Síntesis de la Enciclica del Papa Francisco sobre la ecología

Ofrecemos una síntesis de la Encíclica Laudato si’, entregada por el Papa Francisco el 23 de junio. Esperamos les sirva de motivación para leer la Enciclica y proyectarla en la vida personal, familiar, comunitaria, laboral y social.

Encíclica Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común

Laudato si'

El título mismo nos da la orientación: “sobre el cuidado de la casa común”. Francisco plantea el desafío común de proteger nuestra casa común y expresa su preocupación porque toda la familia humana se una en la búsqueda de un desarrollo sostenible integral.

Está dirigida a todos los habitantes del planeta, no sólo a los católicos ni a los creyentes en Cristo ni a los hombres de buena voluntad. Para dialogar sobre su cuidado.

Considera a la Tierra, al igual que san Francisco de Asís, como hermana con quien compartimos la experiencia y madre que nos acoge entre sus brazos y nos cuida. De aquí la obligación de cuidarla. Es una hermana que protesta por el mal que le provocamos y una madre que se duele porque despreciamos sus cuidados y abusamos de ella creyendo que somos sus dueños y que tenemos todo el derecho de saquearla.

Los Papas anteriores –Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI– y el Patriarca ecuménico Bartolomé, han denunciado el maltrato a la naturaleza, debido a las estructuras humanas y sociales, basadas en el egoísmo, el afán de poder, el deseo de tener, el ansia de dominio, el abuso del mercado; y han señalado la necesidad de pedirle perdón, de vivir la conversión para hacernos responsables de su funcionamiento y de eliminar las causas estructurales de la disfunción de la economía mundial, para lograr una convivencia armónica. A los cristianos se nos recuerda que la Creación es un sacramento de comunión con Dios y entre nosotros los humanos.

El testimonio de San Francisco de Asís, patrono de los ecologistas, nos compromete a trabajar por una ecología integral, pues son inseparables la armonía con Dios y con los demás, la preocupación por la naturaleza, la justicia hacia los pobres, el compromiso social y la paz interior.

 

La Encíclica tiene seis capítulos y está atravesada por varios ejes: la relación íntima entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que todo el mundo está íntimamente conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de comprender la economía y el progreso, el valor propio de cada creatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida.

El Papa espera que esta Carta encíclica nos ayude a reconocer la grandeza, la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta.

 

1)      Lo que le está pasando a nuestra Casa.

Hay una crisis ecológica y debemos asumir los mejores frutos de la investigación científica que tenemos disponible, dejarnos tocar en profundidad y hacer concreto el consiguiente recorrido ético y espiritual. El objetivo no es recoger información o saciar nuestra curiosidad, sino tomar dolorosa conciencia, atrevernos a convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer la contribución que cada quien puede aportar.

Contaminación y cambio climático. La contaminación afecta cotidianamente la salud de las personas, especialmente de los más pobres, provocando millones de muertes prematuras. Esto está íntimamente ligado a la cultura del descarte, que rápidamente convierte todo –incluidos los seres humanos excluidos– en basura. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería. Nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático que, pasando por las migraciones de animales y personas, provocará la extinción de parte de la biodiversidad del planeta. Los peores impactos recaerán probablemente sobre los países en desarrollo.

La cuestión del agua. En muchos lugares la demanda supera a la oferta sostenible, mientras se deteriora la calidad del agua disponible hay lugares en que se tiende a privatizarla, siendo que es un derecho humano básico; muchos pobres no tienen acceso a ella; por dondequiera hay derroche.

Pérdida de la biodiversidad. Los recursos de la tierra están siendo depredados, las selvas y bosques se están perdiendo, miles de especies animales están desapareciendo, lo que lleva a un desequilibrio de los ecosistemas

Deterioro de la calidad de la vida humana y degradación social. Entre los componentes sociales del cambio global se incluyen los efectos laborales de algunas innovaciones tecnológicas, la exclusión social, la inequidad en la disponibilidad y el consumo de energía y de otros servicios, la fragmentación social, el crecimiento de la violencia y el surgimiento de nuevas formas de agresividad social, el narcotráfico y el consumo creciente de drogas entre los más jóvenes, la pérdida de identidad.

