sus respectivos deberes, recae principalmente sobre el Estado. Sin embargo, los derechos humanos han de ser respetados en las relaciones de todos con todos, como expresión de justicia y de fraternidad.

El pueblo mexicano necesita recorrer el camino de reconciliación social para sanar los efectos de la violencia y para prevenirla. La reconciliación social exige la verdad acerca de los derechos humanos violados, reclama necesariamente la justicia, está vinculada a la petición y concesión del perdón. El perdón conduce a la reconciliación y la reconciliación a la paz.

Para contribuir a la construcción de la paz, los católicos debemos desarrollar una conciencia ecuménica y un compromiso por la unidad, la colaboración en el bien común, la superación de la violencia, la educación para la paz y la convivencia ciudadana, la oración.

Llamamiento final

  • Queremos concluir nuestra exhortación pastoral haciendo un llamado a los gobernantes a ofrecer a todos condiciones de seguridad ciudadana. A los miembros de las Fuerzas Armadas y de las fuerzas de Seguridad Pública a ser fieles a su misión de defender a los débiles, proteger a los honrados y favorecer la convivencia pacífica de los ciudadanos. A los hombres y mujeres comprometidos con el bien común de la nación en el quehacer político les pedimos un compromiso real con el bien común y con el desarrollo humano integral del pueblo de México. A los ciudadanos y ciudadanas de México a constituirse en una sociedad civil responsable.
  • A los padres de familia les llamamos a integrar una familia unida y solidaria y participar en la vida comunitaria. A los educadores, a ayudar a sus alumnos y alumnas a vivir la aceptación de los demás, la comprensión y el respeto. A los jóvenes, a vivir en paz, a ver a los demás como amigos, no como enemigos. A quienes han vivido en carne propia cualquier tipo de violencia queremos hacer llegar nuestra solidaridad. A quienes trabajan en los medios de comunicación social, que no ofrezcan jamás mensajes inspirados en el odio, la violencia y la mentira. Urge que todos los discípulos misioneros de Jesucristo, en la riqueza de carismas, ministerios y vocaciones, asumamos unidos los grandes desafíos que la inseguridad y violencia ponen a la misión de la Iglesia.
  • A quienes practican la violencia, se han involucrado en las diversas formas de crimen organizado; producen, transportan o consumen la droga, se prestan al comercio del narcomenudeo, a los sicarios y a todos los implicados en este nefasto negocio: Dios los llama a la conversión y su perdón está siempre dispuesto, pero deben arrepentirse. Busquen la vida y no la muerte.
  • Con esta Exhortación Pastoral, nos ponemos al servicio de la reconciliación, ofreciendo no sólo nuestra reflexión, sino nuestra disposición a caminar con todos los católicos y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad en la búsqueda del cielo nuevo y tierra nueva que todos anhelamos. Debemos unirnos en la construcción de la paz y en el impulso del desarrollo humano integral y solidario de cada mexicano y de todos los mexicanos.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 101
Sección de Impreso: Dichos y Hechos
Autor: P. José Lorenzo Guzmán

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