Los niños trabajan para comer, ya no para aprender

Para llegar a los campos de cultivo de chile y jitomate, los hijos de Don Cecilio se levantan a las seis de la mañana. La camioneta pasa por los jornaleritos media hora más tarde y en el camino se comen un pastelillo de chocolate que en la tienda cuesta cinco pesos. La promesa de ganar casi 400 pesos diarios por familia motivó a que los pequeños se olvidaran de la escuela y se fueran al campo.

Mucha tinta se ha utilizado para describir la situación y sólo para darle contexto vale repetir algunos datos. Miles de familias de estados como Guerrero y Michoacán, principalmente de origen indígena migran hacia distintos municipios del sur de Jalisco a emplearse fundamentalmente en los cultivos de hortalizas y el corte de la caña de azúcar.

En las últimas tres décadas se ha aplicado en el agro mexicano un sistema de producción de la máxima acumulación de capital posible, con la explotación de los recursos locales. Este sistema transformó la posesión de la tierra y pequeñas parcelas que antes pertenecían a familias, pasaron a manos de grandes compañías que poseen miles de hectáreas de tierra fértil.

Para producir principalmente hortalizas y caña de azúcar, emplean a migrantes en condiciones laborales altamente desfavorables: sueldos muy bajos por largas jornadas de trabajo. Hacinamiento en viviendas y subcontrataciones que dificultan las prestaciones de seguridad social. Los trabajadores agrícolas también se exponen al uso de agroquímicos. Y como se ha manifestado incluso en la Recomendación 15/98 de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH) se utiliza mano de obra infantil.

Los empresarios y las autoridades se reparten la culpa e incluso la pasan a los trabajadores. Aseguran que son los jornaleros quienes condicionan su trabajo a la contratación de los menores, aunque mantienen el mismo esquema de sueldos bajos. Las autoridades por su parte, distribuyeron el año anterior la cifra del Consejo Estatal de Población que afirma que entre el 2007 y el 2009 hubo 16.8% menos trabajo infantil que en años anteriores y lo presumieron como un gran logro.

Los hijos de Don Cecilio, ambos menores y en edad de ir a quinto de primaria y primero de secundaria, aportan casi otros dos sueldos a la economía familiar. Y el progenitor sueña con juntar un poco de dinero y regresar a Guerrero, con unos ahorros para poner un negocito y entonces sí, que sus hijos vayan a la escuela en la mañana y le ayuden en la tarde.

Preparación y formación para una vida dura

El trabajo infantil en el campo ha existido desde que el mundo es mundo. Quienes vivieron en comunidades rurales y tienen más de cincuenta años, podrán recordar que “les tocó ayudar” en trabajos propios de la siembra y cosecha de maíz, que era lo más común en el Sur de Jalisco y que desde temprana edad los llevaron a los campos por lo menos a que les picaran los moscos.

Durante décadas nacer y vivir de la tierra era la forma de vida más común. Por eso desde temprana edad los niños salían de casa junto con sus padres, hermanos mayores o tíos, y se integraban a las labores. Las primeras encomiendas eran “llevar lonche”, una actividad poco cansada pero que hacían que los niños entraran en contacto con el campo y con las charlas propias de él.

Y en esas conversaciones se aprendían de la realidad de los campesinos, sus preocupaciones por el trabajo. Los aspectos lúdicos de los deportes practicados en la tarde y de los amores de los hombres y sus mujeres. Los niños se asomaban poco a poco al mundo de los adultos y se preparaban para entrar en él.

La siguiente actividad común era la siembra. Dependiendo del terreno y las costumbres de cada pueblo, pero la instrucción general era caminar por los surcos que previamente el papá había hecho con la Coa –instrumento de labranza parecido a una lanza-, y colocar tres semillas de maíz en cada pozo para después cubrirlo con la tierra.

Con el paso del tiempo y según aumentaba las posibilidades físicas de los niños, participaban en los demás procesos y junto con ello aprendían los secretos del oficio. De la mano siempre de los padres, quienes les transmitían de esa manera, los conocimientos y las habilidades necesarias para ganarse la vida en un futuro no muy lejano.

Quienes tenían parcela también labraban su futuro. Quienes no la tenían y sembraban “a medias” se adentraban en una vida que les esperaba y que les mostró en cierto momento que la podían cambiar.

También existía una contribución a la economía de las familias. Los niños a final de cuentas también trabajaban. La diferencia es que durante los primeros años de vida la producción económica era secundaria y tenía más que otra cosa intenciones educativas y de formación.

El camino que transitaban los jaliscienses del sur hace años incluía escuela, juegos y también actividades que les infundían amor al trabajo, al campo y a la superación.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 108
Autores: Raíces del Sur
Sección de Impreso: Carlos Efrén Rangel

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *