Sembrar la paz por medios pacíficos

Frente a los hechos de violencia que pasan a diario en México, los diferentes actores sociales (periodistas, sacerdotes, empresarios, políticos…) vamos asumiendo posturas no sólo diferentes sino, en muchos casos, contradictorias. Dependiendo de nuestra posición social y de las formas particulares de ver, sentir y pensar; calificamos o descalificamos lo que va sucediendo. Las fosas clandestinas de migrantes encontradas en Tamaulipas son para algunos sólo un incidente menor al que no tendría por qué dársele mayor importancia, mientras que para otros, son violaciones graves a los Derechos Humanos. Igualmente, las acciones de resistencia que llevan a cabo los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas son para ciertos sectores sociales expresiones pacíficas del descontento social, pero no para aquellos que sostienen la legalidad de la resolución presidencial tomada de desaparecer la Compañía de Luz y Fuerza del Centro. ¿Por qué ante los mismos hechos se adoptan posiciones tan distintas? ¿Por qué no aparece clara la línea que divide la paz de la violencia? ¿Qué puede hacer el ciudadano común, en su contexto particular, para contrarrestar la violencia y contribuir a la paz?

Diferentes formas de ver la violencia.

La forma de percibir y evaluar lo que sucede a nuestro alrededor juega un papel fundamental para avanzar hacia la paz o para mantener las cosas como están. Puesto que la realidad no es la misma para todas las personas, es posible ver de manera diferente la violencia que nos presentan los medios de comunicación. Sin embargo, para cambiar la forma de pensar, lo primero que se necesita es estar convencidos de que es posible una vida justa y pacífica para todos los mexicanos y tener una voluntad firme para conseguirlo.

Veamos el asunto de las percepciones. En la vida cotidiana siempre es posible «ver el vaso medio vacío o verlo medio lleno». Podemos continuar observando el daño que nos hacemos unos a otros y cómo las autoridades son incapaces de frenar las acciones del crimen organizado; o tomar cartas en el asunto para fortalecer todas aquellas capacidades humanas que hemos consolidado como especie a lo largo de la historia como la solidaridad, el altruismo, la cooperación, el cuidado, el amor o la confianza. Una cosa es ver la violencia, desde la misma violencia, y plantearse qué hacer para terminar con ella; y otra muy distinta es ver la violencia desde la paz para identificar las acciones que podemos realizar por medios pacíficos. Así, intentar enfrentar la criminalidad, convocando a la sociedad mexicana a sumarse a una guerra como lo ha planteado el presidente Calderón, es un absurdo. Utilizar a las Fuerzas Armadas para acabar con la violencia, sin atacar de raíz los males que nos aquejan como mexicanos (desigualdad y pobreza extremas, encarecimiento de combustibles y alimentos, abandono del campo y migración, falta de oportunidades para los jóvenes…) es permanecer ciegos y no ver la otra cara de la moneda.

En un intento por reconocer «ese lado diferente que tienen todas las monedas», hace unos días le preguntaba a una joven qué sentimientos le provoca enterarse diariamente de tantas malas noticias. Sin titubear, su respuesta fue rápida y clara: tristeza, rabia, enojo, impotencia. Sin embargo, al preguntarle qué pensaba de la violencia, luego de reflexionar algunos segundos, sólo atinó a decir: «es que no la pensamos». Su respuesta me hizo reflexionar en el papel que juegan los medios para manipular los sentimientos, dejando de lado el análisis detallado de las causas que llevan a la violencia y las alternativas que el ciudadano común puede poner en marcha para erradicarla. A partir de ese momento, la conversación con mi amiga se centró en precisar las consecuencias que tiene sentirnos afectados por la violencia, sin que esos sentimientos sean sometidos a un análisis crítico y reflexivo desde nuestra parte racional como seres humanos. Al no pensar lo que es la violencia –decía ella–, no logramos conocerla, ni sabemos qué hacer con ella. Respondemos al «ojo por ojo y al diente por diente», con lo que se crea más odio y más miedo. Se consolidan los estereotipos que nos hacen tenerle miedo «al chavo banda», «al cholo», a «los narcos», a «los emos», a «los ni-nis». Buscamos protegernos en el círculo conocido de la familia o los amigos, abandonando cualquier tipo de participación política, sin comprometernos en acciones que conduzcan a mejorar el entorno en que vivimos. Se profundizan las actitudes conservadoras al pensar «lo bueno que somos nosotros» y lo malo (y violentos) que son todos aquellos que no comparten nuestros mismos valores y visiones.