Inequidad planetaria. El ambiente humano y el natural se degradan juntos, lo que afecta de modo especial a los más débiles del planeta. Una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar.

La debilidad de las reacciones. El gemido de la hermana tierra se une al gemido de los abandonados del mundo, con un clamor que nos reclama otro rumbo. Nunca hemos maltratado y lastimado nuestra casa común como en los últimos dos siglos. Llama la atención la debilidad de la reacción política internacional, su sometimiento ante la tecnología y las finanzas que prevalecen sobre el bien común y dejan fuera lo que no forme parte de sus intereses inmediatos.

Diversidad de opiniones. No hay un solo camino de solución. Se ocupa entrar en diálogo hacia respuestas integrales.

 

2)      El evangelio de la Creación.

Son argumentos que brotan de la tradición judeo-cristiana, que nos llevan a hacer más coherente nuestro compromiso a favor del ambiente.

La luz que ofrece la fe. Para encontrar las soluciones a la complejidad de la crisis ecológica y sus múltiples causas es necesario acudir a las diversas riquezas culturales de los pueblos, al arte, la poesía, la ciencia, la vida interior, la sabiduría religiosa y la espiritualidad. Para los cristianos, las convicciones de la fe ofrecen grandes motivaciones y compromisos para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles.

La sabiduría de los relatos bíblicos. ¿Qué dicen los relatos bíblicos de la relación del ser humano con el mundo? Cada ser humano es creado por amor, a imagen y semejanza de Dios; de ahí viene la inmensa dignidad de cada persona humana. La existencia humana se basa en tres relaciones, estrechamente conectadas: con Dios, con el prójimo y con la tierra; estas relaciones vitales se han roto por el pecado, por haber pretendido ocupar el lugar de Dios, y se transformaron en conflicto. No somos Dios, no debemos explotar, dominar o destruir salvajemente la naturaleza, sino labrarla y cuidarla; es decir, vivir una relación de reciprocidad con ella, con la conciencia de que la tierra es propiedad de Dios y Él le dio un orden, y estamos llamados a conocer y respetar lo creado con sus leyes internas

Toda la vida está en peligro cuando la justicia ya no habita en la tierra y son descuidadas las relaciones consigo mismo, con los demás, con Dios y con la tierra, como sucedió con Caín y en tiempos de Noé. En estos relatos aparece la convicción de que todo está relacionado y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de las relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás.

La legislación de Israel contempla el descanso de la tierra, el perdón entre hermanos, la equidad de relaciones y el cuidado de los pobres; los salmos invitan al ser humano y a las demás criaturas a alabar a Dios, los profetas invitan a recobrar la fortaleza en los momentos difíciles contemplando al Dios poderoso que creó el universo.

El misterio del universo. Para la tradición judeo-cristiana, decir Creación es más que decir naturaleza. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona; la Creación es un proyecto amoroso de Dios, en el que cada criatura tiene un valor y un significado, y un don que nos convoca a la comunión universal.

El mensaje de cada criatura en la armonía de todo lo creado. Cada criatura tiene una función y ninguna es superflua. Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, es una continua revelación de lo divino. La interdependencia de las criaturas es querida por Dios y es para complementarse y servirse mutuamente, lo que lleva al deseo de adorar a Dios con el himno de san Francisco: “Alabado seas, mi Señor”. Toda la naturaleza, además de manifestar a Dios, es lugar de su presencia.

Una comunión universal. Todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde, especialmente entre humanos. Es evidente la incoherencia de quien lucha contra el tráfico de animales en riesgo de extinción, pero permanece completamente indiferente ante la trata de personas, se desentiende de los pobres o se empeña en destruir a otro ser humano que le desagrada.

Destino común de los bienes. La tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos, para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. Quien se apropia algo es sólo para administrarlo en bien de todos.

La mirada de Jesús. Jesús, una persona de la Trinidad que se insertó en el cosmos creado, corriendo su suerte con él hasta la cruz, vivía en armonía plena con la creación e invitaba a sus discípulos a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas. Hoy, resucitado y glorioso, está presente en toda la creación con su señorío universal.

