Homilía para La Ascensión del Señor 2013

Bautizados con el Espíritu Santo

Textos: Hch 1, 1-11; Hb 9, 24-28; 10, 19-23; Lc 24, 46-53.

Ascensión C 001

El jueves pasado se cumplieron cuarenta días de la Resurrección de Jesús. Hoy domingo retomamos en la liturgia el acontecimiento de su Ascensión. Jesús subió al cielo. Se alejó físicamente de sus discípulos, pero se quedó con ellos espiritualmente. Después de haber comido todos esos días con ellos, de convencerlos de su Resurrección, de insistirles que debían ser sus testigos, les pidió que permanecieran en Jerusalén para ser bautizados con el Espíritu Santo.

Jesús se elevó al cielo. Sus discípulos permanecieron ligados a la tierra. La misión de Jesús había terminado, la misión de los suyos comenzaba. Pero, antes de despedirse, se comprometió a enviarles su Espíritu para que los fortaleciera, los acompañara y los guiara para ser sus testigos. Esto de fortalecerlos, acompañarlos, guiarlos es lo que significa ser bautizados con el Espíritu Santo. Se recibe al Espíritu Santo para salir a la misión, para testimoniar a Jesús.

El próximo domingo celebraremos la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos y discípulas de Jesús. Con su venida, ellos quedaron bautizados y comenzaron a dar testimonio de Jesús de Nazaret, muerto en la cruz y resucitado por Dios. Bautizar significa sumergir y emerger, entrar y volver a salir, pero transformados, con una vida nueva, en una situación nueva. El bautismo implica un cambio en la persona, en la comunidad. Eso sucede con el Espíritu de Dios.

El cambio producido por el Espíritu Santo no es un sentimiento interior, ni una sensación de agrado o bienestar o un sentirse con comodidad. El cambio que trae es un impulso interior para ir a la misión, una motivación para vivir como Jesús, un gusto por llevar el Evangelio. Esto sucede de manera personal y comunitaria. Esta transformación y el ejercicio de la misión traen compromisos y dificultades, conllevan críticas y persecuciones, como le sucedió al mismo Jesús.

Pero Jesús les pidió permanecer reunidos como comunidad en Jerusalén. Era necesario prepararse para recibir la fuerza para ser misioneros. Se ocupaba seguir reflexionando sobre la tarea que tenían sobre sus espaldas. Se necesitaba aclarar en qué consistía la misión. Ellos debían mantenerse en la oración y la convivencia comunitaria. Eso fue lo que hicieron durante los siguientes diez días, después de la Ascensión del Señor y antes de ser bautizados con el Espíritu.

¡Cómo nos hace falta ser conscientes de esta realidad! Creemos que basta con que los niños reciban los sacramentos, pensamos que con hacer oración es suficiente, tenemos la idea de que por participar en la Misa dominical ya somos buenos católicos. Ciertamente es necesario recibir la gracia sacramental, sobre todo los domingos en la Eucaristía; se ocupa leer y reflexionar la Palabra de Dios, orar para estar en las manos de Dios, asistir a las demás celebraciones.

Pero la vida cristiana no se reduce a eso. Ahí, en la oración, la reflexión de la Palabra, la celebración, cada discípulo y cada comunidad se alimentan, se fortalecen, pero para salir a la misión, para ser testigos de Jesús por todos lados. A ellos les dijo que fueran sus testigos en Jerusalén, Judea, Samaria y por los últimos rincones de la tierra. A nosotros nos pide que seamos sus testigos en los lugares de trabajo y en todos los rincones de los barrios, colonias y ranchos.

La Ascensión de Jesús es la oportunidad para madurar. Estando solos, pero asistidos por el Espíritu de Jesús, sus discípulos crecen como misioneros. No permanezcamos pasivos de frente a la misión, viendo que otros la realizan. Al comulgar, asumamos nuestro compromiso de ser testigos de Jesús y salgamos luego a llevar la esperanza donde hay sufrimiento, dolor, violencia. Construyamos la paz por el respeto y el perdón. Para eso nos bautizaron con el Espíritu Santo.

12 de mayo de 2013

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