Homilía para el 28º domingo ordinario 2022

Jesús fue capaz de escuchar, compadecerse, reaccionar, responder, rehacer y provocar la acción de gracias a Dios.

Escucha que termina en Eucaristía

Textos: 2 Re 5, 14-17; 2 Tim 2, 8-13; Lc 17, 11-19

Jesús fue capaz de escuchar, compadecerse, reaccionar, responder, rehacer y provocar la acción de gracias a Dios. Como respuesta, uno que no era judío, fue capaz de regresar, dar gracias a Jesús y glorificar a Dios. Esto nos da luz en relación a lo que tienen que ser nuestras Eucaristías, sobre todo las dominicales: una acción de gracias por el servicio compasivo.

En su camino hacia Jerusalén le salieron al encuentro diez leprosos, quienes le gritaban desde lejos que tuviera compasión de ellos. La situación de estas personas no era fácil. Por el hecho de tener una enfermedad, ya llevaban una carga; a nadie le gusta estar enfermo y cualquier enfermedad, por más leve que sea, es molesta. Y la de ellos no era sencilla ni de mucha esperanza en recuperar la salud. Con la lepra se va pudriendo la carne y se va cayendo en pedacitos, hasta que la persona queda bien desfigurada. Además de esto, los leprosos judíos eran declarados impuros y, por tanto, no podían participar de la vida religiosa; o sea, ir a las sinagogas para escuchar la Palabra de Dios y orar con los salmos e himnos dedicados a Dios. Todavía más: quien había sido declarado leproso, por ley tenía que vivir fuera del campamento; por tanto, dejar su casa, su familia y su comunidad. Era excluido de la comunidad. Ya fuera de su comunidad, tenían que andar con la ropa rasgada, los cabellos revueltos, cubiertos de la nariz y la boca, caminar gritando que eran impuros. Así tenían que vivir, a menos que se curaran, hicieran los ritos de purificación y recibieran de los sacerdotes un certificado de curación. En esas condiciones vivían aquellas diez personas.

Clamaron a Jesús pidiéndole que tuviera compasión de ellos. Jesús los escuchó e hizo suya la situación de los leprosos, como hacía con cada persona que sufría y se encontraba con ella. Compadecerse es padecer con quien sufre, es sentir que el vientre se remueve y hacer propio el dolor del otro. Fue lo que experimentó Jesús al escuchar los clamores de aquellos excluidos y reaccionó para atenderlos. Al enviarlos a los sacerdotes era para que los revisaran y les dieran su certificado de curación, para que volvieran a su casa y se reintegraran en su familia, su trabajo, su comunidad, sus prácticas religiosas, su vida ordinaria.

Esto que Jesús hacía nos indica el camino y el estilo de vida que deberíamos llevar como comunidad, tanto en nuestros barrios y colonias como a nivel parroquial: escuchar los clamores de los que sufren no solo por alguna enfermedad, sino por las lepras de la violencia, la injusticia que lleva a las desigualdades sociales, la exclusión y el descarte, el desprecio por ser de otro pueblo, otra cultura, credo, opción política, grupo, estilo de vida. Sus situaciones de sufrimiento, sus gritos que claman compasión, nos tienen que hacer que se nos remuevan las entrañas, que hagamos nuestro su sufrimiento, que reaccionemos para atenderlos, servirlos, rehacerlos en su dignidad, hacerles experimentar el amor de Dios.

De los curados, un samaritano se regresó glorificando a Dios para agradecerle a Jesús. La escucha terminó en eucaristía. Eucaristía significa literalmente acción de gracias. Esta va dirigida a Dios, fuente de la vida, la salud, la compasión. La escucha de la semana a los clamores de los sufrientes debería culminar y reemprenderse en la Eucaristía dominical.

9 de octubre de 2022

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