Homilía para el 26º domingo ordinario 2019

Cultivar la solidaridad, no la indiferencia
Entre la parábola del administrador infiel y astuto, que reflexionamos hace ocho días, y la del rico glotón y Lázaro, que acabamos de escuchar, san Lucas señala que a Jesús lo estaban escuchando los fariseos, a quienes describe como amantes del dinero. El amor al dinero y a los bienes materiales conduce al acaparamiento, al consumismo, a las injusticias, al empobrecimiento de la mayoría, a las desigualdades económicas, a la indiferencia ante el sufrimiento y, por tanto, a la condenación. Esto está bien claro en nuestros días, pues el 1% de la población mundial vive en la abundancia y el despilfarro, mientras que el 80% no tiene para salir el día. “Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”, como se dice. Esto tiene mucho qué decirnos hoy domingo.

Cultivar la solidaridad, no la indiferencia

Textos: Am 6, 1. 4-7; 1 Tim 6, 11-16; Lc 16, 19-31

Entre la parábola del administrador infiel y astuto, que reflexionamos hace ocho días, y la del rico glotón y Lázaro, que acabamos de escuchar, san Lucas señala que a Jesús lo estaban escuchando los fariseos, a quienes describe como amantes del dinero. El amor al dinero y a los bienes materiales conduce al acaparamiento, al consumismo, a las injusticias, al empobrecimiento de la mayoría, a las desigualdades económicas, a la indiferencia ante el sufrimiento y, por tanto, a la condenación. Esto está bien claro en nuestros días, pues el 1% de la población mundial vive en la abundancia y el despilfarro, mientras que el 80% no tiene para salir el día. “Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia”, como se dice. Esto tiene mucho qué decirnos hoy domingo.

Tanto el rico de la parábola del Evangelio como los denunciados por el profeta Amós, se vestían lujosamente y banqueteaban con lo que les habían quitado a los pobres. A uno y a otros se les anunció su destino: a los antiguos, la ida al destierro en cautiverio, y al de la parábola la ida al lugar de castigo después de la muerte. El punto está en la despreocupación por las desgracias de sus hermanos, como manifestó Amós, y en no voltear ni siquiera a ver al mendigo sentado a la puerta de la casa y ansiando las sobras de la comida que caían al suelo, como explicó Jesús.

Quien es amante del dinero, está pensando solamente en él y en cómo hacerse de más. No le interesan las personas, más que para utilizarlas, porque lo que le interesa y “ama” es el dinero. Por él da la vida, le ofrece su persona, se “sacrifica”; hace y deshace, no importa que se corrompa, que pase por encima de los demás, que empobrezca familias, comunidades y pueblos enteros, que elimine personas quitándoles la vida, que destruya el medio ambiente, que agrande las desigualdades económicas. Su vida, su pensamiento, su corazón son para el dinero, aunque muchas veces aparezca como persona benefactora en la sociedad y en la Iglesia. Su destino está anunciado por Abraham: el lugar de tormentos, al otro lado del abismo que él mismo agrandó en esta vida.

Con la parábola, Jesús indicó que la vida, la mente y el corazón de sus discípulos y discípulas debe orientarse hacia los pobres, no para verlos sino para vivir la solidaridad. En esto va de por medio la salvación. Los discípulos y discípulas de Jesús no debemos ser amantes del dinero, sino de Dios, que se nos revela en los empobrecidos y sufrientes que yacen a la puerta de nuestras casas, en los prados de los jardines, en los rincones de los baldíos, en el último cuarto de la casa, esperando y ansiando que las migajas de pan, consuelo y vida digna caigan de nuestras mesas.

Así es que como miembros de la Iglesia debemos estar atentos ante la dinámica de la sociedad, que tiene como móvil el dinero, el mercado, la ganancia y el consumo, para no caer en las garras –o para librarnos– de la ambición, la corrupción, la injusticia, la violencia, la destrucción, que alimentan el “amor” al dinero y hacen más grande el abismo entre ricos y pobres, entre la salvación y la condenación. Y también hay que eliminar de nuestro estilo de vida la indiferencia ante las situaciones concretas de personas y familias que están clamando al cielo por el empobrecimiento, la violencia, las enfermedades, el abandono, la discriminación. Lo que sí hay que cultivar y acrecentar, desde las familias y en los barrios, es la solidaridad con los pobres y entre pobres.

Al recibir sacramentalmente a Jesús este domingo, renovemos nuestro compromiso de poner en práctica sus enseñanzas, de hacer que nuestras personas, familias y comunidades estén al servicio de los “Lázaros” y que pongamos la semilla de la solidaridad en medio de nuestro mundo.

29 de septiembre de 2019

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