El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 30º domingo ordinario 2018

Escuchar los gritos de los empobrecidos

Textos: Jr 31, 7-9; Hb 5, 1-6; Mc 10, 46-52

Jesús se encontró con una situación que tiene mucha luz para nosotros hoy: un ciego sentado a la orilla del camino. Por su ceguera, Bartimeo era considerado un maldecido por Dios, estaba desahuciado por la sociedad y, para sobrevivir, dependía de la limosna que le daban quienes pasaban por el camino. Tenía necesidad de que alguien se compadeciera de él para comenzar una vida nueva, aquella que Dios ofrecía a través de los profetas. La oportunidad llegó con Jesús que pasaba por allí, acompañado por mucha gente y por sus discípulos.

Se dio cuenta de que el barullo era porque Jesús pasaba por allí y comenzó a gritarle, pidiéndole que tuviera compasión de él. Seguramente que no sabía de compasión de parte de otras gentes, sino de burlas, desprecios, maldiciones. Y esperaba que alguien se identificara con él en su situación, de alguien que se metiera en sus zapatos, de alguien que le tendiera la mano, de alguien que lo hiciera experimentar hermano e hijo amado de Dios. Con Jesús encontró todo esto.

¿Cuántas gentes entre nosotros están en la misma situación que Bartimeo? enfermos desahuciados, ancianitos solos, migrantes que van buscando mejores condiciones de vida, borrachitos y drogadictos perdidos, mujeres violentadas, madres solteras o abandonadas, indígenas de varios estados… Están gritando a quienes se encuentran por su camino que tengan compasión de ellos. Nosotros continuamente vemos y escuchamos a estas gentes que están sufriendo. Allí tenemos que reconocer la voz de Dios que nos pide compadecernos, porque espera que nosotros seamos, como Jesús, sus instrumentos para el consuelo, la alegría, la vida, que Él prometió a su pueblo Israel.

La gente quería que el ciego se callara, pero Bartimeo gritaba más fuerte para que Jesús lo escuchara y se compadeciera de él. Sucedió lo mismo que pasa con nosotros hoy, en relación a las personas y familias que se encuentran en el sufrimiento por la violencia, el empobrecimiento, el machismo, las preferencias sexuales, el desprecio por ser indígenas, las migraciones forzadas como la de los hondureños. Se les quiere callar porque son molestos, porque se les desprecia, porque no se tiene conciencia de que son hermanos e hijos de Dios sufrientes, porque –en el caso de nosotros bautizados– no asumimos nuestra responsabilidad para con ellos.

Jesús, compadeciéndose de Bartimeo, lo mandó llamar, le preguntó qué quería que hiciera por él, lo atendió en su situación, le valoró su fe, le dio la vista, lo rehízo y le facilitó que lo siguiera por el camino. La vida de Bartimeo cambió a partir de aquel encuentro con el Señor, comenzando con escuchar que le hablaba, luego tirando su manto, poniéndose de pie, acercándose a Él, escuchándolo y respondiéndole. Ya le había manifestado su fe, al confesarlo como hijo de David.

Ese es el caminito que tenemos que seguir nosotros ante los gritos de los sufrientes: escucharlos, detenernos, acercarnos, platicar, dar el consuelo, la alegría, la vida nueva, la vida digna. Cuánto nos falta para vivir de esta manera, personal y comunitariamente en los barrios y como parroquia. Más bien nos hacemos como la gente que iba con Jesús: los ignoramos, cerramos nuestros ojos y nuestros oídos a su situación, queremos silenciarlos, les impedimos el acceso a una vida digna.

El encuentro sacramental de este domingo con Jesús en la Eucaristía, nos compromete a parecernos a Él, a atender los gritos de los sufrientes, a compadecernos, a valorar su dignidad, a rehacerlos y reintegrarlos en la sociedad y la Iglesia. Dispongámonos a recibirlo en la Comunión y a ubicarnos de la misma manera ante las situaciones de sufrimiento que nos encontremos.

28 de octubre de 2018

Esta entrada fue publicada el 27 de octubre de 2018 a las 11:31 pm en la categoría Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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