Homilía del domingo de Pentecostés 2010

Antes de ascender al Cielo, Jesús pidió a sus discípulos que permanecieran en la ciudad hasta que recibieran la fuerza de lo alto para ser sus testigos. En este domingo de Pentecostés celebramos la venida de esa fuerza, que es el Espíritu Santo, sobre los discípulos y, por tanto, el inicio de la misión de la Iglesia.

Por José Lorenzo Guzmán Jiménez

“Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”

Textos: Hch 2, 1-11; 1Cor 12, 3-7. 12-13; Jn 20, 19-23.

Antes de ascender al Cielo, Jesús pidió a sus discípulos que permanecieran en la ciudad hasta que recibieran la fuerza de lo alto para ser sus testigos. En este domingo de Pentecostés celebramos la venida de esa fuerza, que es el Espíritu Santo, sobre los discípulos y, por tanto, el inicio de la misión de la Iglesia. Jesús ya había enviado a sus discípulos desde el mismo día de la Resurrección: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (Jn 20, 21).

Inmediatamente después de quedar llenos del Espíritu de Dios, lo que sucedió cincuenta días después de la Resurrección de Cristo durante la fiesta judía de Pentecostés, los discípulos comenzaron a realizar la misión que Jesús les encomendó: “Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación”, “hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”, “serán mis testigos en Jerusalén, en Judea, Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”.

Con la fuerza del Espíritu Santo los discípulos comenzaron a dar testimonio de Jesús, cumpliendo así el mandato del Señor: empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse (Hch 2, 4). De esta manera inició la vida y la misión de la Iglesia. Con la celebración de esta Eucaristía dominical damos gracias a Dios por el don de su Espíritu, el mismo que Jesús comunicó a sus discípulos al reunirse con ellos el domingo de la resurrección.

Lo interesante de la primera predicación de aquellos misioneros galileos fue que personas de diferentes pueblos, culturas y lenguas que los escucharon, entendieron e hicieron suyo el mensaje. Lo importante entonces no fue tanto el viento ni las lenguas de fuego ni los idiomas, todos signos de la presencia renovadora del Espíritu en medio de la comunidad, sino el testimonio que los discípulos dieron de Jesús de Nazaret, muerto en la cruz y resucitado por Dios.

Quienes recibimos el Espíritu Santo en el Bautismo y la Confirmación también fuimos enviados a realizar la misión que Jesús encomendó a sus discípulos: anunciar el Evangelio a toda la creación, hacer discípulos, ser testigos de Jesús. A nosotros nos corresponde cumplir esta misión por todos los rincones de las comunidades del Sur de Jalisco, sumidas en una situación de pobreza, violencia, deterioro ecológico y desesperanza cada vez mayor.

Para realizar la misión, dejándonos conducir por el Espíritu comunicado a los discípulos de parte de Jesús la noche de la Resurrección y derramado sobre la comunidad en Pentecostés, tenemos que ir hasta los últimos rincones, buscar a los alejados, anunciarles el Evangelio en su lenguaje, despertarles el interés por Jesús, abrirles el camino para la vida comunitaria. Esto exige que dejemos resonar en nuestro corazón las palabras de Jesús: “así los envío yo”.

Pero, además de la conciencia de ser misioneros, es necesario aclarar que la misión se realiza a través de diferentes ministerios y que cada quien debe asumir un ministerio para colaborar en la misión, pues en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común (1Cor 12, 7): como catequista, celebrador de la Palabra, diácono permanente, presbítero, coordinador, ministro de la Eucaristía o de los enfermos, derechos humanos, animador de organizaciones básicas…

Cada ministerio en la Iglesia, además de estar orientado al anuncio del Evangelio, tiene como finalidad la construcción de la comunidad, ya que hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo (v. 13). Que la Eucaristía de hoy nos impulse a dar testimonio de Jesús, a anunciar la Buena Nueva, a asumir un ministerio concreto y a construir la comunidad. Como Jesús fue enviado por el Padre, así, alimentados con su Cuerpo, somos enviados por Él.

jlgj@libero.it

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