Homilía para el 3er domingo de Pascua 2022

Si no se tiene diseñada la vida para ser discípulos misioneros de Jesús, hay que preguntarnos qué tanto amor le tenemos.

Testigos de Jesús por amor

Textos: Hch 5, 27-32. 40-41; Ap 5, 11-14; Jn 21, 1-19

Acabamos de escuchar tres testimonios de la Resurrección del Señor, acontecimiento central de nuestra fe que celebramos especialmente los domingos. Cada ocho días nos convocamos para vivir el encuentro con Jesús resucitado, para alimentarnos de Él en la Comunión y para salir alegres a la misión. No olvidemos que somos discípulos misioneros suyos.

El encuentro con Jesús, sea en la Eucaristía, en la oración, en los evangelios, en la comunidad o en los pobres, siempre tiene que proyectarse a la misión. Quien se encuentra con Jesús es impulsado por el Espíritu a dar un testimonio alegre con su vida, aunque por eso tenga dificultades. Esto es expresión del amor a Él. Fue lo que le sucedió a Simón Pedro.

Cuando una persona ama a otra, hace todo por la persona amada, incluso hasta dar su vida por ella. Fue lo que hizo Jesús por nosotros: como amigo, dio su vida por nosotros, a pesar de las críticas, las amenazas, la condena a muerte, la ejecución en la Cruz. No se hizo para atrás. Eso fue lo que le sucedió a Pedro. Después del tercer encuentro del Resucitado con sus discípulos, en las narraciones del evangelista san Juan, Jesús le preguntó a Pedro si lo amaba. Las tres veces le contestó que sí, aunque la tercera con tristeza. Se ha de haber acordado de aquellas tres veces que lo negó, durante la noche de la Pasión cuando lo estaban torturando. Cada vez que le manifestó su amor por Él, Jesús le encomendó la misión para la que lo había llamado: ser pastor entre los discípulos, a quienes describió como sus ovejas. Recibir una encomienda de Jesús supone amarlo. Y no sólo para un ministerio o una función especial dentro de la comunidad, sino para la misión común de evangelizar, es decir, de salir por todo el mundo y llevar el Evangelio a todos los rincones y a toda la creación.

Esa misión la vivió Pedro a plenitud, como escuchamos en la primera lectura. A pesar de que el sumo sacerdote les prohibió enseñar en nombre de Jesús, él y los demás siguieron dando testimonio de Jesús. Tenían claro que había que obedecer primero a Dios, quien los eligió y los llamó para esta tarea, que a quienes les prohibían vivirla. Les podían prohibir, pero no impedir, que predicaran a Jesús. Daban testimonio de Jesús porque lo amaban. Predicaban a Jesús, a quien los sumos sacerdotes dieron muerte colgándolo en la cruz y a quien Dios resucitó. Hacían esto a pesar de las prohibiciones, las amenazas, los azotes, la condena a muerte. De hecho, después de haber sido azotados por sostenerse dando testimonio de Jesús, salieron felices del Sanedrín no porque les gustara el sufrimiento, sino porque habían recibido ese castigo por la causa de Jesús. Era un signo del amor por Él.

A la mayoría de los bautizados nos pesa dar testimonio de Jesús, vivir en comunidad, salir a predicar el Evangelio, trabajar por el Reino de Dios, perdonar, atender a los pobres, defender los derechos humanos. Generalmente, aunque no se diga, la razón es que hay que dedicar tiempo, compartir habilidades y recursos, va a haber habladas, se van a tener dificultades en la propia familia. Si no se tiene diseñada la vida para ser discípulos misioneros de Jesús, hay que preguntarnos qué tanto amor le tenemos. ¿No será que más bien lo seguimos negando, como le sucedió a Pedro? Hoy Jesús nos dirige la pregunta: ¿Me amas?

1 de mayo de 2022

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