Homilía del sexto domingo de Pascua 2010

Texto: Jn 14,23-29.

Hace ocho días escuchamos de Jesús el mandamiento nuevo, es decir, que nos amáramos unos a otros como Él nos ha amado. Hoy, en el texto del Evangelio nos pide algo más, algo que es consecuencia, prolongación y manifestación de ese mandamiento nuevo. Nos pide amarlo a Él con la conciencia de que quien lo ama se convierte en templo de Dios. El signo del amor a Jesús es la práctica de sus enseñanzas: “El que me ama cumplirá mi palabra” (Jn 14, 23).

Si vivimos en el amor, ya estamos cumpliendo la palabra de Jesús, porque eso es lo que nos enseña con sus palabras y sus hechos; si nos amamos mutuamente en la comunidad, ya estamos cumpliendo la palabra de Jesús, pues nos pide que nos amemos unos a otros como Él lo ha hecho; si amamos a los pobres, en los que Jesús mismo se hace presente, ya estamos cumpliendo la palabra de Jesús, porque con su vida nos enseñó el amor a los pobres y excluidos.

Los discípulos de Jesús no podemos ni debemos hacer otro estilo de vida que no sea el del amor. Poner en práctica su palabra es poner en práctica la palabra de su Padre, porque la palabra del Padre es Jesús. Él es la Palabra hecha carne. En Jesús Dios nos comunica su proyecto de salvación, que está basado en el amor, como dijo el mismo Jesús: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él […] tenga vida eterna” (3, 16).

Jesús es el enviado por el Padre. Nos lo dio porque nos ama. Pero Jesús no va a estar todo el tiempo físicamente con sus discípulos, sino que va a regresar al Padre. De hecho, estas palabras que escuchamos en el Evangelio, las expresa en la Última Cena; de allí va al Huerto de los Olivos, donde es aprehendido para ser llevado a la cruz. Por eso hace dos promesas porque no quiere dejarlos solos: una, el envío del Espíritu Santo; otra, habitar en sus discípulos.

El Espíritu Santo será quien haga la presencia de Jesús resucitado entre sus discípulos: “el Paráclito, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho” (14, 26). Hoy nos recuerda que para manifestar que amamos a Jesús tenemos que cumplir su palabra, es decir, que tenemos que amarnos unos a otros, lavarnos los pies mutuamente, servir a los excluidos, perdonar a los enemigos…

Cumpliendo la palabra de Jesús estaremos preparados para convertirnos en templos de Dios, por lo que no basta con haber recibido el Bautismo, convirtiéndonos así en templos suyos. Toda nuestra vida tiene que ser una vivencia continua del mandamiento del amor y la consecuencia será llegar a ser sus templos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (v. 23). Ese es el proyecto de Jesús.

La respuesta la tenemos que dar cada uno de nosotros y como comunidad. Si personal y comunitariamente cumplimos la palabra de Jesús haremos que Dios habite en nosotros. Así se hará realidad la visión del autor del Apocalipsis: el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son el templo (21, 22). Dios en nosotros y nosotros en Dios por el amor vivido: la plenitud del Reino. Para eso tenemos que hacerle caso al Espíritu de Dios que nos recuerda las palabras de Jesús.

Al reunirnos para celebrar la Eucaristía dominical, nos encontramos con Cristo resucitado que nos alimenta con su Palabra y con su Cuerpo y su Sangre. Este encuentro y el doble alimento nos dan la paz que Jesús nos deja, para que luchemos por conquistarla en nuestro pueblo; este encuentro nos impulsa a vivir en el amor a los demás y a Jesús, para convertirnos en templos vivos de Dios. Preparémonos para recibir al Señor, ahora en la Comunión sacramental.

José Lorenzo Guzmán Jiménez, 9 de mayo de 2010

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