La violencia, ese perverso deseo

Por: Pabro. Juan Manuel Hurtado

En los últimos meses nuestros oídos se han embotado con la voz de la violencia. En nuestros barrios y ciudades escuchamos la queja de los vecinos, causada por un familiar desaparecido o secuestrado. Se nos informa puntualmente sobre los enfrentamientos entre bandas de la delincuencia organizada, o de ésta con el ejército mexicano. Aquí está la pérdida de vidas humanas, no sólo de quienes están involucrados en el conflicto, sino de muchos civiles, testigos mudos del odio, del rencor, del ansia desmedida de poder y dinero.

El espectro que presenta México en los últimos años es severo y escalofriante, en cuanto al uso de la violencia se refiere. Ya estamos catalogados entre los cinco países más violentos del planeta.

En cuanto a las causas de la violencia, aparecen desde la falta de fuentes de trabajo, bajos salarios, la venta de estupefacientes y el requerimiento de droga por parte de Estados Unidos –que es donde más se consume-  hasta el sistema capitalista neoliberal que favorece la injusticia e inequidad de nuestra sociedad, al poner  el mercado y el  dinero como valores absolutos. Para que estos funcionen se echa mano de cualquier medio, sin importar consecuencias ni principios: la mentira, la extorsión, la simulación, la presión, el robo, la violencia y el asesinato.

Estas causas explican en parte el problema, pero no son toda la explicación. Nosotros vamos a analizar la violencia desde otro parámetro. En palabras del antropólogo y analista social René Girard, la causa de fondo de la violencia es el deseo mimético[1].Esto expresa la dinámica del Chivo expiatorio. La quema de brujas en la edad Media, el Holocausto judío a manos de los nazis  y  los mismos mitos de las tragedias y de las cosmogonías, no hacen, a su juicio, mas que ejemplificar el uso de la violencia  y su tesis del Chivo expiatorio, llevándola hasta  los niveles de Ritos  para el equilibrio del universo.

Aparece un mal en la sociedad, una peste, entonces hay que buscar al culpable de que esto suceda, y se encuentra: un curandero, una minoría exótica, una minoría racial. Con el agravante de que estos sujetos son vistos como “deformes, extraños”, algo malo encarnan. Entonces la sociedad se unifica y levanta su dedo flamígero y señala al culpable: hay que exterminarlo y así la sociedad sanará, volverá la primitiva armonía y paz. Esto hicieron con la quema de brujas, poseídos del mal en la Edad Media, esto se hizo en el Holocausto judío de la Alemania Nazi.

Aquí se da un proceso de objetivación por medio del cual se descarga en la víctima encontrada todo el malestar, toda la ira de la sociedad. Se cree haber encontrado la solución. La víctima llega a asumir un rol hasta sagrado, una vez que ha expiado la falta.

Ahora ¿Por qué las sociedades recurren a la dinámica del Chivo expiatorio? René Girard descubre que en el fondo de todo está el deseo mimético que hay en la persona: aprendemos de los demás, recibimos el sentido de los demás. Y más aún, deseamos lo que los demás desean, pero no tanto por el objeto deseado, sino por imitar el deseo que otros tienen de ello. Esto lo llama Girard “mímesis de apropiación”. Aquí se juega nuestra propia identidad: queremos ser. Queremos obtener el objeto deseado para ser como el otro a quien imitamos. Y esto  puede darse como experiencia gratuita en el “yo soy para ti”. O puede darse también como competencia, lucha con el otro que ahora es un adversario. Si se logra igualar y superar, se habrá logrado el objetivo; de lo contrario, habrá que eliminar al adversario y entonces se recurre a la violencia. El es el culpable de que yo no avance, él es el obstáculo a vencer, él es el causante de los males que aquejan a la comunidad y entonces mejor hay que eliminarlo. Girard observa que en las culturas ha imperado la mímesis conflictiva.

Esta dinámica del Chivo expiatorio es eliminada con el acontecimiento de la muerte de Jesús en la cruz, el Mesías, una víctima no resentida. En vez de seguir la violencia su curso, Jesús asume la violencia con su entrega hasta la muerte y le quita su fuerza. El no busca culpables donde recargar la violencia ejercida contra él, El asume sobre sus espaldas toda la violencia y muere en un acto de entrega y donación. Sus palabras en la Cruz: “ Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, están indicando el sentido que Jesús da a su propia muerte, el sentido que Jesús da a su entrega: es por la salvación del mundo, no para que el mundo se pierda.

Pues este análisis de la categoría del “Chivo expiatorio” que hace René Girard viene a dar nueva luz al mundo de violencia que vivimos en México. Y  el aporte de la contra-dinámica de la Cruz de Jesús ilumina el camino de la solución.  Se trata de crear otro sistema social, no basado en la explotación, en la acumulación, ni en la eliminación del contario.

Publicación en Impreso

Número de Edición: 108
Autores: Ventana desde la fe
Sección de Impreso: Pbro. Juan Manuel Hurtado

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