 

3)      La raíz humana de la crisis ecológica.

Intenta llegar a las raíces de la situación actual, señalando no sólo los síntomas sino las causas más profundas. Hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla.

La tecnología: creatividad y poder. La ciencia y la tecnología son un maravilloso producto de la creatividad humana donada por Dios: le han ayudado al ser humano a remediar males y limitaciones, a mejorar la calidad de vida, a entrar en el ámbito de la belleza. Pero, a quienes tienen el conocimiento, sobre todo a los que tienen el poder económico, les da un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero; es tremendamente riesgoso que resida en una pequeña parte de la humanidad. El crecimiento tecnológico no ha estado acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia.

Globalización del paradigma tecnocrático. El problema fundamental es el modo como la humanidad ha asumido la tecnología y su desarrollo: de posesión, dominio y transformación; pero no respetando las posibilidades que ofrecen las cosas mismas, en interacción, sino extrayendo todo lo posible de ellas con la idea de un crecimiento ilimitado. Los efectos de la aplicación este molde a toda la realidad, humana y social, se constatan en la degradación de la vida humana, la sociedad y el ambiente. Esto se expande a la economía, que asume todo desarrollo tecnológico en función de la ganancia y el consumo, sin tener en cuenta que el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social. La cultura ecológica debería ser una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático; en la que, sin renunciar a la técnica, se le oriente hacia un progreso más sano, humano, social e integral, en un modelo de vida y convivencia no consumista.

Crisis y consecuencias del antropocentrismo moderno. El antropocentrismo moderno ha colocado la razón técnica sobre la realidad, por lo que ve a la naturaleza como objeto de dominio sin preocuparse lo que a ella le suceda y olvidándose que el ser humano forma parte de ella. Lo ha llevado a no reconocer en los demás seres un valor propio, negándoselo incluso al ser humano. Lo conduce a colocar en un segundo plano el valor de las relaciones entre personas y a debilitar su dimensión trascendente. Lo lleva a dar prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales y a considerar irrelevante todo lo demás si no sirve a los propios intereses inmediatos, a aprovecharse de los demás y tratarlos como objetos, explotándolos y esclavizándolos.

La forma correcta de entender al ser humano como señor del universo es considerarlo administrador responsable y colaborador de Dios. Si se plantea una ecología integral es indispensable incorporar el valor del trabajo, no sólo para conservar lo creado sino para labrarlo de manera que produzca frutos. Se trata de cualquier actividad humana que implique alguna transformación de lo existente. Esto impregna de sana sobriedad nuestra relación con el mundo, de mejoría material, de progreso moral y de desarrollo espiritual. Esto exige la prioridad del acceso al trabajo por parte de todos, para permitirles una vida digna, sin que la tecnología reemplace al trabajo humano.

Los adelantos científicos y tecnológicos, además de expresar la participación humana responsable en la acción creadora de Dios, deben considerar las consecuencias de toda intervención en un área del ecosistema. Por lo que no se deben dejar de replantear objetivos, efectos, contexto y límites éticos de esta actividad humana, para ayudar a la naturaleza a desarrollarse en su línea de creación de Dios. La técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder.

 

4)      Una ecología integral.

Propone una ecología que, en sus diversas dimensiones, logre integrar el puesto específico que el ser humano ocupa en el mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea.

Ecología ambiental, económica y social. La ecología estudia las relaciones entre los organismos vivientes y el ambiente donde se desarrollan. Todo está conectado, por lo que la naturaleza no es algo separado de nosotros o un marco de nuestra vida; somos parte de ella. Por eso, cuando se buscan las razones de la contaminación de una parte, se exige un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad, de las instituciones, los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, relacionales. Las líneas para una solución integral requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, devolver la dignidad a los excluidos y cuidar la naturaleza.

Ecología cultural. A la hora de analizar cuestiones relacionadas con el medio ambiente, hay que tener en cuenta la historia, cultura y arquitectura de las culturas locales, tan amenazadas como el patrimonio natural. La economía globalizada tiende a homogeneizar las culturas y a debilitar la inmensa variedad cultural, lo que puede ser tan dañino como la alteración de los ecosistemas; y hace falta incorporar la perspectiva de los derechos de los pueblos y las culturas, y a sus habitantes como actores sociales. Es necesario prestar especial atención a las comunidades aborígenes.

