Luchar contra la pobreza, es decirle sí al reino

En la historia de la humanidad siempre ha habido personas preocupadas por leer e interpretar los acontecimientos de la vida, analizando las causas y consecuencias. Unos desde la ciencia, otros desde la fe, y algunos, desde la ciencia y la fe. La propuesta de Gustavo Gutiérrez Merino, peruano de nacimiento, sacerdote dominico, filósofo y teólogo es una respuesta desde la fe en Cristo a la situación de pobreza y exclusión que viven las mayorías en nuestro continente latinoamericano. Por la novedad, profundidad y argumentación de su pensamiento es reconocido como el padre de la Teología de la Liberación. Su libro “Teología de la liberación-perspectivas”, escrito en 1971, ha sido traducido en 20 idiomas.

La situación de pobreza y exclusión que vivió Gustavo Gutiérrez en su infancia y juventud, marcó su estilo de vida y su pensamiento teológico. El 8 de junio de 1928 nació en la calle de El Arco, en el centro antiguo de la ciudad de Lima, Perú. A los doce años fue afectado por la enfermedad de la osteomielitis, que lo obligó a permanecer en una silla de ruedas y en cama durante seis años. Sin duda que esta experiencia fue fuente de su integridad, de su fe firme, de su rigor intelectual, de su vocación y de su práctica social y pastoral con los más vulnerables de la sociedad.

Una vez restablecido, en el año 1947, ingresó a la facultad de Medicina de la Universidad de San Marcos de Lima, con la esperanza de ser psicólogo. En este tiempo sintió el llamado de Dios a ser sacerdote. Gustavo, responde e ingresa al seminario en Santiago de Chile. Sus superiores reconociendo su capacidad intelectual lo enviaron a estudiar a Europa.

Estudió filosofía y psicología en la Universidad de Lovaina, Bélgica. Luego en la facultad teológica de Lyon, Francia, donde consiguió la licenciatura. El contacto y diálogo con sus eminentes profesores, muchos de ellos asesores teólogos del Concilio Vaticano II, le permitieron tener una visión amplia y profunda del contexto histórico que se vivía a mediados del siglo XX. En 1959 fue ordenado sacerdote dicoesano. Hace cinco años, por el influencia que provocó la vida y obra de Fray Bartolomé de las Casas, decidió pertenecer a la orden religiosa de los Dominicos.

De regreso a su país, trabajó como consejero de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC) y fue profesor de teología y ciencias sociales en la Universidad Católica de Lima. En 1975 fundó el centro de reflexión “Bartolomé de Las Casas”. En 1985 obtuvo el doctorado en teología por la facultad de Lyon con la máxima calificación. Su tema de tesis, giró en torno a la relación entre Dios y el pobre.

La experiencia nos dice que los hechos y las ideas son las cartas credenciales que identifican a las personas. Hemos hablado algo de su vida. Ahora, nos arriesgamos a hacer un breve comentario sobre su pensamiento en torno al tema de la pobreza que ha sido fuente y motor de su reflexión teológica y que está plasmada en sus decenas de libros y de conferencias que este teólogo ha impartido a lo largo de su vida y a lo ancho del mundo.

Su propuesta teológica surge como una respuesta desde su fe a la situación de pobreza y miseria que padecen la mayoría de los latinoamericanos. A partir de un análisis bíblico sobre la pobreza, afirma: “la pobreza no es una fatalidad, sino una condición; no es voluntad de Dios, sino fruto de estructuras sociales injustas”.

Distingue dos estados de pobreza: uno, como un estado escandaloso; el otro, como un estilo de vida, que llama infancia espiritual. Sostiene que el primero es aborrecido por Dios, y que el segundo es valorado y querido por Él. Estos dos estados de pobreza conviven en la fe de los creyentes de América Latina. Mientras el pueblo profesa su fe en el Dios de la Vida, muere preso del hambre y de la injusticia. Por un lado, tiene hambre de Dios y, por otro, tiene hambre de pan, y esto es un binomio incompatible”, subraya Gutiérrez.

La línea que atraviesa su reflexión es la relación de amor gratuito entre Dios y los pobres. “Este es el corazón del mensaje bíblico y el eje de la vida cristiana”, afirma Gutiérrez.

Desde este presupuesto, deduce que el cristiano, como testigo de la resurrección de Jesús, debe luchar por superar la pobreza material, social, cultural, religiosa que significa muerte; que es inhumana y contraria a la voluntad de Dios. “Si la pobreza es contraria a la voluntad de Dios, luchar contra la pobreza es una forma de decirle sí al proyecto del Reino y ser fiel seguidor de la causas por las que Jesús luchó y lo llevaron a la cruz”, escribe Gutiérrez en su libro “Desde el reverso de la historia”. Esta propuesta teológica iniciada por Gustavo Gutiérrez se le conoce como la Teología de la Liberación. Ha sido seguida y defendida por unos. Pero también fuertemente atacada y perseguida por otros. Hay muchos que la quieren borrar del mapa por considerarla una simple ideología con tintes marxistas; dicen que no es viable, que está desfasada, que no tiene arrastre popular.

Pero otros muchos creemos que su propuesta está más viva que nunca, porque cree que la fe no debe estar divorciada de la vida. Que la vida tiene un horizonte y un destino más allá de este mundo. Que la última palabra no la tienen los idólatras del dinero, sino Dios. Que la materia del juicio de Dios será por lo que hacemos o dejemos de hacer por nuestros hermanos los más pobres, que en última instancia, son quienes nos abrirán o cerrarán las puertas del cielo.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 111
Autores: P. Luis Antonio Villalvazo
Sección de Impreso: Luz y Fermento

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