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Homilía para el 15º domingo ordinario 2016

La imagen del Dios misericordioso

Textos: Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37.

Ord15 C 16

Acabamos de escuchar en el texto de san Pablo a los Colosenses que Cristo es la imagen de Dios invisible. Esto nos puede ayudar a agradecer a Dios el don de la Resurrección de su Hijo, que nos ha convocado como cada domingo, y a revisar nuestra vida para disponernos a recibir sacramentalmente a Jesús. A Dios no lo vemos, pero al ver y escuchar a Jesús, vemos y escuchamos a su Padre. Por eso Él es la imagen de Dios, que es misericordioso.

En el Evangelio escuchamos el diálogo entre un doctor de la ley y Jesús. Como buenos judíos, ambos conocían la Ley y se sabían de memoria los mandamientos. Pero dice san Lucas que la pregunta que aquel doctor le hizo a Jesús era para ponerlo a prueba. Jesús le hizo caer en la cuenta de que él sabía lo que debía hacer. De hecho, le repitió los mandamientos principales: amar a Dios con todo –corazón, alma, fuerzas, ser– y al prójimo como a sí mismo.

Jesús lo felicitó y le pidió que eso lo pusiera en práctica para vivir. Pero no era ése el problema, como sucede con nosotros: nos sabemos de memoria los mandamientos y generalmente no los practicamos. El maestro de la ley quería que le dijera quién era su prójimo, es decir, a quién debía amar y a quién no. Jesús aprovechó su pregunta para decir la parábola del buen samaritano y dejar claro que más que amar al prójimo hay que hacerse prójimo de los que sufren.

Con la parábola podemos revisar si nosotros, que por el Bautismo somos otros cristos, lo estamos dando a conocer a los demás, como Él nos dio a conocer a su Padre con toda su vida, especialmente con el servicio a los enfermos, excluidos y desechados de la sociedad. Jesús habló de un hombre asaltado en el camino, golpeado, tirado y dejado a medio morir, y de tres personas que, al pasar por ese camino, vieron al herido, sangrado, amoratado, agonizante.

El sacerdote y el levita pasaron de largo. No les interesó aquella persona, no les dijo nada su presencia ni su estado físico, no se compadecieron, mucho menos hicieron algo por ella. ¿No nos pasa lo mismo cuando nos encontramos con los enfermos o ancianos, solos, abandonados incluso por sus familiares; con los migrantes que sufren en su camino buscando mejores condiciones de vida, con los indígenas que trabajan en las parcelas o invernaderos…?

En cambio, un samaritano que iba de viaje pasó por el mismo lugar y también lo vio. Pero él reaccionó de otra manera. Un “pagano”, un “impuro”, un “hereje”, un “condenado por Dios”, de acuerdo a la mentalidad judía, tuvo la capacidad de compadecerse, es decir, de sentir en las entrañas el sufrimiento del otro y hacerlo propio. Esto lo llevó a realizar varias acciones más. Aquella persona se convirtió en el centro de su atención y el viaje pasó a segundo lugar.

Hay que tener en cuenta todo lo que hizo el samaritano. Se le acercó, o sea, se hizo prójimo, le limpió las heridas con aceite y vino, se las vendó, lo subió a su caballo, lo llevó al mesón, lo cuidó por la noche, dejó de su dinero para que lo siguieran atendiendo y prometió regresar. ¿Se parece a lo que hacemos con los tirados en el camino de la sociedad? Hay que tener en cuenta que lo que Jesús le dijo al doctor de la ley: “vete y haz tú lo mismo”, también es para nosotros.

Pidamos perdón a Dios por las veces en que, viendo el sufrimiento de otras personas, hemos sido indiferentes y pasado de largo. Pidámosle que no seamos insensibles ante la situación de los pobres, enfermos, migrantes, indígenas, ancianos… y más bien nos compadezcamos, como el samaritano, pues Jesús nos dice que vayamos y hagamos lo mismo que él. Que así como Jesús se hizo imagen visible de Dios, de la misma manera nosotros vivamos como otros cristos.

10 de julio de 2016

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