Pero la violencia, no está allá afuera. Nos rodea, nos afecta, nos invade, nos bombardea por todos lados…. Forma parte de nuestra vida. Cuando la discutimos, analizamos o criticamos en nuestras charlas y reuniones, le damos vida social; es decir, la vamos normalizando como algo natural de nuestras interacciones. Nosotros mismos, con nuestras conversaciones, nos convertimos en sus mejores portavoces. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esas charlas tequileras o de café no se traducen en acciones en pro de la paz. ¿Qué hacer para que nuestras conversaciones informales reviertan esta ola de violencia a la que estamos acostumbrándonos?

El jesuita Ignacio Martín-Baró, asesinado en El Salvador en 1989, en su libro Psicología Social desde Centroamérica, planteaba cuatro aspectos que deben ser tomados en cuenta para comprender lo que es la violencia. Primero –decía–, hay que especificar el hecho de violencia concreto del que se trata para no generalizar. No es el mismo tipo de violencia el que sufre un niño que es violado por un profesor en un kínder de Oaxaca, que la violencia psicológica que vienen padeciendo desde hace más de cinco años los pobladores de Temacapulin y otras comunidades de Jalisco cuyos pueblos pretenden ser inundados por la Comisión Nacional del Agua para construir sobr ellos una presa.

Segundo, hay que identificar quiénes son los actores implicados en esos hechos: víctimas y victimarios. En el caso del kínder se trata de un niño pequeño que necesita el cuidado de los adultos y un maestro con ciertos problemas personales que agrede a un menor de edad de esa manera; y en cuanto a la presa, son los habitantes de unas comunidades que temen perder su historia y su patrimonio, y se sienten despreciados por las autoridades al no haber sido consultados para la realización de esa obra.

Tercero, considerar el contexto en el que se llevaron a cabo los hechos. No en todas las escuelas son violados los niños que ahí estudian, ¿por qué precisamente en esa escuela de Oaxaca se violó a ese pequeño? Para almacenar agua existen muchas alternativas, ¿por qué la terquedad de una autoridades para construir una presa, en ese sitio, afectando a esas personas? Finalmente, el cuarto aspecto señalado por Martín-Baró, es comprender el fondo ideológico que justifica o rechaza el uso de la violencia. Esa violación que se dio en Oaxaca y esa presión psicológica con la que se intimida a los habitantes de Temacapulin, es aprobada o denunciada por los distintos actores sociales en función de ciertos valores, determinadas ideas o normas, que en conjunto conforman una manera particular de ver y posicionarse frente el mundo. «Violación sexual», «escuela», «comunidad», «consulta ciudadana», «migrantes», «decreto de extinción», «derechos humanos»… no son sólo palabras. Al utilizarlas para aprobar o reprobar lo que sucede, se crean nuevas relaciones y nuevas formas de comprender la realidad.

