Homilía para el 19º domingo ordinario 2107

Dejar que Jesús entre

Ordinario19 A 17

Este domingo nos encontramos con unas situaciones especiales en la vida de los discípulos de Jesús. Vernos reflejados en ellas nos puede ayudar a prepararnos para recibir al Señor resucitado en la Comunión y continuar en la misión.

Dejar que Jesús entre

Textos: 1 Re 19, 9. 11-13; Rm 9, 1-5; Mt 14, 22-33.

Ordinario19 A 17

Este domingo nos encontramos con unas situaciones especiales en la vida de los discípulos de Jesús. Vernos reflejados en ellas nos puede ayudar a prepararnos para recibir al Señor resucitado en la Comunión y continuar en la misión.

Jesús había obligado a sus discípulos a subir a la barca después de la multiplicación de los panes. Estaban con la tentación doble: Él de ser proclamado rey y ellos de esperar más panes gratis. Para evitar caer en esas tentaciones, Jesús forzó a sus discípulos a irse en la barca de aquel lugar hacia la otra orilla del lago y Él se retiró al monte a encontrarse con su Padre en la oración. Los dos movimientos, huir de la tentación y ponerse en oración, eran para continuar en la misión.

Durante la travesía del lago, los discípulos experimentaron otras situaciones: la primera, que el viento sacudía la barca y amenazaba con hundirla; la segunda, el miedo. La primera venía de fuera, la segunda de dentro de la comunidad. Así es la vida de las familias y las comunidades. Hay unas situaciones externas que las sacuden y otras internas que las debilitan.

A las familias las están zarandeando la pobreza, la falta de trabajo, los bajos salarios, el ambiente de consumo y de mercado, la droga; a lo interno, en muchas hay desavenencias, violencia, enfermedades. A las comunidades las están estremeciendo el empobrecimiento, la violencia, el ambiente alcoholizado y de droga en la adolescencia y la juventud, el desinterés por construir la vida comunitaria; a lo interno, la vida cristiana fácil y sin compromisos, el desánimo de varios agentes de pastoral, la ruptura entre la fe y la vida, el alejamiento de la Palabra de Dios.

En todas estas situaciones, como en aquella noche de agitación en medio del agua y el viento, Jesús se hace presente en medio de la comunidad. No llega como fantasma sino como alguien que ayuda, tranquiliza, da confianza. Pero necesitamos dejar que entre en nuestra vida, escucharlo, hacer lo que nos pida. Esto es algo que poco vivimos en las familias y en las comunidades. Ciertamente sí hay personas que, aunque no estén en medio de conflictos y dificultades, acuden a Jesús, lo buscan, lo dejan entrar en su vida, lo escuchan, se esfuerzan por practicar lo que pide; pero la gran mayoría de los bautizados, no. Y es Él precisamente quien sostiene y reanima.

El ejemplo está claro con Pedro. Fue a encontrarse con Jesús caminando sobre el agua. Tenía necesidad de este encuentro y se aventó. Eso nos falta a la mayoría de los miembros de la Iglesia: buscar a Jesús, dejarnos encontrar por Él. Cuando llegan las crisis, los problemas, los miedos, cuando nos comenzamos a hundir, Jesús tiende la mano, sostiene y dice lo que tiene que decir. A Pedro lo llamó hombre de poca fe. Pero lo tenía sostenido y lo ayudó a volver a la barca para reintegrarse a la comunidad y continuar su travesía. Así estaba el mismo Jesús: después del encuentro con su Padre en la oración y fortalecerse, vino a encontrarse con su comunidad para seguir juntos en la misión. Todo esto trajo la calma.

Hoy nos encontraremos sacramentalmente con Jesús. Lo vamos a recibir en la Comunión. Él viene a nosotros en medio de lo vapuleado que nos tiene la realidad de pobreza, violencia, drogadicción, ambiente de consumismo, deterioro del medio ambiente. Nos fortalece en nuestra fe débil y nos reanima para continuar en la misión. Pidámosle que nos quite los miedos que tenemos para comprometernos a dar un servicio en la comunidad y llevar el Evangelio a los demás. Dispongámonos a recibirlo para salir de la Eucaristía dominical a vivir la misión.

13 de agosto de 2017

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