Cuando hay entrega, siempre habrá recompensa

Ahí, en el corredor del curato de Techaluta, que ha sido su casa en los últimos nueve años, me encontré con el P. Juan Manuel. Me saludó y me invitó a sentarme en uno de los dos equipales que rodeaban una pequeña mesa que estaba afuera de su habitación. Un pequeño florero de flores artificiales y algunas invitaciones de sus bodas de plata sacerdotales fueron los testigos de nuestra conversación.

Aunque su rostro se refleja las marcas de su enfermedad, pero sus gestos y su testimonio de vida confirman su sencillez, austeridad y transparencia. Es un hombre de pocas palabras, pero de mucho corazón. Las huellas de su trayectoria ratifican que es un buen amigo, un pastor cercano y atento a las necesidades de la gente y un sacerdote solidario con los trabajos y proyectos de la diócesis.

El P. Salcedo nació en el pueblo de La Manzanilla de la Paz, el 4 de junio de 1949. Fue el sexto de ocho hijos que procrearon sus padres don Candelario Salcedo y doña María de Jesús Velazco. A los ocho años de edad quedó huérfano de padre. La necesidad obligó a él y a sus hermanos a trabajar duro en el campo para poder enfrentar su situación de pobreza. “Yo no tuve infancia; poco después de la muerte de mi padre, mi madre nos juntó y nos dijo: Para poder comer tres veces al día hay que trabajar todos los días; salgan a trabajar y nunca regresen con las manos vacías, pero, nomás no roben. Sí, mi infancia fue difícil, muy dura”, comentó con nostalgia el P. Juan Manuel.

Su vocación al sacerdocio fue tardía y su proceso de formación especial y complicado. Los seminaristas de Guadalajara que iban de vacaciones a su pueblo, sembraron su inquietud vocacional. Y su párroco el P. Raúl Romo se encargó de cultivarla; él personalmente lo llevó al seminario. A los 20 años de edad llegó a la casa del seminario menor de Guadalajara. Ahí cursó los dos primeros años de secundaria. En 1972, ya establecida nuestra diócesis, decide ser parte de esta iglesia particular y hace el tercer año en el seminario menor de Ciudad Guzmán, donde por ser el más grande de edad, se gana el apodo de “El Ruco”.

Luego se fue a Sayula a continuar su formación. Ingresó al CETA, donde sólo cursó dos años; el P. Salvador Urteaga, reconociendo su calidad humana, su gusto por el trabajo manual, su espíritu de servicio, pero también sus limitaciones, sobre todo la dificultad para el estudio, lo invitó a participar en el Curso Introductorio en Tapalpa con el propósito de que esta experiencia le ayudara a discernir su vocación. Después de este año, decidió continuar su proceso de formación. En 1975 inició los estudios de filosofía en el seminario mayor de Guadalajara. Pero, ante la imposibilidad de cumplir con las exigencias de los estudios, los padres formadores le aconsejaron dejar el seminario. Al tocar este punto, Juan Manuel guarda silencio; luego sonríe y dice: “Yo sufrí mucho con los estudios. Siempre pasé de panzazo las materias. Fíjate, todavía debo la materia de metafísica a don Juan Sandoval (maestro de esta materia y actual Cardenal de la arquidiócesis de Guadalajara)”.

Don Serafín Vásquez, recién llegado a la diócesis, conoce la situación de Juan Manuel y le pide se vaya a Sayula a apoyar al P. Urteaga en el acompañamiento de los muchachos seminaristas de preparatoria. En 1979 es enviado al seminario de Tlaxcala donde cursó los dos primeros años de teología. Luego regresa a la diócesis donde termina sus estudios en la experiencia piloto de estudiar la teología en contacto directo con las comunidades, asesorados por sacerdotes de nuestra diócesis. Finalmente, después de su complicado y tormentoso proceso de formación, el 22 de septiembre de 1984, Juan Manuel y José Delgado reciben el diaconado, en la misma celebración donde Francisco Mejía y Agustín Gutiérrez son ordenados sacerdotes.

Y el 26 de abril de 1985, Don Serafín Vásquez, lo consagra sacerdote junto con
José Delgado Bañuelos y Heriberto Toribio Montes, quienes ya gozan de la paz del Señor. “Mis compañeros de ordenación ya se me adelantaron, y yo por poco los alcanzaba. Mi enfermedad fue una experiencia dura que me ayudó a reflexionar que la vida y el sacerdocio son regalos que se deben compartir con el pueblo. Cuando hay entrega, siempre habrá recompensa. Cuando se camina con la gente, a su paso y con paciencia, lo que se siembra da frutos. El trabajo con la comunidad no es en vano y la gente no te borra de su vida. Un ejemplo es Calixto (seglar que recién recibió las órdenes del lectorado y acolitado) a quien lo considero mi discípulo. En mis 25 años de sacerdocio, me he preocupado por apoyar el trabajo pastoral propuesto por nuestra diócesis. Mi opción siempre ha sido Ciudad Guzmán. Y aunque no aporto nada, no dejo de participar en las reuniones; escucho, aprovecho las experiencias y trato de aprender de todos. La respuesta de la gente me anima a seguir”, terminó diciendo.

Para cerrar la conversación le pregunté cuál era su proyecto de vida. De bote pronto me contestó: “Mira, yo, después del momento crítico de mi enfermedad, vivo el día día agradecido y dispuesto a lo que venga. En mi corazón están presentes las palabras: Haz lo que tienes que hacer hoy, que mañana Dios promoverá”. Luego de agradecer su tiempo, tomarle unas fotografías y aceptarle un vaso con agua, nos despedimos con un apretón de manos.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 101
Sección de Impreso: Página Viva
Autor: P. Luis Antonio Villalvazo

1 pensamiento sobre “Cuando hay entrega, siempre habrá recompensa

  1. De 1973 a 1975 fuí compañero en el Seminario C. Diocesano de Ntra. Sra. de Guadalupe en Aguascalientes de José Delgado Bañuelos…nos encontramos una o dos ocasiones poco después y desde entonces hasta el día de hoy reencuentro este texto donde me entero que ha muerto…fué mi mejor amigo en esa época y le recuerdo de ese tiempo como un personaje especial, conservo alguna foto por ahí…y siento tristeza por no haber podido verle antes…y extrañaré esas conversaciones sobre nuestra querida y vilipendiada iglesia católica…yo no llegué a ordenarme…por lo que veo él sí…espero reencontrarle allá donde sé que esta… darle un fuerte abrazo y retomar aquellas amenas charlas sobre la vida, su iglesia, mis novias…su familia y la mía…

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