No basta recordar, hay que reconstruir

J. Jesús Gómez Fregoso
Universidad de Guadalajara
Revista Christus n. 779, julio-agosto 2010

Discutimos si estamos festejando o simplemente conmemorando o recordando dos hechos importantes en nuestra historia: los dos siglos del inicio de nuestra Guerra de Independencia y el primer siglo del principio de algo que, desde hace tiempo, escribimos con mayúscula: la Revolución.

Lamentarnos de desgracias ya padecidas, a nada ayuda; habrá que pensar qué podemos hacer para ir construyendo un México más justo para todos.

Hace cinco siglos, antes de la dominación española, nada había en común entre los pericués y edúes de la Baja California con los purépechas de Michoacán o los mayas de Tabasco. Cuando Hernán Cortés llegó a Yucatán y luego a Veracruz y Tlaxcala, pudo dominar a los imperialistas aztecas porque los diversos pueblos luchaban entre sí y sólo se unieron para sacudirse el yugo de los que venían de Tenochtitlan. Para no pocos historiadores la conquista fue como la concepción del México de hoy, y los siglos de dominación española la prolongada gestación. Concepción y gestación dolorosas como nuestro nacimiento. Lo primero que recibe un niño al nacer es una nalgada para que llore y respire. Es sabia la canción de J. Alfredo Jiménez que dice: “la vida comienza siempre llorando y así llorando se acaba”.

Parece indudable que tanto los conquistadores como los conquistados son nuestros antepasados: de ahí venimos. Después de la Conquista, en los siglos del Virreinato o de la Colonia, los indios llevaban la peor parte en la vida social, en la que los españoles, nacidos en España y nacidos aquí, gozaban de una existencia privilegiada, sostenida por el trabajo de los más pobres, en forma no muy diferente a como vivían los pueblos dominados por los aztecas antes de que llegaran los europeos. Y no hay que olvidar que si un grupo de españoles conquisto el Imperio Azteca fue porque los pueblos sometidos de estas tierras querían sacudirse un pesado yugo. Resulta pues que los dominados, los más pobres, pasaron a otra dominación: siguieron en la parte más baja de la escala social.

Durante los siglos del Virreinato de la Nueva España, un niño se registraba al nacer como indio, español, criollo, mestizo, mulato, negro o perteneciente a diversas castas. A mediados del siglo XVIII los jesuitas jóvenes, que eran nacidos en México, aunque de padres españoles, inventaron el adjetivo “mexicano” para designar a todos los nacidos en el territorio de la Nueva España, y el adjetivo lo promovieron sobre todo cuando, desterrados por el monarca español, sobrevivían en Bolonia, Ferrara y otras ciudades del norte de Italia, donde la añoranza de su “patria mexicana” los impulsaba a defender a su tierra lejana, que para ellos ya no era Nueva España sino México. Hacia 1780, el jesuita Clavigero fue, hasta donde yo sé, el primero que se atrevió a plantear la pregunta de “hasta dónde conviene que la Nueva España depende de la vieja España”.

Poco después, en 1810, un inquieto y combativo grupo de criollos levantó la bandera de la insurrección con el afán de independizarse de España. El párroco de Dolores, don Miguel Hidalgo y el de un humilde poblado de Michoacán, don José María Morelos fueron de los más distinguidos. Más de cuatrocientos sacerdotes encabezaron grupos que combatieron a favor de la independencia.

Así como durante la conquista española fue el pueblo sencillo y pobre el que más combatió y sufrió, en esa larga lucha por la independencia fueron también los pobres, los indios (o “indígenas” como se dice ahora) los que más padecieron. En esos años, los insurgentes peleaban a favor de la “América mexicana”, porque no empleaban la palabra México.

En 1821, se firmó el acta de Independencia: la nueva nación, “El Imperio Mexicano” se declaraba autónomo y soberano sin sujeción a la Corona española. Después, si bien es cierto que no dependíamos de España, los mexicanos, en más de un aspecto, seguimos dependiendo de potencias extranjeras. ¿Qué significó en realidad la Independencia? ¿Independencia del extranjero?

Y por lo que se refiere a los pobres, a los “indios” que se hicieron matar a favor de la Independencia la pregunta fue siendo más angustiante, como la planteó Antonio Díaz Soto y Gama, delegado de Emiliano Zapata en la Convención de Aguascalientes, en octubre de 1914: “después de la Independencia, el mexicano fue el gachupín del indio”. Tenía razón el intelectual zapatista: los pobres, ya mexicanos “independientes”, quedaron igual o peor que cuando eran indios o mulatos en la ya desaparecida Nueva España, porque durante los siglos coloniales, los indios, según la legislación española, eran “menores de edad” y la Inquisición, desde mediados del siglo XVI no tenía jurisdicción sobre ellos, y, por otra parte, los pueblos indios, los “menores de edad”, tenían tierras propias inalienables.

Con la Independencia, como eran iguales ante la ley, carecieron de toda protección especial y, luego, las Leyes de Reforma, los privaron de esas tierras, de suerte que la gente más desvalida, los indios, iguales ante la ley, resultaron en la práctica los más perjudicados con las nuevas leyes de los gobiernos liberales: en igualdad jurídica, pero sin sus tierras.
En 1867, al triunfar la República sobre el Imperio, y luego, con los gobiernos liberales, los pobres fueron los trabajadores desprotegidos de las haciendas. Otros pobres, que trabajaban en las fábricas, quedaron más desprotegidos aún, porque los trabajadores del campo descasaban por lo menos el domingo, mientras que los obreros de las fábricas trabajaban de lunes a domingo y más que “de sol a sol”: existen documentos sobre trabajadores que pedían, como gran conquista laboral, trabajar “nada más dieciséis horas” en el día de veinticuatro horas.

En 1892, cuando los obreros del Valle de México pedían al presidente de la República que los ayudara, respondió que los problemas obreros, de carencia de salario mínimo, de la inexistencia de horarios de trabajo, de no contar con el descanso dominical y otros problemas graves eran “asuntos privados ajenos a la administración”, al Gobierno y por lo tanto los poderes públicos no podían intervenir porque sería violentar las libertades. Obviamente se refería a las libertades de empresarios y dueños de las fábricas. Ciertamente que los mexicanos pobres, campesinos y trabajadores asalariados de fines del siglo XIX, nada tenían que celebrar al recordar la Independencia.

Sin embargo, en 1910 hubo grandes celebraciones para hacer memoria, para festejar, recordar y conmemorar el 16 de Septiembre de 1810, cuando se inició la Guerra de Independencia. Sea lo que sea, hubo grandes festejos y conmemoraciones, a diferencia de este 2010. Pero en Septiembre de 1910, nadie imaginaba que dos meses comenzaría otro movimiento, que ahora recordamos después de un siglo.

Todos sabemos que Francisco Ignacio Madero, con su Plan de San Luis, iniciaría la Revolución. Y si leemos atentamente ese plan, no hay ninguna reivindicación a favor de los pobres: de los campesinos y los obreros en el artículo tercero de dicho plan, sólo se dice que se van “a revisar” los procedimientos por los que algunas tierras de los pueblos, de los indios, pasaron a las haciendas, y, en caso de encontrarse anomalías, se devolverán las tierras a sus legítimos propietarios. El grito de guerra de Madero fue: “sufragio efectivo, no reelección”. Madero, ya presidente, fue asesinado. Y luego Carranza, con el Plan de Guadalupe, invita a luchar contra la usurpación de Victoriano Huerta, asesino de Madero. De suerte que estrictamente la Revolución se inicia por móviles meramente políticos.

Luego, ya iniciaba la lucha, comienzan a aparecer argumentos sociales a favor de los pobres, que culminaran con cambios sociales importantes, en especial los artículos 27 y 123 de la nueva Constitución que verá por el bien de campesinos y obreros. Emiliano Zapata, que siempre luchó para que los indios recobraran sus tierras, nunca fue tomado en cuenta por los vencedores en la Revolución.

¿Cuál puede ser el sentido de festejar el bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución?

Indudablemente que es muy legítimo recordar y honrar a nuestros antepasados que iniciaron y consumaron esos movimientos. ¿Qué habría pasado sin don Miguel Hidalgo, en la madrugada del 16 de Septiembre de 1810, no hubiera invitado al pueblo a rebelarse contra “el mal gobierno”? Desde luego que, como sostienen no pocos historiadores, pudo haberse realizado la independencia, la autonomía, la separación de España, en forma pacífica como ocurrió con Brasil y Portugal. Parece que tiene sentido homenajear al señor cura Morelos, por sus campañas militares y sus avanzadas ideas a favor de los pobres.

Diversos personajes de los años de la Independencia y la Revolución merecen agradecido recuerdo.

Por lo que se refiere a la Revolución, es indiscutible que el mundo obrero salió beneficiado, aunque, después se convirtió en una pieza fundamental para que un régimen “emanado de la Revolución” continuara autoritariamente en el poder: ¿en qué le beneficio la Revolución, si fue utilizado por el Gobierno para mantenerse en el poder?

Estas pocas líneas no pueden pretender analizar sus resultados: saber quiénes fueron los que salieron ganando con la Revolución, cuyo centenario festejamos. No pocos mexicanos piensan que es absurdo festejar; ¿festejar qué?

Sin embargo parece indudable que para nada conviene seguir nadando en mares de sangre, sudor y lágrimas. La realidad que estamos viviendo en nada se beneficia con seguir echando la culpa a los que consideramos culpables. Continuar buscando culpables en nada construye una sociedad más justa.

Parece que, al recordar, festejar y honrar a nuestros antepasados que lucharon en la Independencia y en la Revolución, lo único sensato y constructivo es pensar en lo que corresponde a las actuales generaciones. Creemos que la dolorosa concepción de la Conquista, la penosa gestación de los siglos coloniales, el alumbramiento, terriblemente prolongado, de la Independencia y las crisis, o procesos de crecimiento, de la Reforma y la Revolución, tuvieron su importancia fundamental en el crecimiento de México.

Igualmente estos años de incipiente democracia, tantaleante y con tropezones, son decisivos en la vida de esta nación que formamos todos los mexicanos, de muy diversas condiciones y modos de pensar, pero con la conciencia de que depende de nuestra colaboración el futuro que queremos heredar a los que vengan detrás de nosotros.

No basta con recordar y honrar los sueños, esfuerzos, sufrimientos de los antepasados de hace cien y hace doscientos años: ahora, en este 2010, lo único sensato es poner nuestro grano de arena para construir un México más libre y más justo para todos.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 103
Sección de Impreso: Sección especial
Autor: Jesús Gómez Fregoso SJ

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