El Puente

Diócesis de Ciudad Guzmán, Jalisco, México

Homilía para el 23er domingo ordinario 2018

Escuchar y atender la voz de Dios

Textos: Is 35, 4-7; St 2, 1-5; Mc 7, 31-37

Hoy nos encontramos en el evangelio con una situación de la que nosotros participamos por el Bautismo. Jesús curó a un sordomudo que su comunidad le presentó para que le impusiera las manos. La reflexión sobre esta curación nos ayudará a prepararnos para recibir sacramentalmente a Jesús en la Comunión y para prolongar nuestro encuentro con Él a lo largo de la semana.

Jesús se llevó aparte al enfermo para vivir su encuentro con él y rehacerlo en su vida. No le interesaba que se supiera ni quería ser admirado por el servicio que realizaba, sino que lo vivía de una manera sencilla. De hecho, después de curarlo les pidió que no dijeran nada a nadie. Allí, retirado de la multitud, le metió sus dedos en los oídos y con su propia saliva le tocó la lengua. No le dio miedo ni flojera tocar al impuro, al excluido. Luego elevó su oración al Padre para encomendarse y pedirle la salud para el enfermo, porque no actuaba por su propia cuenta ni a su antojo, sino siempre cumpliendo la misión que Dios le encomendó.

Una vez que había escuchado el clamor de la comunidad del sordomudo, que lo había tocado y había hecho su oración de confianza en el Padre, les mandó a los oídos que se abrieran y a la lengua que se soltara, para que pudiera oír y hablar. Y así sucedió, como escuchamos en el evangelio. Para aquel hombre comenzó una vida nueva. Pudo escuchar a Jesús, dar testimonio de Él, reintegrarse de manera ordinaria a la vida de su comunidad. Con esto, Jesús hizo realidad las promesas de Dios de que se iban a abrir los oídos de los sordos y de que la lengua del mudo iba a cantar.

Todo esto que nos narra san Marcos tiene que ver con nuestra condición de bautizados. El día del Bautismo quedamos unidos a Jesús, recibimos su vida y su misión; fuimos consagrados profetas, sacerdotes y reyes, para vivir como Él obedientes al Padre y sirviendo a los demás, especialmente a los pobres y sufrientes. Se nos tocaron nuestros oídos y nuestra boca para que, al igual que el sordomudo, pudiéramos escuchar la Palabra de Dios y profesar nuestra fe. Se nos dijeron estas palabras: “El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre”. Con esta Eucaristía dominical damos gracias a Dios por el don del Bautismo.

Tenemos que escuchar la voz de Dios, que nos habla en los gritos y lamentos de los pobres y de la Madre Tierra. Al igual que Jesús, debemos ser sensibles a las necesidades y angustias de los enfermos, migrantes, indígenas, jóvenes, madres solteras y abandonadas, al sufrimiento de la Casa común, para darles respuesta como comunidad. Nuestra tarea es atenderlos, responder a sus necesidades, consolarlos, garantizarles una vida digna, sin buscar alabanzas, recompensas o felicitaciones, así como actuaba Jesús y hacía presente el Reino de Dios.

La respuesta que demos a esas y muchas otras situaciones de sufrimiento, será la mejor proclamación de nuestra fe en Dios. Recordemos que Dios eligió a los pobres para hacerlos ricos en la fe y herederos del Reino y que nosotros, por estar unidos a Jesús por el Bautismo, debemos servirlos con sencillez, obedeciendo al Padre con el cumplimiento de la misión para la que fuimos ungidos y para la que se pidió que se nos abrieran los oídos y se nos soltara la lengua.

Preparémonos a recibir sacramentalmente a Jesús en la Comunión. Pidamos al Señor que tengamos nuestros oídos siempre abiertos a los clamores de los sufrientes, y nuestra boca suelta para curarlos y consolarlos, no para ofender, maltratar, levantar falsos o maldecir.

9 de septiembre de 2018

Esta entrada fue publicada el 08 de septiembre de 2018 a las 8:33 pm en la categoría Página Diocesana. Puedes seguir los comentarios a través del feed RSS 2.0

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