Homilía del 33er domingo ordinario 2010

Jesús anima a sus discípulos a que no se desanimen ante el hecho de la destrucción del templo y mucho menos ante las experiencias de persecución. Los invita más bien a ser perseverantes en su experiencia de seguimiento. Lo escuchamos en las palabras con que termina el texto del Evangelio que se ha proclamado: “Si se mantienen firmes, conseguirán la vida” (Lc 21, 19). El discípulo de Jesús tiene que ser perseverante y esto vale también para nosotros.

“Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”

Textos: Mal 3, 19-20; 2Tes 3, 7-12; Lc 21, 5-19.

Jesús anima a sus discípulos a que no se desanimen ante el hecho de la destrucción del templo y mucho menos ante las experiencias de persecución. Los invita más bien a ser perseverantes en su experiencia de seguimiento. Lo escuchamos en las palabras con que termina el texto del Evangelio que se ha proclamado: “Si se mantienen firmes, conseguirán la vida” (Lc 21, 19). El discípulo de Jesús tiene que ser perseverante y esto vale también para nosotros.

Para los judíos, y los primeros discípulos de Jesús eran judíos, el templo de Jerusalén, sólidamente construido y suntuosamente adornado, era el centro de su vida religiosa. Era tan importante para ellos que incluso le daba sentido a su vida. Pensar en que sería destruido –así lo anunció Jesús proféticamente– equivalía a pensar no sólo en el fin de esa construcción, sino incluso en el fin del mundo. Este hecho llevaría a cualquier judío al sinsentido de su vida.

Los discípulos de Jesús no tienen que poner su confianza y su seguridad en los templos materiales por más bonitos que sean, ni siquiera en el de Jerusalén que está destinado a su destrucción total hasta no quedar de él piedra sobre piedra. Tampoco tienen que preguntarse por la fecha en que esto sucederá. Jesús no les habla sobre el tiempo de la destrucción, sino que los invita a cambiar de rumbo en la vida. La seguridad no está en el templo sino en Jesús.

Los discípulos tenemos que poner nuestra confianza en Jesús y su proyecto del Reino. Esto es lo que da el sentido a la vida. Pero, confiar en Jesús implica experimentar el mismo destino de Él: la persecución, el sufrimiento, la condena a muerte, la muerte misma. Así lo anuncia Jesús: “los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernantes, por causa mía” (v. 12). Todo por seguirlo.

Pero también va a haber violencia contra los discípulos de parte de los suyos. No es la violencia como la de hoy por los puestos de poder, por tener las plazas, por venganzas de personas y grupos. Es la violencia que viene como consecuencia del testimonio: “los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía”  (vv. 16-17). Por causa de Jesús. Esto exige la perseverancia del discípulo.

Por eso, Jesús anima a sus discípulos a no desanimarse ante la persecución, el sufrimiento, la violencia recibidos por su causa: “Si se mantienen firmes, conseguirán la vida” (v. 19). El seguimiento a Jesús es lo que le da sentido a la vida de sus discípulos. Tenemos que dar testimonio de Jesús y nuestro testimonio tiene que ser claro, firme, constante, con la confianza de que Él mismo nos asiste. La perseverancia es la que asegura el triunfo final sobre la muerte.

A nosotros nos toca ser testigos de Jesús en medio de un ambiente cada vez más violento, de una pobreza más generalizada, de un estilo de vida centrado en el mercado y el consumismo, de un ambiente lleno de alcohol, sexo, negocio y droga, de familias fracturadas. En medio de este ambiente, que expresa que los templos de Dios –los hombres y mujeres– están siendo destruidos, es donde tenemos que mostrarnos como discípulos suyos, dando testimonio de vida.

Vivir como discípulos de Jesús a plenitud es lo que da sentido a nuestra vida. Pero necesitamos ser perseverantes. No hay otro camino. Para mantenernos firmes, el Señor se nos ofrece como Pan que da fortaleza en la Comunión sacramental. Con su palabra nos anima, con su Cuerpo nos fortalece, con su resurrección nos garantiza que la perseverancia lleva a la vida. Celebremos la Eucaristía dominical con esta conciencia y vayamos a dar testimonio de Jesús.

14 de noviembre de 2010

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