Homilía del domingo del Bautismo del Señor 2011

“Es necesario que […] cumplamos todo lo que Dios quiere” (Mt 3, 15). Así le dijo Jesús a Juan el Bautista para convencerlo de que lo bautizara, tal como estaba haciendo con las personas que confesaban sus pecados y expresaban su compromiso de cambiar de vida para disponerse a recibir el Reino de Dios. Con esto Jesús se manifiesta como Hijo obediente a Dios desde el comienzo de su misión. La obediencia a Dios es algo que no nos tiene que faltar a los bautizados.

“Es necesario que cumplamos todo lo que Dios quiere”

 Textos: Is 42, 1-4. 6-7; Hch 10, 34-38; Mt 3, 13-17.

Jesús fue ungido por Dios con el poder del Espíritu Santo para servir.

“Es necesario que […] cumplamos todo lo que Dios quiere” (Mt 3, 15). Así le dijo Jesús a Juan el Bautista para convencerlo de que lo bautizara, tal como estaba haciendo con las personas que confesaban sus pecados y expresaban su compromiso de cambiar de vida para disponerse a recibir el Reino de Dios. Con esto Jesús se manifiesta como Hijo obediente a Dios desde el comienzo de su misión. La obediencia a Dios es algo que no nos tiene que faltar a los bautizados.

Jesús no tenía necesidad de recibir el bautismo de Juan, puesto que no era pecador. Pero quiso solidarizarse con el pueblo de Dios que, habiendo roto la alianza con Dios, se disponía a recibir al Mesías. La alianza se rompía por la desobediencia del pueblo que frecuentemente dejaba de vivir en la hermandad. De esta manera, al pedirle a Juan que lo bautizara, Jesús hizo suyas las esperanzas que su pueblo tenía de una vida mejor, que de seguro le traería el Mesías.

Juan reconocía que era él precisamente el que debía ser bautizado por Jesús y se resistía a bañarlo con el agua del río. Jesús le pidió que lo bautizara para cumplir lo que Dios quería. Se mostró obediente a su Padre y esto fue lo importante para Jesús. Dios aceptó la obediencia de su Hijo y lo reconoció como tal ante la multitud al decir: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias” (v. 17). Jesús no solo es su Hijo amado, sino que en Él se complace.

Son palabras semejantes a las dichas en relación a Israel: “Miren a mi siervo, a quien sostengo, a mi elegido, en quien tengo mis complacencias” (42, 1). Isaías no solo trasmite las palabras de Dios para su pueblo, sino que también presenta la misión de Israel que Jesús luego hizo suya: hacer brillar la justicia, establecer el derecho sobre la tierra, ser luz de las naciones, abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión y del calabozo a los que viven en tinieblas.

Esta misión la realiza por la acción del Espíritu Santo, que descendió sobre Él después de ser bautizado. Jesús realiza su misión por la acción del Espíritu. Así lo reconoce Pedro en su discurso pronunciado en casa de Cornelio: “Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret, y […] éste pasó haciendo el bien, sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hch 10, 38). De esta manera Jesús al servir, al hacer el bien, al curar, vivió como Hijo obediente de Dios.

Hacer el bien, sanando, liberando, anunciando y haciendo presente el Reino de Dios, es el modo como Jesús realiza el proyecto salvador de Dios. De este modo Jesús hace visible lo que dijo el Padre: que en Él tiene sus complacencias. En la vida y misión de Jesús, Dios se complace; por medio del servicio, Jesús vive su obediencia al Padre. Así tenemos que ser todos los bautizados, pues al recibir el Bautismo fuimos reconocidos por Dios como hijos suyos.

También recibimos el Espíritu Santo en el momento del baño bautismal. Es el mismo Espíritu que acompañó a Jesús y lo impulsó a realizar su misión de liberación. No es otro. Tendríamos que estar viviendo como hijos e hijas en los que Dios tiene sus complacencias, tendríamos que estar sirviendo a los demás como Jesús, tendríamos que estar haciendo el bien. A esto estamos llamados y comprometidos por el Bautismo. Como Jesús tenemos que hacer lo que Dios quiere.

La participación en la Eucaristía de este domingo, en que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, nos impulsa a repensar nuestra condición de hijos e hijas de Dios. ¿Estará Él complacido con lo que hacemos? ¿Nuestra vida estará siendo una expresión de obediencia al Padre? Alimentados con el Cuerpo y la Sangre de Cristo y dejándonos guiar por el Espíritu Santo, volvamos a nuestra comunidad a anunciar y hacer presente el Reino de Dios a través del servicio.

9 de enero de 2011

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