Homilía para el Domingo de Ramos 2018

Acompañar al portador del Reino

Domingo Ramos

PROCESIÓN: Hemos traído nuestras palmas para la bendición. Con este rito y la procesión que haremos enseguida, iniciamos el camino de acompañamiento a Jesús, que entró a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Esta entrada, que fue festiva y triunfal por las vivas y las aclamaciones al que venía en nombre del Señor, como acabamos de escuchar en la narración de san Marcos, culminó después en Pasión, Muerte y Resurrección.

Acompañar al portador del Reino

Textos: Is 50, 4-7; Flp 2, 6-11; Mc 14, 1-15, 47

Domingo Ramos

PROCESIÓN: Hemos traído nuestras palmas para la bendición. Con este rito y la procesión que haremos enseguida, iniciamos el camino de acompañamiento a Jesús, que entró a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Esta entrada, que fue festiva y triunfal por las vivas y las aclamaciones al que venía en nombre del Señor, como acabamos de escuchar en la narración de san Marcos, culminó después en Pasión, Muerte y Resurrección.

Jesús no volvió a salir de Jerusalén más que cargado con la cruz y en camino hacia el Calvario, a donde lo llevaron para ser crucificado y en donde entregó totalmente su vida por nosotros, como escucharemos en la narración de la Pasión.

Mientras el pueblo pobre lo aclamaba, porque consigo llevaba la vida del Reino en sus palabras y sus hechos, en el recinto sagrado del Templo los sumos sacerdotes y el Sanedrín estaban organizando su muerte, la cual tenían decidida desde tiempo atrás.

El centro de atención de la celebración de hoy, más que en las palmas, está en la proclamación y meditación de la Pasión de Jesús, y se culmina con la recepción de la Comunión sacramental.

Dispongámonos, pues, a hacer nuestro recorrido como pueblo de Dios, pueblo de pobres, que reconoce en Jesús al portador del Reino de Dios. Acompañémoslo en su camino hacia Jerusalén. Meditemos en su Pasión y Muerte, mañosamente tramadas. Unámonos a Él en su sufrimiento por los empobrecidos, violentados y descartados del pueblo, y por el sufrimiento y pasión de nuestra hermana y madre la Tierra.

Vayamos con júbilo, cantando y agitando nuestras palmas, hacia el Santuario de Jesús, el Santo Niño Milagroso, donde continuaremos nuestra celebración dominical.

PASIÓN: Jesús, el que fue aclamado por los pobres en su entrada a Jerusalén como el portador del Reino, fue condenado a muerte y murió en la cruz.

Hoy lo acompañamos en su experiencia de sufrimiento y angustia. Quienes están en agonía sufren, no sólo por los dolores físicos sino también por la angustia que les causa la cercanía de la muerte. Así le sucedió a Jesús. Estaba sufriendo no solamente por los dolores de la tortura a que fue sometido, sino además porque quedó solo en esa experiencia, como acabamos de escuchar. De entre sus discípulos, Judas lo entregó, Pedro lo negó y todos lo abandonaron. Experimentó incluso el abandono de Dios y se lo dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Aunque, como dice la Carta a los Filipenses, se mantuvo en la obediencia hasta la muerte de cruz.

Lo acompañamos en el sufrimiento que vive hoy en las personas enfermas, en las familias empobrecidas, en las que están siendo afectadas por la violencia, sea la intrafamiliar o la provocada por el crimen organizado; lo acompañamos en el sufrimiento de los migrantes que andan buscando la vida, en la hermana y madre tierra que está siendo torturada. Sus gritos se elevan a Dios, como el de Jesús en la cruz, por el abandono, el maltrato y el sufrimiento.

Dispongámonos a encontrarnos sacramentalmente con Jesús en la Comunión, para colaborar con Él en la construcción del Reino de Dios, atendiendo como comunidad todos esos gritos.

25 de marzo de 2018

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