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Homilía para el 7º domingo ordinario 2019

Misericordiosos como nuestro Padre Dios

Textos: 1 Sam 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; 1 Cor 15, 45-49; Lc 6, 27-38

Jesús invita a sus discípulos a ser misericordiosos. Es lo que nos transmite san Lucas en el texto del Evangelio que acabamos de escuchar. Jesús estaba enseñando a sus discípulos sobre las prácticas principales en la vida de sus seguidores. Ciertamente son de las cosas más difíciles de vivir, por la inclinación humana al mal, al daño, a la venganza. La reflexión sobre nuestra vida, a la luz de la Palabra de Dios, nos ayudará a prepararnos para recibir a Jesús este domingo en la Comunión.

Para vivir la misericordia, Jesús pone dos referentes: el primero es uno mismo, el segundo es el Padre Dios. Primeramente, pide tratar a los demás como queramos que nos traten a nosotros. Ese es el criterio básico de la relación a lo interno de la comunidad. En lo ordinario no se la lleva uno bien con todas las personas; tenemos conocidos, compañeros, amigos, rivales, enemigos. El punto señalado por Jesús no está en los cercanos, sino en los distantes, en aquellas personas de las que se ha recibido algún mal, sea de palabra, de gestos o de golpes. Él pide no vengarnos, tratarlos bien, devolverles bien por mal, orar por ellos, ayudarles, no reclamarles, así como nosotros quisiéramos ser tratados. ¿Cómo andamos en esto? ¿Vivimos como discípulos suyos, así como Él nos pide?

El segundo criterio –y el más importante– en la relación con los demás, especialmente con los enemigos, es Dios. Del Padre dice Jesús que es bueno hasta con los malos y los ingratos. Y es cierto. ¿Quién de nosotros no tiene la experiencia de haber sido perdonado por Dios, a pesar de lo que hemos hecho a los demás, a la naturaleza y a Dios mismo? ¿Quién puede decir que no? Nadie. Todas y todos hemos recibido el perdón de Dios, por más grande que haya sido la falta. No nos ha reclamado, no nos ha castigado, no se ha vengado; nos sigue sosteniendo la vida, nos da qué comer, nos ha perdonado. Ha sido misericordioso. Jesús pide que seamos exactamente como Él.

En la primera lectura tenemos un testimonio bien grande de lo que deberíamos hacer con los que nos hacen daño. Saúl había agredido David, incluso había intentado quitarle la vida, y David lo sabía. Lo que escuchamos fue la segunda vez que David tuvo oportunidad de vengarse y matar a Saúl. Pero no lo hizo y se lo dijo a Saúl, como escuchamos. No se dejó llevar por sus impulsos naturales, incluso alimentados por los consejos de sus acompañantes. Se condujo más bien por la fidelidad a Dios y sus mandamientos, que tienen como finalidad garantizar la vida de hermanos.

Para nosotros es bien fácil devolver mal por mal, vengarnos, desquitarnos, cobrárnosla. Incluso gozamos con el daño que hacemos a quienes nos trataron mal. Recordemos que Jesús pide a sus discípulos amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos aborrecen, bendecir a quienes nos maldicen, orar por quienes hablan mal de nosotros, no devolver golpe por golpe, no reclamar lo que nos roban, dar al que nos pide, prestar sin esperar recompensa, no juzgar, no condenar, perdonar, dar, ser misericordiosos como el Padre. Dispongámonos a vivir de acuerdo a este proyecto, con la conciencia de que ese es nuestro deber como bautizados.

Participar en la Eucaristía y recibir la Comunión nos compromete a vivir como hermanos, a tratar bien a los demás, a ser misericordiosos con todos. Por eso se le llama Comunión a este sacramento. Entramos en comunión con Jesús para vivir como Él, que perdonó a Judas a pesar de que lo traicionó, a Pedro que lo negó, a los soldados que lo crucificaron. Revisemos nuestra vida y renovemos nuestro compromiso de vivir como discípulos de Jesús, como hijos de Dios, como miembros de la Iglesia. Seamos misericordiosos como nuestro Padre Dios y su Hijo Jesús.

24 de febrero de 2019

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