De la tragedia surgió la solidaridad

La mañana del 19 de septiembre de 1985 parte del territorio nacional experimentó un terremoto de 8.1 grados en escala de Richter, el cual ha sido calificado como uno de los movimientos telúricos más fuertes que han azotado a México. Ciudad Guzmán fue la comunidad más afectada de la región Sur de Jalisco: las imágenes de casas destruidas, barrios derrumbados, templos con grietas y cientos de damnificados, comenzaron materializarse en la sociedad zapotlense, al igual que el dolor por la desgracia y la pérdida de los seres queridos y amigos. Las cifras oficiales hablan de 37 muertos.

Ante la ineficacia del gobierno para hacer frente al desastre, provocó que surgieran en la ciudad ejércitos de voluntarios dispuestos a distribuir solidaridad. Entre los montones de escombros de las colonias y barrios se constituyeron grupos de rescate, se organizó la distribución de comida, la recaudación de víveres para siniestrados y la instalación del albergue que se instaló en el Seminario mayor, entre otras tareas.

Gran parte de las labores de rescate y reconstrucción provino de los grupos de Pastoral que ya trabajaban en diversas parroquias de la ciudad. Así fue como la Pastoral Juvenil, los Grupos de Reflexión y las Comunidades Eclesiales de Base (CEB), expresaron, por medio de su trabajo, la preocupación por el caído y fueron protagonistas de un heroísmo humilde nunca antes visto.

La organización de los diferentes grupos fue fundamental para atender a los damnificados durante los primeros días después del terremoto. El sacerdote Martín Chávez, quien entonces fungía como encargado de los grupos juveniles recuerda: «los chavos que en ese tiempo participaban en la Pastoral Juvenil eran cerca de 500, y casi todos ante la desgracia del temblor, estuvieron dispuestos a colaborar y trabajar por los damnificados. Ese mismo día se organizaron en sus barrios y desde ahí iniciaron un fenómeno que hoy llamamos ‘llevar solidaridad por medio de la organización’”.

Otro ejemplo lo dieron los grupos de reflexión, formados en su mayoría por mujeres amas de casa, quienes se encargaron de la distribución de comida y de la ayuda que comenzaba a llegar de las diferentes comunidades de la región; también participaron junto con la colaboración de los catequistas, sacerdotes y seminaristas en el aprovisionamiento de víveres y ropa, además de la organización del albergue que duró instalado un mes.

El trabajo que desempeñaron los diferentes grupos en favor de las víctimas no fue fácil, el gobierno que siempre se manifestó como enemigo de las acciones colectivas, obstruyó parte de la organización que ya se tenía en los diferentes grupos. Los elementos del Ejército mexicano implementaron sus planes de ayuda sin tomar en cuenta el trabajo que se comenzó a realizar por las personas de la ciudad.

El mayor reto para la sociedad zapotlense fue el trabajo de reconstrucción de la ciudad. El temblor había dejado a cientos de familias sin un hogar. Los índices de escasez de vivienda que ya se presentaban en la ciudad eran altos; muchas casas derrumbadas no eran propiedad de las personas que las habitaban, los inquilinos se quedaron además sin casas para rentar, lo que agravó el problema de vivienda.

Ante la necesidad de cientos de familias de la ciudad se gestaron proyectos para apoyar a la gente que no tenía casa. Los vecinos de la colonia Provipo ya tenían experiencia de trabajo de autoconstrucción de viviendas y apoyaron en la asesoría a la Asociación de Inquilinos Guzmanenses AC, la que se integró por damnificados del terremoto y personas que en ese momento no contaban con ningún título de propiedad.

Treinta días después del sismo comenzaron las reuniones entre pobladores para organizarse en las tareas de construcción de sus propias casas. Los esposos Elena Fermín e Isidro García, quienes viven en una de las 66 casas que ellos mismos construyeron con la ayuda de sus vecinos de la colonia 19 de septiembre, recuerdan aquellos días: «en octubre de 1985 comenzamos a reunirnos las familias que no teníamos casa dónde vivir, para iniciar un proyecto de autoconstrucción de 120 casas. Nuestras reuniones de trabajo estuvieron siempre asesoradas por el P. Salvador Urteaga y los compañeros de la colonia Provipo. Se formaron comités de trabajo y las primeras acciones fue comprar el terreno con la ayuda económica que llegaba de países como Canadá y Suiza.

Tuvimos que venirnos a vivir en campamentos para cuidar nuestro terreno, porque las autoridades no otorgaban los permisos para iniciar la construcción de las casas, además de que nos acusaron de paracaidistas y hubo provocación por parte de elementos de la policía para que desalojáramos el terreno». Después de un año de trabajo cumplieron su sueño de tener una vivienda digna donde habitar.

La solidaridad que se vivió en la tragedia del temblor, fue el fruto del trabajo de una sociedad civil que se organizó, encabezó las tareas de rescate y reconstrucción y convocó a la ciudadanía. Fueron grupos de personas que en medio del dolor y el terror no se quedaron sentados con los brazos cruzados en espera de que las soluciones llegaran del gobierno; por el contrario: se convirtieron en los gestores de lo que hoy se conoce como sociedad civil, aquella que actúa, exige y trabaja. Fue así como de la tragedia nació la organización y la solidaridad.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 104
Autores: Alonso Sánchez y Vicente Ramírez
Sección de Impreso:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *