Homilía del 11º domingo ordinario 2010

Los textos de la Palabra de Dios que se han proclamado nos ayudan a profundizar en tres características de Dios que nos revela Jesús: el amor, la misericordia y el perdón. Son tres dimensiones que también los bautizados estamos llamados a vivir. La mujer que fue a buscar a Jesús para encontrarse con Él experimentó el amor, la misericordia y el perdón de Dios, cuando escuchó que el Señor le dijo: “Tus pecados te han quedado perdonados” (Lc 7, 48).

“Tus pecados te han quedado perdonados”

Textos: 2Sam 12, 7-10. 13; Gal 2, 16. 19-21; Lc 7, 36-8, 3.

Los textos de la Palabra de Dios que se han proclamado nos ayudan a profundizar en tres características de Dios que nos revela Jesús: el amor, la misericordia y el perdón. Son tres dimensiones que también los bautizados estamos llamados a vivir. La mujer que fue a buscar a Jesús para encontrarse con Él experimentó el amor, la misericordia y el perdón de Dios, cuando escuchó que el Señor le dijo: “Tus pecados te han quedado perdonados” (Lc 7, 48).

Jesús se encontraba en un banquete en casa de un fariseo. Los fariseos se consideraban buenos, puros, santos, modelos de vida, y Simón no escapaba a este modo de ser y de actuar, como escuchamos en el relato evangélico. Jesús, que era el invitado principal, apoyándose en el modo de ser y actuar de la mujer que llegó a la fiesta, dejó claro, tanto a sus discípulos como a Simón, que es necesario amar para recibir el perdón y experimentar el perdón para amar.

Estamos reunidos este domingo para celebrar la Eucaristía, banquete preparado por el Resucitado. Él es el anfitrión, el personaje principal y el alimento; nosotros somos los invita-dos a saborear el pan del amor, la misericordia y el perdón. Para esto necesitamos reconocernos pecadores y amar, como David y como aquella mujer. Para celebrar bien hay que tener conciencia de haber venido como pecadores llamados a la conversión y necesitados del amor de Dios.

La mujer, reconocida públicamente como pecadora, no estaba invitada a la fiesta y entró en ella para estar a los pies de Jesús, como discípula suya. Para ese encuentro llevó un perfume, su corazón arrepentido y la decisión de seguir a Jesús. Con sus gestos, no bien vistos por el fariseo, utilizados ordinariamente por una mujer para seducir a un hombre, ella recibió a Jesús en su vida: le lavó los pies con sus lágrimas, se los secó con su cabellera, los besó y los ungió.

Cómo tenemos que aprender de esta mujer, que fue señalada por Jesús no sólo como objeto del amor y la misericordia de Dios, que la perdonó, sino principalmente como modelo de discípula. Para recibir el perdón de Dios, para ser discípulo o discípula de Jesús, para ser buen cristiano, es necesario amar mucho a Dios y a los hermanos. Por ese amor Jesús le dice a Simón, a la mujer y a quien quiera seguirlo en su camino, que sus pecados le habían sido perdonados.

Simón, en cambio, no amaba mucho; quizá ni un poquito. Por eso no recibió a Jesús ni si-quiera con los gestos ordinarios entre los judíos: lavando los pies, dando el beso de saludo, ungiendo la cabeza con aceite. Porque no fue capaz de amar, no se abrió al amor de Dios para disponerse a recibir su perdón ni fue capaz de vivir la misericordia perdonando. Más bien condenó en su interior, tanto a Jesús por ser mal profeta como a la mujer por ser pecadora.

¿No estaremos como Simón? Yo creo que sí. Tanto en nuestra sociedad como a lo interno de la vida de la Iglesia acostumbramos sentirnos buenos, puros, santos, perfectos; estamos dados a condenar, a no perdonar, al desquite, a la violencia. Amamos poco o no sabemos amar. El amor se manifiesta en signos concretos: la tolerancia, la acogida, el perdón, la igualdad, la inclusión, la convivencia, el compartir. ¡Cuánto nos falta para vivir realmente en el amor!

Estamos invitados a convertirnos en discípulos de Jesús siguiendo el ejemplo de aquella mujer. Hoy tenemos que reconocernos pecadores, ponernos a los pies de Jesús para aprender, llorar nuestros pecados, amar mucho, ungir a los pobres con el servicio, perdonar a quien falla. Para eso venimos a encontrarnos con Jesús en este banquete Eucarístico dominical. Si lo hacemos iremos en paz y a amar, como la mujer, porque se han perdonado nuestros pecados.

13 de septiembre de 2010

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