Homilía para el 15º domingo ordinario 2022

Ante la cultura de la indiferencia en que estamos sumidos, el Señor nos pide convertirnos.

Convertirnos al Señor

Textos: Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37

Este domingo en que nos reunimos para el encuentro semanal con Jesús, encuentro que tiene su culmen en la Comunión sacramental, Dios nos llama a cambiar de vida. Él nos recuerda que somos su pueblo, un pueblo de hermanos, y que, para mantenernos en esta condición, nos dio sus mandamientos, centrados en el amor a Él y al prójimo.

Ante la cultura de la indiferencia en que estamos sumidos, el Señor nos pide convertirnos. Ante tantas noticias de sufrimiento, provocado por las desigualdades sociales, por la violencia, por el maltrato a la Casa común, ya nos hemos vuelto inmunes. Las noticias, aunque sean de nuestra propia comunidad, ya no nos dicen nada, no nos hacen reaccionar, mucho menos para vivir el amor al que sufre. “Ah, andaba mal”, decimos; o comentamos los hechos como una cosa más entre muchas; o vemos y vemos videos de choques, persecuciones, golpeados, robados, asesinados, y luego los compartimos. Pero, para nada se nos remueven las entrañas. Nos hemos hecho insensibles ante las injusticias y el dolor ajeno.

Ante la pregunta del doctor de la ley sobre su prójimo, Jesús narró la parábola del buen samaritano. El sacerdote y el levita, personas ligadas al templo, al culto, a la Palabra de Dios, vieron al golpeado, se cruzaron para el otro lado y siguieron su camino. No se conmovieron, no se inmutaron, no reaccionaron más que para sacarle la vuelta. Su corazón estaba endurecido, se había hecho insensible, estaba alejado de Dios y su mandato de amar al prójimo. Algo semejante a lo que vivimos la mayoría de nosotros hoy. Hay tantos hermanos y hermanas golpeadas por la pobreza, la enfermedad, la violencia, la injusticia; los vemos, nos pasamos para el otro lado y seguimos nuestro camino. Los tirados al lado del camino no son de nuestro interés, no están en nuestro corazón ni en nuestra condición cristiana. Si nos llamamos cristianos, ¿por qué nos desinteresamos de los pobres y violentados?

El samaritano, el considerado hereje por los judíos, el que iba de viaje, reaccionó de otra manera. Al ver al tirado en el camino, al que habían dejado medio muerto, se le removieron las entrañas. El hecho le pegó en el estómago. Aunque iba de viaje, se detuvo, hizo todo lo que pudo para que aquella persona siguiera viviendo. Se hizo prójimo del tirado en el camino. Es lo que Dios y Jesús quieren que vivamos nosotros, miembros de su pueblo. Por eso la llamada a la conversión: “conviértete al Señor tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma”, nos dice hoy en su Palabra; “Anda y haz tú lo mismo”, nos manda Jesús.

La mejor manera de expresar nuestra condición de miembros del pueblo de Dios, nuestra condición de bautizados, no es tanto la oración, el culto, la participación en la Misa, sino la compasión ante los desechados de la sociedad. Tenemos que salir de la cultura de la indiferencia y entrar en la cultura de la solidaridad, de la compasión; tenemos que aprender a dejar que se nos remuevan las entrañas ante el dolor y sufrimiento ajeno; tenemos que saber detenernos, dedicar nuestro tiempo y nuestros recursos para que los golpeados y medio muertos que nos encontramos en el camino, vuelvan a la vida, recuperen su dignidad golpeada, se rehagan en su condición humana. Dios nos pide volver a la hermandad.

10 de julio de 2022

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