Entre la esperanza y la tentación de la resignación

Por: P. J. Lorenzo Guzmán J., Rector del Seminario Mayor

 

La jornada pastoral del Papa Francisco en Morelia, vivida el martes 16 de febrero, tuvo tres encuentros. El primero fue en el Estadio Venustiano Carranza, con sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas de todo el país. El segundo con niños y niñas de catequesis, de las parroquias de Morelia y diócesis vecinas, en la Catedral. El tercero, con jóvenes de 93 diócesis de México, realizado en el Estadio Morelos.

 

Entusiasmo por la presencia de Francisco

La presencia de Francisco estuvo llena de entusiasmo, tanto en las calles como en los lugares de encuentro. Del sur de Jalisco un buen número de personas y familias hicieron el viaje solamente para verlo pasar, como los miembros de la Familia Jiménez, a quienes les tocó verlo dos veces.

En los estadios y la Catedral, se escucharon desde las clásicas consignas: “Se ve, se siente, el Papa está presente”, “Francisco, hermano, ya eres mexicano –michoacano, moreliano–”, hasta los que retoman sus mensajes, como: “Francisco, amigo, aquí está tu lío”, “Esta es la juventud del Papa”.

Los encuentros multitudinarios vividos en los estadios, se desarrollaron en el contexto del Jubileo de la Misericordia y de la realidad violentada de México: pobreza, violencia, falta de oportunidades para estudiar y acceder a un trabajo digno, indiferencia ante el sufrimiento. Sus mensajes giraron sobre estos dos aspectos. De hecho, Francisco fue recibido como “Misionero de la misericordia y de la paz”.

A los 600 niños reunidos en la Catedral los invitó a pedirle a la Virgen aprender a hacer amigos y no enemigos, “porque la vida no es linda con enemigos”.

En un ambiente muy festivo se encontró por la tarde con los jóvenes. Los reconoció como la riqueza de México. Entre los 50 mil participantes, se encontraban unos 250 muchachos y muchachas de la Diócesis de Ciudad Guzmán, acompañados por seis sacerdotes.

Les pidió que se valoraran y trabajaran para convertirse en una esperanza, aunque esté amenazada y amordazada. “Entiendo –señaló “Papancho”– que muchas veces se vuelve difícil sentirse la riqueza cuando nos vemos continuamente expuestos a la pérdida de amigos o de familiares en manos del narcotráfico, de las drogas, de organizaciones criminales que siembran el terror, cuando no se tienen oportunidades de trabajo digno, posibilidades de estudio y capacitación, reconocimiento de los derechos, cuando se los usa para fines mezquinos, seduciéndolos con promesas que al final no son reales, son pompas de jabón”.

Todavía más, les señaló que es mentira que la única forma de vivir y ser joven, de tener esperanza, es dejar la vida en manos del narcotráfico o de quienes siembran destrucción y muerte. Los invitó a ir de la mano de Jesús: “el que nos da la esperanza, nunca nos invitaría a ser sicarios, sino que nos llama discípulos, nos llama amigos. Jesús nunca nos mandaría a la muerte, sino que todo en Él es invitación a la vida”.

 

La tentación de la resignación

Ya por la mañana, en la homilía de la Misa que presidió con unas 20 mil personas, había hecho el llamado a “la gente de Iglesia” a estar atentos y no cerrar los ojos ante esta realidad.

Hizo la reflexión sobre la experiencia de Dios como Padre, a la luz del Padre nuestro. “Ay de nosotros –consagrados, consagradas, seminaristas, sacerdotes, obispos–, ay de nosotros si no la compartimos, ay de nosotros si no somos testigos de lo que hemos visto y oído, ay de nosotros… No queremos ser funcionarios de lo divino, no somos ni queremos ser nunca empleados de la empresa de Dios”, advirtió.

Señaló la tentación de la resignación, del “la vida es así”, que puede venir frente al ambiente de violencia, corrupción, tráfico de drogas, desprecio por la dignidad de la persona, indiferencia ante el sufrimiento y la precariedad. Una resignación “que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras «sacristías» y aparentes seguridades”, que además de impedirnos anunciar, alabar, proyectar, arriesgar y transformar, nos quita el gozo de la alabanza.

Puso como ejemplo de no caer en la resignación a Tata Vasco. “La realidad que vivían los indios Purépechas descritos por él como «vendidos, vejados y vagabundos por los mercados, recogiendo las arrebañaduras tiradas por los suelos», lejos de llevarlo a la tentación y de la acedia de la resignación, movió su fe, movió su vida, movió su compasión y lo impulsó a realizar diversas propuestas que fuesen de «respiro» ante esta realidad tan paralizante e injusta. El dolor del sufrimiento de sus hermanos se hizo oración y la oración se hizo respuesta”.

Entre los que escucharon la homilía estaban los seminaristas, seis novicios josefinos, 14 religiosas y 33 sacerdotes de la Diócesis guzmanense.

Al final de cada encuentro, Bergoglio se despidió con su “no se olviden de rezar por mí”.

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