Homilía del Jueves de Corpus 2010

Hoy, después de la Eucaristía y como prolongación de ella, llevaremos a Señor Jesús, el Santísimo, por las calles de nuestra comunidad; iremos peregrinando, orando, reflexionando y cantando. De esta manera expresaremos públicamente nuestra fe en Jesús sacramentado y reasumiremos nuestro compromiso de prolongar la Eucaristía en la vida de la comunidad, puesto que tenemos el mandato de Cristo: “Hagan esto en memoria mía” (1Cor 11, 24).

“Hagan esto en memoria mía”

Textos: Gn 14, 18-20; 1Cor 11, 23-26; Lc 9, 11-17.

Hoy, después de la Eucaristía y como prolongación de ella, llevaremos a Señor Jesús, el Santísimo, por las calles de nuestra comunidad; iremos peregrinando, orando, reflexionando y cantando. De esta manera expresaremos públicamente nuestra fe en Jesús sacramentado y reasumiremos nuestro compromiso de prolongar la Eucaristía en la vida de la comunidad, puesto que tenemos el mandato de Cristo: “Hagan esto en memoria mía” (1Cor 11, 24).

Hacer memoria de Jesús no se reduce a repetir, en voz del sacerdote, las palabras dichas por Él durante la Última Cena al darse en el pan y en el vino: “Tomen, coman, esto es mi Cuerpo que se entrega por ustedes”; “Tomen, beban, este es el cáliz de mi sangre, derramada por ustedes; hagan esto en conmemoración mía”. Conmemorar a Jesús significa especialmente hacerlo presente en la vida ordinaria, dándonos para el bien de los miembros sufrientes de su Cuerpo.

San Pablo nos lo recuerda: “Cada vez que ustedes comen de este pan y beben de este cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva” (v. 26). Incluso lo recitamos algunas veces después de la consagración, pues la celebración de la Eucaristía está íntimamente unida a la entrega de Jesús, que culminó en la cruz. La Misa está también ligada a la entrega de los miembros de la Iglesia para atender a los pobres, a los hambrientos, a los excluidos de la sociedad.

Con la Eucaristía se anuncia la muerte de Jesús, se hace memoria de su entrega, se actualiza su presencia en medio de la comunidad. Para lograrlo plenamente, reanimados por la comunión sacramental y la procesión que viviremos enseguida, necesitamos atender las necesidades de nuestra comunidad, tal como Jesús enseñó a sus discípulos en aquel atardecer, cuando los Doce querían devolver a la multitud hambrienta para que fueran a buscar qué comer.

Jesús les pidió que ellos les dieran de comer. Los discípulos no nos podemos desentender de las situaciones de hambre ni podemos celebrar una buena Eucaristía mientras existan personas, familias, pueblos, que se queden sin comer. No se trata de dar algo como bienhechores sino de compartir lo que se tiene. Ellos, los Doce, tenían cinco panes y dos pescados. Con que los compartieran bastaba para que se diera respuesta al problema. Jesús hace que ajuste el pan.

Con los panes y los pescados compartidos para que los demás puedan comer está puesta la base para celebrar la Eucaristía. Lo que hizo Jesús con aquellos panes y pescados es lo mismo que realizó después en la Última Cena. San Pablo se lo recuerda a los Corintios, después de llamarles la atención porque mientras unos se hartaban de comida y se emborrachaban, otros pasaban hambre: tomó pan y, después de dar gracias, lo partió (vv. 23-24) y se lo dio.

Jesús les pidió enseguida que hicieran lo mismo en memoria suya. Les pidió entonces que se ofrecieran, que sirvieran, que compartieran lo que tenían, que se entregaran, que dieran su vida. Al vivir de esta manera estarían haciendo memoria del Señor porque lo estaban haciendo presente en medio del mundo. Al participar de la Comunión sacramental y acompañar al Santísimo por las calles de nuestro pueblo, expresamos que queremos mantenernos unidos a Él.

A nosotros nos toca realizar hoy lo mismo que Jesús: compartir como pobres nuestros panes para que nadie pase hambre, tomarlos en nuestras manos y dar gracias a Dios –eso significa la Eucaristía–, partirlos y distribuirlos entre pobres. Así celebraremos plenamente la Eucaristía, haremos verdadera memoria de Jesús y colaboraremos en la construcción de un mundo nuevo. Así la procesión de Corpus no será una tradición sino clara expresión de nuestra fe en el Señor.

3 de junio de 2010

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