La urgencia del diálogo

Cuando se realizó el Concilio Vaticano II, se llegaba con un cúmulo de procesos en la vida eclesial. Fueron significativos los avances en el campo bíblico, patrístico, litúrgico y teológico. También se hacían esfuerzos en el campo del ecumenismo. El Papa Juan XXIII pedía un diálogo ecuménico con otras Iglesias, la apertura al mundo y el cuidado de los pobres. Durante el Concilio, casi todas estas tendencias encontraron acomodo y seguimiento. De esto nos dan cuenta las distintas Constituciones y Declaraciones. En el campo teológico es sin duda Lumen Gentium, el documento que habla sobre la Iglesia y su misión, la que expresa el avance teológico hasta entonces conseguido. En el campo bíblico está la Dei Verbum sobre la Palabra de Dios, en el campo litúrgico está la Sacrosantum Concilium que habla de la vida de los sacramentos.

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Pero el documento que mejor define en qué momento y con qué espíritu nos encontrábamos en tiempo del Concilio, es Gaudium et Spes, sobre la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. Es clásica la introducción: “Los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de la época actual, sobre todo de los pobres y afligidos de toda clase, son los gozos y esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo” (LG 1).

Y para realizar esta tarea, dice el Concilio, “la Iglesia tiene el deber permanente de escrutar los signos de los tiempos y de interpretarlos a la luz del Evangelio” (GS 4).

En este documento se señalan muchos de los fenómenos que afectan a nuestro mundo como la pobreza, la desigualdad, las guerras, la violencia, la injusticia, la discriminación de la mujer y por etnia, el abandono de la religión. Pero también se señalan los avances y cosas positivas como el desarrollo económico, el avance científico, la comunicación de ideas, la conciencia crítica sobre el mundo. Sin embargo, los desequilibrios permanecen en el mundo y en el corazón de la persona. El Concilio insiste en que al centro y como referencia fundamental de todo el desarrollo científico, económico, industrial, debe estar siempre la persona y el trabajo humano. A él se deben ordenar el desarrollo y los avances científicos. Y la explicación profunda de lo que le pasa al hombre se encuentra en el misterio del Verbo encarnado, en Cristo Jesús.

Últimamente han entrado fenómenos como la globalización. El mundo se ha convertido en una casa en la que todos y todas están informados de lo que pasa. Se ha acentuado el calentamiento del planeta y la conciencia sobre este problema. Ha entrado el uso universal del internet y de las redes sociales que tantos cambios han provocado. Con esta situación de la humanidad y de la sociedad hay que dialogar.

Ante la elección del nuevo Papa

Este espíritu del Concilio Vaticano II es justamente lo que se necesita recuperar ahora al momento de elegir al nuevo Papa y el perfil que requiere. La razón de peso de esta afirmación viene de los profundos y rápidos cambios que se han dado en nuestro mundo en todos los órdenes, tanto que se habla no sólo de una época de cambios, sino de cambio de época. Y además, se junta el momento de descrédito y críticas a la Iglesia a causa del asunto de casos de pederastia y los malos manejos de las finanzas en el Vaticano. Además, varios de los documentos conciliares esperan una más amplia y profunda aplicación: en la inculturación del evangelio, en el campo de la liturgia, en la aplicación de lo que significa Iglesia, Pueblo de Dios, en el diálogo inter-religioso, en el campo de los ministerios, en el papel de la mujer dentro de la vida activa de la Iglesia, en la investigación teológica, en el diálogo con el mundo. El papel del Papa en un mundo democrático que busca consensos y acuerdos. El papel, la libertad y la función de los teólogos en la Iglesia. El diálogo con otras teologías: teología india, de la liberación, teología negra, teologías feministas y otras más. Y también está el diálogo con otras Religiones.

Es decir, que el Concilio Vaticano II es una asignatura todavía pendiente en la vida de la Iglesia. Luego hay asuntos de administración y gestión: la Curia Vaticana y las Conferencias episcopales, Y sobre todo esto, el punto central es la misión de llevar el evangelio de Nuestro señor Jesucristo a toda criatura. Para esto se requiere una Iglesia más sencilla, más testimonial, más coherente, más cerca de la vida de los hombres y mujeres, una iglesia que dialogue, que escuche, que entienda los cambios del mundo.

Todo esto recae de manera directa en la misión del próximo Papa y el perfil que debe tener, sea quien sea. Parece que en ese sentido han ido las pláticas de los cardenales en las reuniones previas al Cónclave.

Publicación en Impreso

Edición: 126
Sección: Ventana desde la fe
Autor: P. Juan Manuel Hurtado

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