Homilía para la Natividad del Señor 2016

Jesús, la Palabra hecha carne

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Estamos celebrando el Nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne mortal. Con la Eucaristía de hoy –que coincide con el domingo, Día del Señor–, agradecemos como Iglesia el cumplimiento de la promesa de Dios de enviar a un Redentor. Esta promesa fue sostenida por los profetas, como escuchamos a lo largo de las cuatro semanas del Adviento. Isaías, en el texto proclamado, todavía anuncia que la salvación de Dios la verá toda la tierra. Esta salvación prometida y anunciada llegó con Jesús, que es reconocido en los textos bíblicos como la Palabra de Dios.

Jesús, la Palabra hecha carne

Textos: Is 57, 7-10; Hb 1, 1-6; Jn 1, 1-18.

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Estamos celebrando el Nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne mortal. Con la Eucaristía de hoy –que coincide con el domingo, Día del Señor–, agradecemos como Iglesia el cumplimiento de la promesa de Dios de enviar a un Redentor. Esta promesa fue sostenida por los profetas, como escuchamos a lo largo de las cuatro semanas del Adviento. Isaías, en el texto proclamado, todavía anuncia que la salvación de Dios la verá toda la tierra. Esta salvación prometida y anunciada llegó con Jesús, que es reconocido en los textos bíblicos como la Palabra de Dios.

Dice la Carta a los Hebreos que Dios nos ha hablado por medio de su Hijo. Esta es la Palabra de Dios. Palabra sostenida a lo largo de la Historia de la Salvación. Palabra existente desde antes de la creación del mundo, como dice el texto evangélico. Palabra creadora de esta nuestra Casa común. Palabra cumplida con la Encarnación y Nacimiento de su Hijo. Palabra manifestada en la persona de Jesús de Nazaret, el hijo de María y de José. Palabra que da vida e ilumina al mundo y a las personas. Palabra que espera ser recibida, escuchada, aceptada, transmitida, testimoniada.

Esta Palabra se hizo carne en el vientre de María de Nazaret, cuando ella le dijo al ángel que era la servidora del Señor y que se cumpliera lo que el ángel le había dicho: que concebiría y daría a luz un hijo, el cual llevaría por nombre Jesús. En ese momento el Hijo de Dios comenzó a habitar entre nosotros, con nosotros y como uno de nosotros. Nueve meses después nació en Belén, en una cueva, en un pesebre, en la periferia, porque no encontraron lugar en la posada. Esto sucedió hace dos mil años y hoy lo celebramos solemnemente.

Jesús fue recibido por unos y rechazado por otros desde el momento de nacer. No lo recibieron en la ciudad sino fuera de ella; los pastores acudieron con mucha alegría a conocerlo y a platicarles a María y a José lo que los ángeles les dijeron del Niño. A lo largo de su ministerio, hubo quienes lo escucharon, creyeron en Él y lo siguieron, se hicieron en discípulos suyos, se dejaron iluminar y alimentar por Él, se convirtieron en testigos suyos. Pero también hubo quienes ni lo escucharon ni lo siguieron, mucho menos dieron testimonio de Él: Herodes, los sumos sacerdotes, muchos escribas y fariseos; más bien lo rechazaron, incluso hasta condenarlo a muerte y hacer que fuera crucificado. Los suyos no lo recibieron, como dice el evangelista.

Día a día, Jesús la Palabra hecha carne y habitante entre nosotros, sigue haciéndose presente en nuestra vida. Es la Palabra hecha pobre, la Palabra hecha migrante, la Palabra hecha enfermo, la Palabra hecha indígena, la Palabra hecha víctima de la violencia, la Palabra hecha preso, la Palabra hecha anciano abandonado, la Palabra hecha drogadicto, la Palabra hecha descartado. Allí nos está hablando Dios, allí se encarna su Hijo, allí nos ofrece el camino de la salvación. Tenemos que escucharlo, aceptarlo, recibirlo, hacerlo parte de nuestra vida, dar testimonio, ofrecer la luz y la vida que Él nos trae. De otro modo, el lamento del evangelista se mantendrá, porque la Palabra de Dios viene a los suyos –a los bautizados– y los suyos no lo reciben.

En esta celebración, la Palabra ha venido en esta asamblea reunida en su nombre, ha sido proclamada en el Evangelio y se hará Pan y Vino para alimentarnos sacramentalmente. De esta manera la Palabra que se hizo carne en María sigue habitando entre nosotros y uniéndose a nosotros. Esto sucederá de manera especial en la Comunión. Nuestro compromiso es aceptarlo, recibirlo y llevarlo a los demás, ser testigos suyos. Preparémonos para convertirnos en morada suya.

25 de diciembre de 2016

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