En síntesis. Podemos quedarnos con los sentimientos de rabia e impotencia y frustrados por no poder hacer nada. Podemos charlar con los amigos sobre todo lo malo que existe en el país. Pero podemos preguntarnos también, con la ayuda de los cuatro puntos propuestos por Martín-Baró, cómo afrontar con mecanismos pacíficos éstas y otras tantas situaciones que se dan en la vida cotidiana: el marido que golpea a los hijos bajo los efectos del alcohol, los alumnos de una secundaria que agreden sistemáticamente a uno de sus compañeros sin que éste pueda defenderse, los mineros que se quedan atrapados en un ‘pocito’ por la negligencia de los dueños para establecer medidas laborales de seguridad, los bebés que se encuentran en peligro en guarderías improvisadas y concesionadas a personas sin escrúpulos. En cada uno de los casos anteriores podríamos preguntarnos: ¿De qué tipo específico de violencia se trata y cuál podría ser la acción pacífica contraria que podría realizarse? ¿Qué otros actores podrían involucrarse para cambiar positivamente esa situación? ¿Qué se puede modificar del contexto para que no vuelva a ocurrir esa forma de violencia? ¿Qué otros valores, ideas, leyes o tradiciones culturales nos pueden ayudar a trascender situaciones similares a esas?

Además de lo señalado por el jesuita salvadoreño, otro estudioso de la paz y la violencia, el noruego Johan Galtung, propone considerar tres niveles en los que se da la violencia, a partir de los cuales es posible identificar tres maneras diferentes de hacer las paces [Figura 3]. En la violencia directa –comenta Galtung–, las manifestaciones externas son evidentes: muertos, heridos, ensangrentados, desaparecidos; y aquí la construcción de la paz consiste en frenar de la manera más rápida posible esa situación. Hoy, en México, esa paz se expresa con el grito de: ¡No más sangre! Por otro lado, y a diferencia de la violencia directa, las violencias estructural y cultural, al no tener expresiones tan sangrientas, permanecen más o menos invisibles y por lo mismo son más dañinas y difíciles de detectar. Son como el caldo de cultivo donde se va formando poco a poco la violencia directa. Algunos ejemplos de esa violencia estructural son la falta de medios de comunicación auténticos donde los diferentes actores sociales puedan expresar sus puntos de vista a través de un diálogo democrático y civilizado; la falta de oportunidades laborales y formativas para que los jóvenes puedan desarrollar sus habilidades; la falta de regulación por parte de las autoridades para controlar el crecimiento desmedido de las ciudades y que los nuevos espacios urbanos cuenten con servicios básicos como agua, luz, drenaje, pavimentos, centros de salud, etc. Y para hacer frente a esta violencia estructural, diferentes autores proponen consolidar las “3D” que no pueden estar ausentes cuando se habla de una Cultura de Paz: la Democracia, el Desarrollo y los Derechos Humanos.

Finalmente, la violencia cultural, es igualmente imperceptible porque está plasmada en una cantidad enorme de objetos, ritos, slogans, películas, canciones y refranes, que de tanto escuchar y utilizar nos parecen normales, llegando a considerarlos incluso parte de nuestra identidad. «El que no tranza no avanza» –se dice. «Un político pobre es un pobre político», «El que nace para maceta del corredor no pasa»; son unos cuantos ejemplos de eso que cotidianamente nos decimos unos a otros, que en muchas ocasiones se traduce en acciones concretas de discriminación, explotación, impunidad, indiferencia o corrupción. Pero, ya lo señalábamos anteriormente: debemos estar convencidos que los seres humanos tenemos capacidades para ver y pensar las cosas de otras maneras, independientemente de las costumbres en las que fuimos educados. Desde lo que se conoce como «Cultura de Paz» se proponen cuatro caminos para avanzar en esa dirección: 1) favorecer nuevas relaciones sociales, con más actores, ubicados en diferentes escalas y posiciones sociales, que actúen en los más diversos ámbitos de la actividad humana; 2) fomentar un pensamiento más complejo, menos dicotómico (de buenos y malos), más integral; 3) explotar la capacidad creativa de los seres humanos para crear nuevas instituciones, nuevas leyes, nuevas formas de organización; y 4) asumir los riesgos que implica cambiar la cultura, porque seguramente seremos objeto de burlas y críticas por pensar de manera diferente, por relacionarnos con actores sociales que no son bien vistos por nuestros amigos y conocidos o por buscar salidas creativas (y en ocasiones descabelladas) a los problemas que tenemos. Esa es la Cultura de Paz que estamos empañados en consolidar para cambiar nuestra manera violenta de ver, sentir, pensar, actuar y relacionarnos entre nosotros mismos y respecto de la naturaleza. Y un asunto adicional señalado por Galtung: la lucha contra la violencia y en pro de una nueva cultura pacífica (negativa, positiva o cultural) pude comenzarse desde cualquier punto del triángulo. Así, si lo deseamos, tenemos muchos caminos por dónde construir las paces que anhelamos.

