El Puente

Publicación Diocesana de Información y Animación Misionera

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Homilía para el 1er domingo de Cuaresma 2019

Vencer las tentaciones

Textos: Is 26, 4- 10; Rm 10, 8-13; Lc 4, 1-13

Jesús fue puesto a prueba por el Diablo, como acabamos de escuchar en el texto del Evangelio. Pero no cayó. Se supo sostener en el momento de la tentación para no fallar en su obediencia al Padre. Estaba en el desierto, lugar de prueba, lleno del Espíritu preparándose para comenzar su misión. Su lucha contra el Demonio nos da luz en relación a nuestra vida personal, comunitaria y social, y nos dispone a recibirlo sacramentalmente en la Comunión este domingo.

Así como Dios condujo a Israel al desierto, cuando lo sacó de la esclavitud en Egipto para forjarlo como su pueblo, así el Espíritu condujo a Jesús al desierto para fortalecerlo, antes de iniciar su ministerio al servicio de los pobres. Israel duró cuarenta años, Jesús cuarenta días; ambos fueron probados en su relación con Dios. Israel cayó en la tentación y renegó varias veces contra Dios; Jesús, en cambio, no renegó contra su Padre, sino que se mantuvo fiel a Él. Ante las tentaciones del tener, del poder y de la fama, Jesús se manifestó dispuesto a escuchar, obedecer y adorar solamente a su Padre y no al Demonio, por más atractivas y apetitosas que eran sus propuestas.

El Diablo intentó alejar a Jesús de su proyecto de trabajar al servicio del Reino, que consistía en llevar la Buena Nueva a los pobres, curar a los enfermos, liberar a los oprimidos, perdonar pecados, manifestar la misericordia de Dios. Para eso le ofreció bienes, reinos, poder, fama; le propuso aprovecharse de su condición de Hijo de Dios, para que hiciera y deshiciera a su antojo y para su beneficio propio. Le planteó el camino de la riqueza, el placer, el poder, que deshumanizan, rompen las relaciones de hermandad, llevan a la injusticia y a las desigualdades, destruyen el medio ambiente.

El de Jesús era otro proyecto y otro estilo de vida: vivir como Hijo obediente, ser Buena Nueva para los pobres, liberar, curar, dar nueva vida, perdonar. Para eso lo había ungido el Espíritu del Señor en el Jordán y para eso lo estaba conduciendo, fortaleciendo y sosteniendo en la prueba.

Las tentaciones que sufrió Jesús son las mismas de todos los humanos, desde Adán y Eva, a quienes el Diablo, personificado en una serpiente, les dijo que si comían del árbol del centro del Paraíso serían como dioses. Y cayeron. Todos y todas somos puestos a prueba de frente al dinero, a los bienes materiales, al tener, al lucir, al placer, al éxito, al ser más que los demás. Como bautizados, se nos presentan las tentaciones de una vida cristiana cómoda, sin compromisos, de puros sacramentos, servicios a la carta, eventos emotivos. ¿Y qué nos pasa? Caemos. Fácilmente nos desinteresamos de la misión, dejamos de la vida de hermanos, perdemos la sencillez, no trabajamos por la justicia y el bien común, descuidamos y maltratamos la Casa común, luchamos por puestos e influencias, buscamos los sacramentos y no el encuentro con Jesús para ser sus misioneros.

Jesús nos marca el camino. Ante las tentaciones, es necesaria la apertura al Espíritu de Dios que ya recibimos en el Bautismo, dejarnos conducir por Él en cada momento de nuestra vida personal y comunitaria, mantenernos en el encuentro con la Palabra de Dios, sostenernos como hijos fieles de Dios, estar convencidos del proyecto de vida del Padre, decidirnos a caminar por el compromiso y la entrega de la vida, asumir el estilo de vida en el servicio…

La Cuaresma se nos ofrece como experiencia del desierto para entrar en proceso de conversión y fortalecernos en nuestra condición de hijos e hijas de Dios, no sólo para prepararnos a la Pascua de este año, sino para ser permanentemente discípulos misioneros convencidos, para ser testigos de Jesús en nuestras familias y comunidades, para ser constructores del Reino de Dios en el mundo.

10 de marzo de 2019

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