Ecología de la vida cotidiana. Para un auténtico desarrollo habrá que asegurar que se produzca una mejora integral en la calidad de vida humana, lo que implica analizar el espacio donde transcurre la existencia de las personas: la habitación, la casa, el lugar de trabajo, el barrio, el pueblo, la ciudad. Que estén ordenados, limpios, y garanticen el encuentro entre las personas. Una cuestión central de la ecología humana es la posesión de una vivienda propia. Igualmente lo es la valoración, cuidado y significado del propio cuerpo, que posibilita la relación con los demás y la naturaleza.

El principio del bien común. La ecología humana es inseparable de la noción del bien común, es decir, del conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección. El bien común presupone el respeto a la persona humana en cuanto tal, el bienestar social aplicando el principio de subsidiariedad, el cuidado de la familia, la justicia distributiva, la solidaridad, la opción por los más pobres, la incorporación de las generaciones futuras, la paz social.

Justicia entre las generaciones. No se puede hablar de desarrollo sostenible sin una solidaridad intergeneracional. Recibimos la tierra como un don y así la debemos transmitir a la siguiente generación. ¿Qué tipo de mundo queremos dejarles? Tiene que ser un planeta habitable y no lleno de escombros, desiertos y suciedad.

 

5)      Algunas líneas de orientación y acción.

En base a la reflexión anterior, Francisco propone varias líneas de diálogo y de acción que comprometan a cada persona y a la política internacional a colaborar para salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo.

Diálogo sobre el medio ambiente en la política internacional. Un mundo interdependiente significa procurar que las soluciones se propongan desde una perspectiva global y no sólo en la defensa de los intereses de algunos países. Debemos pensar en un solo mundo, en un proyecto común. Es indispensable un consenso mundial que lleve a programar una agricultura sostenible y diversificada, desarrollar formas renovables y poco contaminantes de energía, fomentar una mayor eficiencia energética, promover una gestión más adecuada de los recursos forestales y marinos, asegurar a todos el acceso al agua potable, responsabilizarse de la contaminación, estabilizar las concentraciones de efecto invernadero en la atmósfera, regular el comercio internacional de especies en  peligro de extinción, cuidar la diversidad biológica, detener la desertificación.

Las negociaciones internacionales no pueden avanzar significativamente por las posiciones de los países que privilegian sus intereses nacionales sobre el bien común global, e imponen a los países más necesitados de desarrollo la obligación de reducir las emisiones contaminantes. Los países pobres necesitan tener como prioridad la erradicación de la miseria y el desarrollo social de sus habitantes. Urgen acuerdos internacionales que se cumplan. Necesitamos una reacción global más responsable, que implica encarar al mismo tiempo la reducción de la contaminación y el desarrollo de los países y regiones pobres.

Diálogo hacia nuevas políticas nacionales y locales. Las cuestiones relacionadas con el ambiente y el desarrollo económico también requieren prestar atención a las políticas nacionales y locales. Son funciones impostergables de cada Estado planificar, coordinar, vigilar y sancionar, a la luz del bien común, respecto a la previsión y precaución, regulaciones adecuadas, vigilancia de la aplicación de las normas, control de la corrupción, acciones de control operativo sobre los efectos emergentes no deseados de los procesos productivos, e intervención oportuna ante riesgos inciertos o potenciales. Al poder político le cuesta mucho asumir este deber.

Mientras el orden mundial se muestra impotente para asumir responsabilidades, la instancia local puede hacer la diferencia, pues allí se puede generar una mayor responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una capacidad de cuidado, una creatividad más generosa, un entrañable amor a la propia tierra. La sociedad, a través de organismos no gubernamentales y asociaciones intermedias, debe obligar a los gobiernos a desarrollar normativas, procedimientos y controles más rigurosos. En los ámbitos nacionales y locales se pueden facilitar cormas de cooperación o de organización comunitaria que defiendan los intereses de los pequeños productores y preserven los ecosistemas locales de la depredación.