La Paz como desarrollo y satisfacción de necesidades.
Al hablar de la violencia estructural se señalaba que el Desarrollo es una de las 3D que nos permiten enfrentar los efectos negativos de esa violencia. Pero, ¿cómo debemos entender el Desarrollo de manera que contribuya al crecimiento de las personas y las sociedades? Generalmente, ha sido entendido desde una visión simplista como progreso y crecimiento económico, y desde esta idea se echan a andar megaproyectos «de desarrollo» (presas, puentes, carreteras, autopistas…), se remodela el centro de las ciudades o se declaran algunas localidades como «pueblos mágicos» para el beneficio del turismo o se utiliza la tierra para sembrar productos agrícolas con alta rentabilidad económica. Sin embargo, este tipo de desarrollo, además de aumentar el deterioro de bosques, tierras, aguas, aire, etc., no ha logrado disminuir la desigualdad que se mantiene entre el hombre más rico del mundo y el 20% de la población que vive en extrema pobreza en México. Necesitamos una manera diferente (y pacífica) de entender el Desarrollo, que ponga en el centro del mismo a las personas y a los procesos de regeneración de la naturaleza. Esta visión alternativa plantea que, más que riqueza, crecimiento y progreso económicos (casi siempre en un formatos ‘mega’), el tipo de Desarrollo que hay que buscar debe girar alrededor de las necesidades de las personas, los grupos, las comunidades y los pueblos, es decir, debe ser «a escala humana» y autodependiente, ya que nadie puede imponer a otros un modelo o una idea determinada de desarrollo.

Pero las necesidades que deben ser cubiertas por este tipo de proyectos no pueden ser sólo aquellas catalogadas como » necesidades básicas» (vivienda, trabajo, educación o salud), ni pueden ser pensadas como una jerarquía (primero las de subsistencia y al final las de la autorrealización). Desde nuestra experiencia vital y nuestras capacidades para sentir y pensar, entendemos que como seres que compartimos el planeta con una infinidad de especies, como humanos necesitamos libertad para desarrollarnos, lograr nuestros propósitos y realizarnos a nuestra manera; entendimiento para saber cómo es el mundo que habitamos y de qué manera podemos convivir armónicamente con los demás seres vivos; participación porque somos conscientes de que sin los demás no podríamos alcanzar nuestros objetivos y que ellos a su vez requieren de nosotros para lograr sus metas; ocio porque estamos convencidos que en esta vida no todo es trabajar y ganar dinero, sino que el gozo y el placer forman parte fundamental de nuestra vida; creación porque nos encanta innovar, hacer las cosas de mil y una formas diferentes. También la subsistencia es una de nuestras necesidades porque valoramos la vida como el don más precioso que tenemos y debemos darle mantenimiento; la identidad porque desde nuestro ser social exigimos ser reconocidos como individuos o grupos únicos e irrepetibles; el afecto porque hemos experimentado que sin amor y ternura no podemos sobrevivir; y protección porque nos sabemos limitados y mortales que requerimos de muchos cuidados para no morir.

