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Homilía para el 21er domingo ordinario 2017

¿Quién es Jesús?

Textos: Is 22, 19-23; Rm 11, 33-36; Mt 16, 13-20.

Ordinario21 A 17

A mitad del camino, después de experimentar el rechazo y antes de emprender su viaje a Jerusalén, Jesús hizo una pregunta a sus discípulos: ¿Qué decía la gente de Él? Esta pregunta es también para nosotros hoy y es importante responder desde nuestra propia experiencia, porque ese mismo Jesús es quien se nos ofrece como alimento en la Comunión sacramental y, al comulgar, renovamos nuestro compromiso de seguirlo en su camino y de dar testimonio de Él.

La pregunta de Jesús tiene su razón. Él quería aclarar si la misión la estaba realizando bien, si iba por buen camino, si tenía sentido lo hacía. Sobre todo por los signos del rechazo que había recibido de su familia, de los demonios, de las autoridades religiosas. Es algo semejante a lo que les sucede a muchos agentes de pastoral, que se preguntan por su servicio cuando tienen problemas en su familia, cuando la comunidad les echa en cara esas situaciones familiares tienen en su casa. Entran en crisis y se preguntan si así pueden dar el servicio en su barrio o no.

Los discípulos le dicen a Jesús que mucha gente lo identifica con Juan el Bautista; a él ya lo había mandado asesinar Herodes porque le dijo que no estaba bien que se hubiera juntado a vivir con su cuñada. Otras personas decían que era Elías, que había regresado; a él, Dios lo había arrebatado en un carro de fuego y estaba la promesa de que un día volvería. Otros creían que Jesús era Jeremías o algún otro profeta que había resucitado. Lo interesante es que la gente que lo escuchaba y veía, que se encontraba con Él, que recibía su servicio, lo identificaba con un profeta. Los profetas eran enviados de Dios para anunciar su Palabra, para recordar al pueblo sus compromisos de vivir en la hermandad, para denunciar las situaciones de injusticias y de olvido de los pobres; además, vivían de una manera muy austera, fuera de las ciudades y en continua oración.

Jesús hizo la misma pregunta a sus discípulos. Ellos lo iban siguiendo día a día, caminaban y platicaban con Él día y noche, lo veían hacer milagros, escuchaban las injurias contra Él y sus acciones, compartían sus inquietudes y sus dudas. Ellos tenían un conocimiento más profundo de Jesús por la relación personal y continua con Él. Ellos podrían dar otra respuesta más profunda. No quiere decir que identificarlo con un profeta no sea algo profundo; al contrario, pues los profetas fueron rechazados, perseguidos, encarcelados, torturados, condenados a muerte, muchos de ellos asesinados. Eso es parte del ministerio profético y con Jesús se realizó tal cual.

La respuesta de Simón Pedro expresa lo que los discípulos captaban de Jesús y platicaban entre ellos. Aunque descubrieron que era el Mesías, el Hijo de Dios, su concepción de Mesías estaba a medias, porque, como escucharemos el domingo próximo, Jesús no se presentó como el Mesías poderoso y victorioso que se esperaba en Israel sino como un Mesías servidor, derrotado y crucificado. Por eso les pidió que no dijeran que Él era el Mesías.

La misma pregunta se dirige hoy a nosotros: ¿Qué decimos de Jesús? ¿Cuál es nuestra experiencia de encuentro con Él? ¿Qué lugar ocupa en nuestra vida? ¿Qué tanto tiempo le dedicamos? Lo que decimos de Él, ¿es por convicción o porque lo aprendimos de memoria? ¿O quizá nada sabemos decir de su persona, su vida, sus opciones, su proyecto del Reino, su misión, su destino?

En la Comunión vamos a recibir sacramentalmente a Jesús. Es el mismo que preguntó a sus discípulos sobre su persona; el mismo que fue rechazado, condenado a muerte y crucificado; el mismo que resucitó al tercer día, un día como hoy. Dispongámonos a vivir este encuentro con Él.

27 de agosto de 2017

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