Diálogo y transparencia en los procesos decisionales. La previsión del impacto ambiental de los emprendimientos y proyectos requiere procesos políticos transparentes y sujetos al diálogo, elaborarse de modo interdisciplinario, transparente e independiente de toda presión económica o política; con el análisis de las condiciones de trabajo y de los posibles efectos en la salud física y mental de las personas, en la economía local, en la seguridad, con consensos entre los diferentes actores sociales. En la discusión deben tener un lugar privilegiado los habitantes locales, tanto en la elaboración de proyectos como en su seguimiento constante y plantearse si dichos proyectos aportarán a un verdadero desarrollo integral. Si para un proyecto hay peligro de daño grave o irreversible, la degradación del medio ambiente, debería detenerse o modificarse; la rentabilidad no puede ser el único criterio a tener en cuenta.

Política y economía en diálogo para la plenitud humana. La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y el paradigma eficientista de la tecnocracia. Pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que política y economía, en diálogo, reconozcan sus propios errores y se coloquen al servicio de la vida, especialmente de la humana.

La protección ambiental no puede asegurarse sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios, porque en ese esquema no hay lugar para pensar en los ritmos de la naturaleza, sus tiempos de degradación y regeneración, y en la complejidad de los ecosistemas; hay que desacelerar un determinado ritmo de producción y consumo para dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo, con el uso sostenible de los recursos naturales. Necesitamos cambiar el modelo de desarrollo global, porque un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso.

Necesitamos una política que, siguiendo el principio de subsidiariedad, piense con visión amplia, lleve adelante un replanteo integral, incorpore en un diálogo interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis, garantice el bien común e integre a los más frágiles.

Las religiones en el diálogo con las ciencias. No se puede sostener que las ciencias empíricas, por su metodología limitada, explican completamente la vida, el entramado de todas las criaturas y el conjunto de la realidad; en este marco desaparecen la sensibilidad estética, la poesía, y aun la capacidad de la razón para percibir el sentido y la finalidad de las cosas. Hay que interpelar a los creyentes a ser coherentes con su propia fe y a no contradecirla con sus acciones, a abrirse a la gracia de Dios, a beber en sus fuentes lo más hondo de sus propias convicciones sobre el amor, la justicia y la paz. Esto debería provocar a las religiones a entrar en diálogo entre ellas orientando al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a construcción de redes de respeto y fraternidad. Es imperioso también un diálogo entre las ciencias y entre los diferentes movimientos ecologistas para afrontar debidamente los problemas del medio ambiente. Es un camino que requiere paciencia, ascesis y generosidad.

 

6)      Educación y espiritualidad ecológica.

Convencido de que todo cambio tiene necesidad de motivaciones y de un camino educativo, propone algunas líneas de maduración humana, inspiradas en el tesoro de la experiencia espiritual cristiana.

Hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos; esto permitiría el desarrollo de nuevas convicciones, actitudes y formas de vida.

Apostar por otro estilo de vida. El consumismo obsesivo creado por el mercado es el reflejo subjetivo del paradigma tecnoeconómico. La obsesión por un estilo de vida consumista –en el individualismo, la autorreferencialidad y el aislamiento, y creyendo que se actúa en la libertad–, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca. Un cambio en los estilos de vida podría llegar a ejercer una sana presión sobre los que tienen poder político, económico y social. Todavía no hemos llegado a desarrollar la conciencia universal de que esto es posible. Por eso propongo los desafíos de despertar una nueva reverencia ante la vida, volver a desarrollar la capacidad de salir de sí hacia el otro, la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad, el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz, y la alegre celebración de la vida.

Educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente. Hoy la educación ambiental tiende a criticar los «mitos» de la razón instrumental (individualismo, progreso indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas) y a recuperar los distintos niveles de equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios; aquí la ética ecológica adquiere su sentido más hondo. El desafío es educarnos (en la escuela, catequesis, medios de comunicación, Iglesias, seminarios y casas religiosas de formación… pero sobre todo en la familia), para crear nuevos hábitos y una cultura de la vida: vivir con orden, limpieza y austeridad responsable, pedir permiso o perdón y agradecer, abrigarse en lugar de encender calefactores, admirar y cuidar la creación con acciones cotidianas, evitar el uso de plástico y papel, consumir menos agua, separar residuos, cocinar lo que se va a comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir vehículo, plantar árboles, apagar luces innecesarias, ver por el pobre…

Conversión ecológica. No será posible comprometerse en cosas grandes sólo con doctrinas sin una mística que nos anime, impulse, motive y dé sentido a la acción personal y comunitaria. La crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior íntegra, a una conversión ecológica comunitaria, que deje brotar las consecuencias del encuentro con Cristo en las relaciones con el mundo circundante. Proteger la obra de Dios no es algo opcional sino parte esencial de una existencia virtuosa. Para resolver la crisis ecológica no basta que cada uno mejore; a problemas sociales se responde con redes comunitarias y no con la suma de bienes individuales.

Gozo y paz. La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. Una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia, es la convicción de que «menos es más»; es decir, vivir con sobriedad y simplicidad, gozar con poco, agradecer lo que ofrece la vida, no apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos, evitar la dinámica del dominio y de la acumulación de placeres, vivir la fraternidad, el servicio, el contacto con la naturaleza y orar. Una ecología integral implica, como actitud del corazón, dedicar tiempo para recuperar la serena armonía con la creación, reflexionar acerca de nuestro estilo de vida e ideales, contemplar al Creador.

Amor civil y político. El cuidado de la naturaleza implica capacidad de convivencia y comunión, de gratuidad y amor, de una fraternidad universal. Una ecología integral está hecha de simples gestos cotidianos donde se rompe la lógica de la violencia, el aprovechamiento y el egoísmo. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que afecta tanto a las relaciones entre individuos como a las macro-relaciones sociales, económicas, políticas, culturales y ecológicas.

Signos sacramentales y descanso celebrativo. El universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo. El ideal no es sólo pasar de lo exterior a lo interior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino también llegar a encontrarlo en todas las cosas. Los Sacramentos son un modo privilegiado de cómo la naturaleza es asumida por Dios y se convierte en mediación de la vida sobrenatural. El agua, el aceite, el fuego y los colores con asumidos con toda su fuerza simbólica y se incorporan en la alabanza. En la Eucaristía lo creado encuentra su mayor elevación: Dios mismo, hecho hombre, llega a hacerse comer a través de un pedazo de materia por su criatura; unido al Hijo encarnado, presente en la Eucaristía, todo el cosmos da gracias a Dios, vuelve a Él en feliz y plena adoración. Por eso, es fuente de luz y motivación para preocuparnos por el ambiente y custodiar todo lo creado. La participación en la Eucaristía dominical tiene una importancia especial: se ofrece como día de la sanación de las relaciones con Dios, consigo mismo, con los demás y con el mundo; se anuncia el descanso eterno del hombre en Dios. El día de descanso permite reconocer los derechos de los demás y motiva a incorporar el cuidado de la naturaleza y de los pobres.

La Trinidad y la relación entre las criaturas. Cuando contemplamos con admiración el universo en su grandeza y belleza, debemos alabar a toda la Trinidad: al Padre, fuente última de todo y del amor; al Hijo, reflejo del Padre por el que todo fue creado; y al Espíritu, lazo infinito de amor y animador del universo. Todo en Dios está conectado y todo en el mundo es una trama de relaciones; esto nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad.

Reina de todo lo creado. María, la madre que cuidó a Jesús, ahora cuida con afecto y dolor este mundo herido. Así como lloró con el corazón traspasado la muerte de Jesús, ahora se compadece del sufrimiento de los pobres crucificados y de las criaturas de este mundo arrasadas por el poder humano. Elevada al cielo, es Madre y Reina de todo lo creado. Junto con ella, san José nos enseña a cuidar, nos motiva a trabajar con generosidad y ternura para proteger este mundo que Dios nos ha confiado.

Más allá del sol. Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios. La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo para aportar a los pobres definitivamente liberados. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza.

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