Sin embargo, no basta con el reconocimiento de las necesidades. Como grupos e individuos necesitamos ver «el otro lado de la moneda»: cómo satisfacerlas. Es aquí donde Max-Neef entiende el objetivo de ese otro tipo de desarrollo que señalábamos anteriormente y que denomina como un «desarrollo a escala humana»: cuando las personas se organizan para conseguir o construir, de manera autogestiva, por sí mismos, los satisfactores que necesitan. Éstos, –explica el autor chileno–, son las formas particulares e históricas como en cada contexto socio-cultural se satisfacen las necesidades. Lo que en Toluca puede ser fundamental para satisfacer la identidad, probablemente no funcione en Chihuahua; lo que resulta prioritario de entender para quienes viven en la playa, quizá no lo sea para los que habitan en los bosques. Ahora bien, los satisfactores –según Max-Neef– se pueden agrupar en cuatro ámbitos existenciales vinculados al ser, tener, hacer o estar de las situaciones concretas. Al poner el énfasis en el desarrollo de las personas, de sus actitudes y características particulares hablamos de satisfactores en el ámbito del ser: incrementar la autoestima, aprender a resolver conflictos, mejorar las formas de comunicación. Cuando lo que hace falta son leyes, normas o instituciones que faciliten el bienestar colectivo los satisfactores por los que hay que trabajar están asociados al tener, como por ejemplo: normas para el manejo de la basura, criterios para el uso de los recursos naturales, etc. Cuando lo que se plantea son las acciones personales y colectivas que hay que realizar para mejorar las condiciones de vida de una comunidad o localidad se habla de satisfactores vinculados al hacer. Y finalmente, cuando se identifican carencias que existen en términos de espacios, condiciones o situaciones, como serían un salón comunitario, un área verde para los niños, señalización adaptada a los discapacitados, etc.; los satisfactores que hay que conseguir o por los que hay que trabajar tienen que ver con el estar.

De esta manera, al relacionar cada una de las nueve necesidades humanas, con los cuatro ámbitos existenciales, Max-Neef propone preguntarse cuáles son los satisfactores que hay que conseguir, elaborar o consolidar en cada caso. Por ejemplo: ¿Qué deberíamos hacer para satisfacer la necesidad de creación? ¿Qué habría que cambiar en nuestra forma de ser para satisfacer la subsistencia de todos? ¿Qué espacios habría que diseñar para satisfacer la necesidad de afecto? Con esta matriz de necesidades y ámbitos existenciales, podemos identificar al menos 36 caminos por los cuales transitar hacia una vida más pacífica. No hay un camino para la paz, la paz es el camino, y hay muchas veredas por las cuales se puede transitar. Y algo más: en este escenario, la herramienta para avanzar en el desarrollo integral de las personas y los grupos, no puede ser otra más que el diálogo; diálogo que igualmente se puede entender como satisfactor para el afecto, la creación, la participación, la protección…

Reflexión final.

La violencia es una conducta que está siempre al alcance de la mano de cualquier que pretenda con ella «resolver» sus diferencias con los demás. Es práctica, útil y sencilla. Por la facilidad para acceder a ella y por su disponibilidad inmediata, los mexicanos nos encontramos ahora sumidos en una auténtica espiral de violencia con nefastas consecuencias para todos. Gracias a los señalamientos de Martín-Baró y Galtung se pueden identificar los elementos y dinamismos que constituyen la violencia, a partir de los cuales podemos preguntamos sobre las alternativas que existen para no quedarnos sumidos el lamento y la desesperación. ¡La paz por medios pacíficos es la alternativa! Y uno de esos medios es trabajar a favor del desarrollo. Pero no sólo de la riqueza económica, sino del desarrollo de las personas y comunidades que se dedican a buscar los satisfactores a las necesidades humanas, cambiando actitudes, creando nuevas instituciones y normas de convivencia, viendo y haciendo las cosas de otra manera o creando nuevos espacios para el diálogo y el encuentro con los demás. Dándole un giro de 180° a esa cultura de violencia que se empeñan en transmitirnos los medios, para transformarla en una auténtica Cultura de Paz con nuevos pensamientos y nuevas formas de relacionarnos.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 111
Autores: Dr. Gerardo Pérez Viramontes
Sección de Impreso: Semillas de Mostaza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *